Platón y Aristóteles Cristina Ambrosini  
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Filosofía y rock: doctorada en Andrés Calamaro

Cristina Ambrosini

 

CalamaroLa filosofía se le atreve a todos los temas, con mayor o menor éxito. No hay temas menores para ella. ¿Por qué hay ente y no, más bien, nada? es, según Heidegger, la pregunta capital. ¿Por qué hay ente? puede significar ¿por qué hay tiempo, planetas, hambre, guerras o cualquier otra cosa, en lugar de nada?

¿Por qué hay rock nacional? es la pregunta que intenta responder Alejandro Rozitchner en el libro “Escuchá qué tema. La filosofía del rock nacional editado por Planeta en el 2003. Este libro es el resultado de una propuesta que Mario Pergolini le hizo al autor: interpretar filosóficamente las letras de algunos temas del rock nacional. La portada del libro parodia las figuras de Platón y Aristóteles en el famoso cuadro “La escuela de Atenas”, pintado por Rafael. En el centro de este cuadro, vistos de frente, a la izquierda, un Platón viejo, señala el cielo con su mano derecha mientras con la izquierda sostiene un libro, el Timeo. A su lado, un Aristóteles joven con su mano derecha señala con un dedo hacia la tierra mientras con la izquierda sostiene de manera distraída otro libro que parece decir Ética en el lomo. Más allá del detalle de que en el siglo IV a.C. no existían los libros tal como los que portan los filósofos en este cuadro ni tampoco existía la arquitectura renacentista que muestra Rafael como parte de la Academia, esta representación parece expresar el ideal bajo el cual la época concibió a ambas figuras.  Para algunos aquí aparece retratado el antagonismo entre el maestro preocupado por el mundo supraterrenal de las Ideas y el joven discípulo polemizando acerca de la presencia del mundo de los fenómenos naturales. En otra interpretación, este cuadro evidencia el ideal renacentista de armonización entre los dos aspectos de la filosofía: la preocupación por los problemas cosmológicos y metafísicos integrados a una actitud naturalista y científica. En la tapa del libro de Rozitchner, en cambio, es Aristóteles el que está a la izquierda, ambos portan sendas guitarras eléctricas conectadas a un equipo Marshall sobre el cual depositaron una botella ¿de ginebra?. Aristóteles calza borceguíes, lleva de toga una bandera argentina, en su cuello descansan unos auriculares y protege sus ojos con lentes negros. En compensación por estar descalzo, Platón exhibe unos tatuajes en su brazo izquierdo, en el mismo en que luce una muñequera de cuero con puntas de metal mientras su cuello parece sostener una armónica para tocar sin manos.

¿Platón y Aristóteles podrían tener algo que ver con  Fito Páez, Patricio Rey o Gustavo Cerati? Según consta en el prólogo, el autor confiesa no querer encontrar en el análisis de las canciones un sentido oculto, decir lo que el autor no dijo, sino plantear un juego del pensamiento, captar alguna teoría implícita, alguna visión del mundo.  Ala Delta de Divididos, El ojo blindado y La rubia tarada de Sumo, Morrisey de Leo García, Muchacha ojos de papel de Almendra, Rasguña las piedras de Sui Generis, Todo un palo y La bestia pop de Los Redonditos de Ricota y hasta El Himno Nacional Argentino de Vicente López y Planes y Blas Parera son temas desmenuzados por Rozitchner en una actitud que tiene más de psicoanalista al paso que de otra cosa pero que el autor justifica en el hecho de considerar a “Freud y sus tremendos como los pensadores filosóficos más capaces a la hora de entender la experiencia de la vida humana” (pag. 10)

El caso que importa ahora es el de Andrés Calamaro, motivo de análisis en dos de sus letras: Paloma y Costumbres argentinas. Los dos casos están bien elegidos, son ejemplos de dos preocupaciones emblemáticas de Calamaro: las paradojas del amor y la necesidad de desentrañar el carácter autodestructivo de los argentinos que se expresa cuando dice

“Muerdo el anzuelo y vuelvo a empezar de nuevo, cada vez. Tengo en la mano una carta para jugar el juego cuando quieras”

Si cada vez que muerdo hay un anzuelo y hago de eso una costumbre, una costumbre argentina, es porque elijo el anzuelo, elijo ser engañado. Tragarme el anzuelo es un ciclo que empieza “cada vez de nuevo”. Por otro lado, si, de un modo onanista,  tengo una carta en la mano para iniciar un juego, ¿por qué debo esperar a que el otro me invite, por qué no puedo tomar yo la iniciativa de empezar el juego? La fascinación por el fracaso, por la soledad, la reiteración en el error, el miedo a tomar riesgos, la necesidad de que sea el otro el que empiece el juego son parte de nuestras costumbres argentinas.

