Platón y Aristóteles Cristina Ambrosini  
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Almodóvar. Hable con ella, el lícito deseo de volar

Cristina Ambrosini

 

El amor es una pasión tanto para el melanesio como para el europeo, que atormenta la mente y el cuerpo, en mayor o menor escala; conduce a muchos a un callejón sin salida, a escándalo o tragedia; más raramente, ilumina la vida y dilata el corazón que rebosa de gozo. MALINOWSKI, BRONISLAW, Vida sexual de los salvajes del nordeste de la Melanesia, Madrid, Morata, 1975

 

Almodóvar. Hable con ellaLa relación entre amor y sufrimiento no podría ser más estrecha y esta premisa ineludible de la vida parece mejor captada por los poetas y los artistas que, como Almodóvar, se atreven a mostrarlo en su aspecto trágico, casi siempre oculto detrás de los distintos mitos románticos, lo que resulta profundamente desmistificador y revelador de la condición humana. Como Sófocles en Edipo y en Antígona, Producciones Cinematográficas El Deseo S.A., nos ofrece, una vez más, un relato acerca del conflicto entre Ley y Deseo. En el mismo tono melodramático de sus otras realizaciones, Almodóvar apenas disimula, bajo la apariencia estrafalaria de sus personajes, el meollo de toda tragedia: el enfrentamiento del deseo a la ley, la transgresión, el desborde de la pasión y el consecuente desenlace del crimen en castigo. En un tono pedagógico, las películas de Almodóvar nos cuentan qué pasa cuando no se acepta el poder inhibitorio de la ley frente al deseo que, por sí mismo, no tiene ley, no tiene medida, no tiene regla. Entonces sobrevienen todos los males, al crimen le sigue el castigo bajo la forma de la locura, el asesinato o el suicidio. Que los héroes de estas historias terminen en la cárcel o en el manicomio, o sean ex convictos reincidentes, no es un detalle.

Hable con ella es una historia de amor, una versión, a lo Almodóvar, de La Bella Durmiente donde hay un príncipe azul un poco gay, que es pobre y que, en el caso de despertar a la princesa, tendría pocas chances sociales de ser aceptado por ella. Otro de los ejes de la historia es la amistad entre dos hombres que se encuentran identificados a partir de estar sujetos a sendas camas donde yace, en cada caso, una mujer silente. Aquí el silencio es una de las claves de la comunicación.

Benigno finge ser inofensivo El ser enfermero le facilita la tarea de engañar al padre de Alicia acerca de su sexualidad ya que, tradicionalmente, cuidar los cuerpos ha sido una tarea femenina. La joven que ama y vela en su profundo sueño, igual que la otra Alicia, parece sumida en sus propias aventuras oníricas y, mientras su cuerpo inerte es meticulosamente recorrido por Benigno, ella parece estar del otro lado del espejo, en otra dimensión. Para Benigno, cuidar a Alicia es parte de su destino. Antes cuidó a su madre y de ella aprendió todo lo que sabe sobre las mujeres. Benigno practica con Alicia una de las formas más raras del diálogo: el monólogo. En una escena que nos recuerda otra de El último tango en París cuando el personaje de Marlon Brando, junto al ataúd donde yace el cuerpo muerto de su mujer, le reprocha un hombre puede vivir toda su vida al lado de una mujer y nunca llegará a conocerla, Benigno afirma con convicción el cerebro de las mujeres es un misterio. Aquí aparece la sexualidad femenina caracterizada desde uno de los mitos más arcaicos de la humanidad: la mujer identificada con lo misterioso, lo indescifrable, lo laberíntico. Este mito puede remitirse a la cultura creto-micénica, representada en la figura de Ariadna, la hija del rey Minos, cuando ayuda a su amado Teseo a salir del laberinto donde debe matar al Minotauro. Como es frecuente en los mitos griegos, la historia de amor entre Ariadna y Teseo termina mal. Nietzsche ironiza acerca de esta historia diciendo: “Teseo logró salir del laberinto del Minotauro para entrar en otro laberinto todavía más peligroso: una mujer, Ariadna”.

