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Almodóvar. Hable con ella, el lícito deseo de volar
Cristina Ambrosini
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La
relación entre amor y sufrimiento no podría ser más estrecha y esta
premisa ineludible de la vida parece mejor captada por los poetas y los
artistas que, como Almodóvar, se atreven a mostrarlo en su aspecto
trágico, casi siempre oculto detrás de los distintos mitos románticos,
lo que resulta profundamente desmistificador y revelador de la condición
humana. Como Sófocles en Edipo
y en Antígona, Producciones
Cinematográficas El Deseo
S.A., nos ofrece, una vez más, un relato acerca del conflicto entre Ley
y Deseo. En el mismo tono melodramático de sus otras realizaciones,
Almodóvar apenas disimula, bajo la apariencia estrafalaria de sus
personajes, el meollo de toda tragedia: el enfrentamiento del deseo a la
ley, la transgresión, el desborde de la pasión y el consecuente
desenlace del crimen en castigo. En un tono pedagógico, las películas de
Almodóvar nos cuentan qué pasa cuando no se acepta el poder inhibitorio
de la ley frente al deseo que, por sí mismo, no tiene ley, no tiene
medida, no tiene regla. Entonces sobrevienen todos los males, al crimen
le sigue el castigo bajo la forma de la locura, el asesinato o el
suicidio. Que los héroes de estas historias terminen en la cárcel o en
el manicomio, o sean ex convictos reincidentes, no es un detalle.
Hable con ella
es una historia de amor, una versión, a lo Almodóvar, de
La Bella Durmiente donde
hay un príncipe azul un poco gay, que es pobre y que, en el caso de
despertar a la princesa, tendría pocas chances sociales de ser aceptado
por ella. Otro de los ejes de la historia es la amistad entre dos
hombres que se encuentran identificados a partir de estar sujetos a
sendas camas donde yace, en cada caso, una mujer silente. Aquí el
silencio es una de las claves de la comunicación.
Benigno finge ser inofensivo El ser enfermero le facilita la tarea de
engañar al padre de Alicia acerca de su sexualidad ya que,
tradicionalmente, cuidar los cuerpos ha sido una tarea femenina. La
joven que ama y vela en su profundo sueño, igual que la otra Alicia,
parece sumida en sus propias aventuras oníricas y, mientras su cuerpo
inerte es meticulosamente recorrido por Benigno, ella parece estar del
otro lado del espejo, en otra dimensión. Para Benigno, cuidar a Alicia
es parte de su destino. Antes cuidó a su madre y de ella aprendió todo
lo que sabe sobre las mujeres. Benigno practica con Alicia una de las
formas más raras del diálogo: el monólogo. En una escena que nos
recuerda otra de
El último tango en París
cuando el personaje de Marlon Brando, junto al ataúd donde yace el
cuerpo muerto de su mujer, le reprocha
“un
hombre puede vivir toda su vida al lado de una mujer y nunca llegará a
conocerla”, Benigno afirma con convicción
“el
cerebro de las mujeres es un misterio”. Aquí aparece la
sexualidad femenina caracterizada desde uno de los mitos más arcaicos de
la humanidad: la mujer identificada con lo misterioso, lo indescifrable,
lo laberíntico. Este mito puede remitirse a la cultura creto-micénica,
representada en la figura de Ariadna, la hija del rey Minos, cuando
ayuda a su amado Teseo a salir del laberinto donde debe matar al
Minotauro. Como es frecuente en los mitos griegos, la historia de amor
entre Ariadna y Teseo termina mal. Nietzsche ironiza acerca de esta
historia diciendo: “Teseo logró salir del laberinto del Minotauro para
entrar en otro laberinto todavía más peligroso: una mujer, Ariadna”.
