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Entrevista imaginaria a Jorge
Luis Borges en un nuevo aniversario de su
nacimiento
Cristina Ambrosini - Dra. en Filosofía (U.B.A.)
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La madrugada
de Buenos Aires del 24 de agosto de 1899 registró 3.5 grados centígrados
de temperatura a las 5 de la mañana. Momentos después, sin
complicaciones y luego de un embarazo de ocho meses, nació el
primogénito del matrimonio formado por Leonor Acevedo y Jorge Guillermo
Borges: Jorge Francisco Isidoro Luis.
Así consta en la partida de nacimiento del Libro de Bautismos de la
Parroquia San Nicolás de Bari, del año 1900, donde se testifica lo
siguiente:
En veinte de junio del año del Señor mil novecientos, el ptro. Manuel
Elzaurdiol, infrascripto Cura de esta Parroquia bautizó solemnemente,
puso óleo y crisma a Jorge Francisco Isidoro Luis, que nació el día
veinticuatro de agosto del año ochocientos noventa y nueve.
En el seno de una familia donde se mezcló la tradición guerrera con la
inglesa, nació quien conocemos como Jorge Luis Borges. Como correspondía
en la época, el niño fue bautizado con los nombres de sus abuelos y con
ellos también asume sus historias trágicas: Francisco Borges, abuelo
paterno, militar muerto tempranamente en la batalla de La Verde en 1874,
el coronel Manuel Isidoro Suarez su bisabuelo materno también militar
independentista, Isidoro Acevedo, abuelo materno participante de las
batallas de Pavón y Cepeda mientras que él mismo justificaba de adulto
la introducción extraña de "Luis" como un homenaje a un pariente
uruguayo Luis Melián Lafinur.
Cuando ya se cumplen 106 años del nacimiento de Jorge Luis Borges y casi
20 de su muerte ocurrida el 14 de junio de 1986, quienes percibimos su
presencia, sentimos la necesidad de dialogar con este pensador
inevitable. Qué mejor que un reportaje imaginario para charlar con un
inventor de ficciones y para ello nos dimos cita en la Biblioteca
Nacional, en un rincón de la sala que lleva su nombre
Estamos en un nuevo edificio de la Biblioteca Nacional que Ud. tanto amó
y de la que fue director durante 18 años. Como prueba de la repercusión
que adquirió su obra en estos años, le cuento que la figura del
bibliotecario ciego, custodio de una biblioteca laberíntica, fue usada
por Umberto Eco en un libro que resultó ser un best-seller y que la
biblioteca del Centro Pompidou de Paris le puso su nombre a una sala
equipada con una máquina sofisticada que lee a los ciegos. Esta
biblioteca no se parece en nada a la que Ud. conoció. Aquí hay
computadoras, fax, internet y muchas otras cosas junto a los libros.
¿Qué impresión le provoca todos estos cambios?
No olvide que cuento con la ceguera como una ventaja, para mí es una
especie de luz que me permite ver lo invisible, en lugar de distraerme
con las formas. Yo siento la presencia tutelar de los libros, ellos me
han acompañado desde siempre. El principal acontecimiento de mi vida es
la biblioteca de mi padre y tengo la sensación de que nunca he salido de
ella. Ud. sabe que hay un Borges público que me desagrada mucho y con el
que no tengo nada que ver, en cambio el director de la biblioteca
pertenece al Borges íntimo porque yo quiero a esta biblioteca. Me siguen
llegando noticias de ese otro Borges al que dejé vivir para que pudiera
tramar su literatura y esa literatura me justifica pero, si debo decirle
la verdad, me reconozco menos en sus libros que en alguno de los libros
de esta biblioteca. Sin embargo, sospecho que, desde el principio,
estuve destinado a perderme para sobrevivir en el otro.
¿A cuál de los Borges posibles atribuye las declaraciones públicas que
le costaron, muchas veces, el enfrentamiento en los cenáculos
intelectuales y hasta obstaculizaron que le dieran el Premio Nobel de
Literatura como aquella vez que, mientras todos los organismos de
Derechos Humanos reclamaban por la desaparición y tortura de personas en
Argentina, Ud. declaró: "Ahora tenemos un gobierno militar y creo en él.
Confío porque se trata de un gobierno de caballeros y no un gobierno de
truhanes y rufianes como el que soportamos hasta 1976"?
No debe juzgarse a un hombre por sus opiniones, son siempre
superficiales. En cambio, cuando uno escribe lo hace con sus ancestros,
con su sangre. Yo he escrito que pertenezco a un país vertiginoso donde
La Lotería es la parte principal de la realidad. Mientras que para el
europeo o el americano, el mundo es un cosmos, para los argentinos es un
caos y yo mismo no he escapado de esa circunstancia. Muchas veces me he
referido a nuestro pobre individualismo que nos impide conformar una
nación. Nuestros héroes populares son siempre hombres solos que pelean
contra la autoridad (Juan Moreira, Martín Fierro). Para nosotros el
Estado es una inconcebible abstracción, quizás se deba a que todos los
gobiernos han sido pésimos, lo que no impide pensarnos como ciudadanos.
Parece que mientras esto no cambie, estaremos imposibilitados de
mantener una relación personal con el Estado como la que tenían los
griegos cuando pensaban que la Luna de Atenas era más bella que la de
Corinto, o los ingleses cuando afirmaban que Dios piensa en inglés. Debe
ser por esto que robar dineros públicos no es un crimen penalizado en
Argentina. Con esto no intento justificar a nadie, mucho menos a mí
mismo.