A diferencia de Benigno que vive arraigado a la cama de una mujer, Marco, el otro amigo, es un viajero, un extranjero que hizo de los viajes una forma de vida. Marco ahora está detenido junto a la cama de Lydia que, como su nombre lo indica, es torera. Lydia asumió como propio el deseo de su padre, “ser torero”, el que consuma en un acto supremo de temeridad al ofrendar su cuerpo al toro en presencia del hombre amado, otro torero con el que tiene una atormentada historia de amor, rivalidades y desencuentros. Marco encuentra alguien de su misma especie en Lydia. Ambos padecen por haber sido abandonados. Son dos convalecientes que apenas se reponen de las heridas sufridas por un amor frustrado.

No hay nada más triste que abandonar a alguien a quien amas todavía. Esa herida no se cura nunca o tarda una década, dice uno de ellos.

En otros términos lo afirma Joaquín Sabina, otro maestro al pintar los sufrimientos del amor frustrado: el amor cuando no muere, mata.

En esta versión trágica, el amor es una pasión que debe ser superada y transformada en otra cosa antes de que aniquile a la víctima. El hecho de que Marco sea argentino da coherencia a su condición de hombre que llora ya que, en el imaginario, coincide con el espíritu del tango que tiene, casi como tema dominante, el sentimental llanto de un hombre por un amor traicionado. Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir, es parte de la secuencia propia de toda experiencia amorosa que, cuando no se cumple, condena a la víctima a un sufrimiento que no puede más que detenerla en el pasado.

El dolor sobreviene frente a la pérdida de ese objeto organizador del deseo, que no representa un deseo entre otros sino la puerta de entrada a todos los deseos. Con no poca ironía cuenta Sabina este estado de pérdida de la voluntad, de falta de ganas de vivir propio del que sufre mal de amores como “esas ganas de nada, menos de ti. El dolor, el sufrimiento, las lágrimas de Marco serían las propias del padecimiento del deseo en estado de errancia (Ese huracán sin ojo que lo gobierne, dice Sabina)

Para Benigno, Alicia, asimilada a una muñeca inerte, es la mujer perfecta. Él sabe que ella siempre estará allí esperándolo, escuchando todo lo que le cuenta, dependiente de sus cuidados sin los cuales se moriría, imposibilitada de irse a otro lado y abandonarlo. Almodóvar aquí repite un tema ya explorado en Átame (1989)donde muestra el afán posesivo, inherente al sentimiento amoroso, llevado al extremo de retener a la mujer amada, literalmente encadenada a la cama. Lo gracioso de Átame es que, lo que comenzó siendo un secuestro, un acto forzado e involuntario termina siendo una súplica, un pedido, una orden de ella cuando descubre, en lo que suponía una acto de avasallamiento de su libertad, una manifestación sublime de amor.

Almodóvar es un moralista, nos remarca la importancia de respetar el límite más allá del cual está el abismo. Respecto a La ley del deseo (1986) confiesa el propio Almodóvar

 

“La ley es algo que se cuece a nuestras espaldas, algo abstracto que te impone un precio muy concreto y al cual no te puedes negar. Hay leyes que uno puede burlar pero hay otras que no. Por ejemplo, uno se tira por la ventana con el lícito deseo de volar. Entonces interviene la ley de la gravedad por mucho que la desprecies, a los pocos segundos acabarás estrellándote contra el suelo.

El deseo consiste en la necesidad de que alguien esté por tus huesos, que de todos los manjares posibles tu cuerpo sea su plato favorito. Reconozco que puede ser muy incómodo. Aunque se trate de una contradicción, la ilusión de ser deseado sin fronteras anida en el fondo de todo ser humano”

 

Como  Sófocles, Shakespeare  o Stendhal, Almodóvar nos recuerda que las fronteras existen y que es prudente respetarlas.

 
















Cristina Ambrosini
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