A diferencia de Benigno que vive arraigado a la cama de una mujer,
Marco, el otro amigo, es un viajero, un extranjero que hizo de los
viajes una forma de vida. Marco ahora está detenido junto a la cama de
Lydia que, como su nombre lo indica, es torera. Lydia asumió como propio
el deseo de su padre, “ser torero”, el que consuma en un acto supremo de
temeridad al ofrendar su cuerpo al toro en presencia del hombre amado,
otro torero con el que tiene una atormentada historia de amor,
rivalidades y desencuentros. Marco encuentra alguien de su misma especie
en Lydia. Ambos padecen por haber sido abandonados. Son dos
convalecientes que apenas se reponen de las heridas sufridas por un amor
frustrado.
No hay nada más triste que abandonar a alguien a quien amas todavía. Esa
herida no se cura nunca o tarda una década,
dice uno de ellos.
En otros términos lo afirma Joaquín Sabina, otro maestro al pintar los
sufrimientos del amor frustrado:
el amor cuando no muere, mata.
En esta versión trágica, el amor es una pasión que debe ser superada y
transformada en otra cosa antes de que aniquile a la víctima. El hecho
de que Marco sea argentino da coherencia a su condición de hombre que
llora ya que, en el imaginario, coincide con el espíritu del tango que
tiene, casi como tema dominante, el sentimental llanto de un hombre por
un amor traicionado.
Primero hay que saber sufrir,
después amar, después partir, es parte de la secuencia propia de
toda experiencia amorosa que, cuando no se cumple, condena a la víctima
a un sufrimiento que no puede más que
detenerla en el pasado.
El dolor
sobreviene frente a la pérdida de ese objeto organizador del deseo, que
no representa un deseo entre otros sino la puerta de entrada a todos los
deseos. Con no poca ironía cuenta Sabina este estado de pérdida de la
voluntad, de falta de ganas de vivir propio del que sufre mal de amores
como “esas
ganas de nada, menos de ti”.
El dolor, el sufrimiento, las lágrimas de Marco serían las propias del
padecimiento del deseo en estado de errancia (Ese
huracán sin ojo que lo gobierne,
dice Sabina)
Para Benigno, Alicia, asimilada a una muñeca inerte, es la mujer
perfecta. Él sabe que ella siempre estará allí esperándolo, escuchando
todo lo que le cuenta, dependiente de sus cuidados sin los cuales se
moriría, imposibilitada de irse a otro lado y abandonarlo. Almodóvar
aquí repite un tema ya explorado en
Átame (1989)donde muestra el
afán posesivo, inherente al sentimiento amoroso, llevado al extremo de
retener a la mujer amada, literalmente encadenada a la cama. Lo gracioso
de Átame es que, lo que
comenzó siendo un secuestro, un acto forzado e involuntario termina
siendo una súplica, un pedido, una orden de ella cuando descubre, en lo
que suponía una acto de avasallamiento de su libertad, una manifestación
sublime de amor.
Almodóvar es un moralista,
nos remarca la importancia de respetar el límite más allá del cual está
el abismo. Respecto a
La ley del deseo (1986)
confiesa el propio Almodóvar
“La ley es algo que se cuece a nuestras espaldas, algo abstracto que te
impone un precio muy concreto y al cual no te puedes negar. Hay leyes
que uno puede burlar pero hay otras que no. Por ejemplo, uno se tira por
la ventana con el lícito deseo de volar. Entonces interviene la ley de
la gravedad por mucho que la desprecies, a los pocos segundos acabarás
estrellándote contra el suelo.
El
deseo consiste en la necesidad de que alguien esté por tus huesos, que
de todos los manjares posibles tu cuerpo sea su plato favorito.
Reconozco que puede ser muy incómodo. Aunque se trate de una
contradicción, la ilusión de ser deseado sin fronteras anida en el fondo
de todo ser humano”
Como Sófocles, Shakespeare
o Stendhal, Almodóvar nos recuerda que las fronteras existen y
que es prudente respetarlas.
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Cristina Ambrosini |