A pesar del interés que ha demostrado por Palermo, por los cuchilleros
sureños o por el tango, Ud. ha sido acusado en los años de esplendor de
la literatura latinoamericana de ser un autor extranjerizante. ¿Qué
puede decirnos de esto?
A diferencia de los europeos, que son fácilmente provincianos, los
argentinos tenemos el deber de la hospitalidad. Todos somos hebreos,
orientales y europeos desterrados. Eso nos hace fácilmente cosmopolitas.
Yo he creído tener el deber de leer todos los libros, de conocer todas
las lenguas, algo que, por supuesto, no he conseguido. Es verdad que he
aprendido a leer en castellano y en inglés al mismo tiempo. Mi infancia
transcurrió en un jardín detrás de una verja con lanzas y en una
biblioteca de ilimitados libros ingleses. Por otra parte, fui profesor
titular de la cátedra de Literatura inglesa en la Facultad de Filosofía
y Letras de la Universidad de Buenos Aires, lo que puede haber alentado
este tipo de afirmaciones que, por supuesto, no me afectan. En el campo
del lenguaje es casi imposible el término "extranjero". Fíjese que todas
las lenguas occidentales son lenguas romances ya que casi todas las
palabras son transcripciones del latín, las que, desde luego, derivan
del griego. No tiene importancia que las raíces de estas palabras
procedan de un lugar u otro. Creo que toda la cultura occidental es
nuestra tradición y que tenemos derecho a esa tradición. No debemos
temer ninguna pérdida de personalidad con ello, por el contrario,
debemos pensar que nuestro patrimonio es el Universo. Pienso que podemos
ensayar todos los temas y no tratar de concretarnos a lo argentino para
ser argentinos porque, o ser argentino es una fatalidad y, en ese caso,
lo seremos de cualquier forma, o ser argentino es una mera afectación,
una máscara más. Creo que si nos abandonamos a la creación artística,
seremos argentinos y también seremos tolerables escritores. En el Martín
Fierro hay pasajes donde el autor olvida el color local y escribe en un
español general donde no habla de temas vernáculos sino de los grandes
temas: del tiempo, del espacio, de la noche. En estos pasajes, Fierro
olvida toda afectación gauchesca y aborda temas filosóficos. Durante
muchos años yo mismo sucumbí a la tentación de redactar la esencia de
los barrios extremos de Buenos Aires y abundé en palabras locales como
"cuchillero", "milonga", "tapia" y otras. Quiero señalar una
contradicción: los nacionalistas simulan venerar la mente argentina pero
pretenden limitar el ejercicio poético de esa mente a algunos pobres
temas locales como si solamente pudiéramos hablar de estancias y
gauchos.
En estos últimos años, especialmente luego de su muerte, han salido a la
luz todo tipo de historias entre Ud. y algunas mujeres. Sabemos que en
su vida ha influido una mujer muy especial, su madre Leonor Acevedo. Sus
últimos meses de vida, la partida a Ginebra, el casamiento con María
Kodama, contribuyen a acentuar la imagen de un Borges sorprendente, aun
en sus últimos actos. ¿Cómo debemos interpretarlos?
Nunca he creído necesario justificar mis actos, no espero de ellos ni
premios ni castigos. Cuando era chico siempre dejaba para el final los
choclos o las uvas porque eran lo que más me gustaba, los dejaba como
premio y es posible que ese sea el sentido de mi segundo casamiento. Uno
de mis antepasados militares decía que la mujer es como la guerra: nadie
sabe quién es antes de entrar en batalla. Puede ser que se considere un
valiente y resulte ser un pobre cobarde. En algún momento pesimista de
mi vida escribí:
Nuestras son las mujeres que nos dejaron. No hay otros paraísos que
los paraísos perdidos
Al igual que la mayor parte de las personas, muchas veces estuve
enamorado. Lo que le ocurre a un hombre, le ocurre a todos y al igual
que otros, conseguí mitigar los padecimientos de un amor contrariado
buscando refugio en otros dolores como aquella vez que, en ocasión de
sufrir por esta causa, aproveché para sacarme una muela que estaba
ocasionando problemas. Por cierto, las mujeres me han hecho desdichado.
Pero la felicidad que he obtenido de ellas compensa todas las desdichas.
Borges, antes de despedirnos, permítame decirle que, a pesar suyo, Ud.
sigue vivo, que es una fuente de inspiración inagotable para todo tipo
de disciplinas, que sus ficciones siguen acompañando las fantasías de
muchas personas y que su nombre denomina a varias Fundaciones y Centros
culturales, que hay una calle en Buenos Aires que le rinde homenaje y
que hasta su rostro aparece en monedas y estampillas. Para un creador de
historias no habrá sido difícil imaginar su propia muerte. ¿Qué espera
que se recuerde en el futuro de Jorge Luis Borges?
Antes de decir lo que espero, le diré lo que más temo: que me descubran
como un impostor o un chapucero, o una singular mezcla de ambos. A la
gente le repugna ver un anciano, un enfermo o un muerto y, sin embargo,
yo he sido bien atendido en estos tres estados. Esto es algo que
agradezco y me sorprende. Los escoláticos sostenían que Dios compuso dos
libros: el mundo y la Sagrada Escritura. Yo he formado parte del primer
libro y debo reconocer que, a mi pesar, el mundo desgraciadamente es
real y yo, desgraciadamente, he sido Borges
NOTA. En su mayor parte, este reportaje imaginario reproduce el que
escribí en 1995 y recibió el Primer Premio del Concurso de Periodismo
Literario "Ulyses Petit de Murat" organizado por la Revista del Banco de
la Provincia de Buenos Aires en noviembre de 1995
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Cristina Ambrosini |