No llegaremos a decir que en Calamaro hay una teoría filosófica, pero sí que es posible ubicar, fragmentariamente, un modo coherente de concebir la realidad, más allá de los juegos de palabras y las perplejidades a las que nos somete cuando afirma de modo autocontradictorio “Todos mis amigos son iguales y los que no son iguales son diferentes” o “No me digas la verdad, no me mientas, ya me di cuenta de que no es lo que era” o “Nunca invito a una chica a dormir, salvo a la que me dice no”, entre otros casos. Sólo quien maneja las reglas del lenguaje puede jugar con ellas para presentarnos un mundo disparatado, delirante, onírico. El efecto es terapéutico, es una cura de sueño, una vuelta tranquilizadora de las pesadillas a la cordura.

Con un estilo que nos recuerda a Lewis Carroll, como Cortázar, Calamaro adopta una estrategia muy reconocible “se presenta como un inmoral, como alguien que está más allá de todo límite para provocar repugnancia, para escandalizar y erizarnos, para mostrar descarnadamente lo que ocultamos como tabú, para despabilarnos. Desde su primera época con Los abuelos de la nada, con los Rodríguez, en Honestidad brutal donde, hasta el hartazgo, se regodea en la exhibición de sus llagas, Calamaro nos muestra la misma actitud: demostrar, a través del absurdo, la conveniencia de ser sensato.

Buenos Aires protagoniza varias letras “Buenos Aires es mía y no la cambiaría con toda su porquería” aunque “algunos chorros y grasas tienen 17 casas”, “Gente fina, delincuente, algunos ya diputados y brindo por nosotros, los tarados, que les pagamos”, nos recuerda con lucidez.

Acerca de su posición de estrella de rock, de transgresor, de eterno adolescente rebelde, ironiza sobre sí mismo en “Nos volveremos a ver”

Soy un chico de familia y no soy ningún Carlitos

Viví las tumbas de la vida, soy un poeta maldito

A pesar de ser bonito, nunca dormí  en el palito

Como John Donne y Stendhal, explora la asociación entre sufrimiento y amor. “Tu amor es mi enfermedad, soy un envase vacío” repite ya que “contigo o sin tí no puedo” puesto que “vivir así no es vivir, esperando y esperando porque vivir es jugar y yo quiero seguir jugando”. La tradición tanguera le sirve de respaldo, no casualmente, adopta Naranjo en flor y la interpreta como propia. Lo que la luz a los vampiros es la realidad al amor, de allí que sostenga “porque prefiero dormir pensando en nosotros dos, que dormir con vos” y que le cuente a su chica “en San Valentín fui con bombones a un piringundín, chocolates con licor para olvidarme dulcemente de un amor ausente”. Para Calamaro, el amor está entre  “Todo lo que termina mal y si no termina, se contamina mal”.

Para algunos, es un peligroso apologista de la droga. Como a Sócrates, la ciudad lo sometió a juicio bajo el cargo de ser un contraejemplo para la juventud aunque en su caso la cicuta no fue necesaria. Si afinamos la vista, podemos ver en Veneno la necesidad de poner freno en las situaciones adictivas “Parece la libertad pero termino pidiendo piedad. Veneno, gracias por el dolor, gracias por el placer, por hacerme sentir tu esclavo, un Cristo que eligió su dulce clavo. No vale la pena sufrir. Adios veneno”

Por ahora, las letras de Calamaro pueden servir en un curso de filosofía, especialmente entre adolescentes,  para ilustrar algunos tópicos ya tratados desde los griegos ya que, como ellos, expresa el espíritu de la época, toca algunas fibras sensibles de nuestras emociones, nos acorrala contra las cuerdas y nos obliga a pensar. Es posible que en el futuro se abran cátedras de filosofía para estudiar el pensamiento del filósofo argentino Andrés Calamaro. En ese caso, contarán con una aspirante para doctorarse.
















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