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La contradicción, el amor y la guerra de los sexos-
Cristina Ambrosini
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En Filosofía, el tema de "la
contradicción" convoca las figuras de Heráclito, Hegel y Marx, pudiendo
extenderse esta asociación a Sartre o a los filósofos existencialistas.
El tema de las autocontradicciones pragmáticas es un tópico común en los
escritos de Ética de los últimos años que se asocia a Apel y Habermas
cuando denuncian inconsistencia entre lo que uno dice y lo que hace al
decirlo. Decir "Todo es relativo" es un caso de este tipo porque quien
lo afirma, a la vez, le da un valor absoluto.
Las contradicciones o inconsistencias están asociadas a la locura, a la
irracionalidad, de allí que el caso de las contradicciones del amor no
mereció mayor atención por parte de los filósofos pero es un tema
recurrente en la literatura de todos los tiempos. Ya en el siglo XVII,
Francisco de Quevedo, (1580-1641) nos señala que en el amor "todo es
contrario de sí mismo"
SONETO AMOROSO
DEFINIENDO EL AMOR
Es fuego abrasador, es fuego helado,
Es herida que duele y no se siente,
Es un soñado bien, un mal presente,
Es un breve descanso muy cansado,
Es un descuido que nos da cuidado,
Un cobarde, con nombre de valiente,
Un andar solitario entre la gente,
Un amar solamente ser amado,
Es una libertad encarcelada,
Que dura hasta el próximo parasismo ;
Enfermedad que crece si es curada.
Este es el niño Amor, este es tu abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
en el que en todo es contrario de sí mismo!
La
guerra de los sexos
En términos de la teoría de los juegos de estrategia, el amor es un
juego de suma distinto de cero (los juegos de suma cero son de
competencia pura y lo que gana uno es lo que pierde el otro) donde
normalmente no se presentan puntos de equilibrio y por lo tanto no
tienen solución porque carecen de estrategias dominantes. En los casos
en que los juegos no tengan un punto de equilibrio, la solución
resultará más difícil de encontrar y toda posición que se alcance se
tornará inestable y provisoria. En estos juegos se presenta una mezcla
de intereses cooperativos y competitivos con lo que los intereses de los
jugadores son, en parte opuestos, y, en parte, complementarios. El
ejemplo clásico de este tipo de juegos es "la guerra de los sexos",
enunciado por R.Duncan Luce y Howard Raiffa . En este modelo, se
presenta la situación de una pareja que debe decidir si ir al boxeo
(opción preferida por el marido) o al ballet (opción preferida por la
esposa) A pesar de tener deseos opuestos, como se aman, los dos
prefieren ir juntos al lugar que no eligieron antes que ir solos al
lugar que más les gusta, aunque cada uno prefiere ante todo ir
acompañado al lugar que le gusta. En estos casos aparece un elemento que
no tiene ninguna incidencia en los juegos de suma cero: la necesidad de
comunicarse. En la medida en que el juego no es meramente competitivo,
es indispensable agregar elementos como la consulta o la transmisión de
información que se darán en mayor o menor grado según que tan
cooperativo o competitivo sea el juego en sus distintas alternativas. En
los juegos de suma cero, el jugador no conoce la estrategia de su
contrincante y, si la conociera, el juego dejaría de despertar interés
conceptual ya que el jugador que tuviera esa información tendría una
ventaja tal que haría inmediata la solución del juego. Por el contrario,
en la guerra de los sexos, conocer la estrategia del contrincante no
contribuye a reducir la complejidad en la adopción de una estrategia y
hasta puede darse el caso en que desconocer la estrategia contraria
resulte favorable. En algunos casos, limitar la posibilidad de elegir
estrategias puede resultar conveniente. Puede resultar ventajoso, para
la esposa de la guerra de los sexos, desmayarse en presencia de sangre,
lo que limitaría las posibilidades de optar por el boxeo o puede
resultar ventajoso para el marido no tener ropa adecuada para ir al
teatro. También pueden aparecer amenazas aunque estas resultan un arma
de doble filo, en muchas ocasiones. Deben ser consideradas muchas
variables antes de decidir si la intimidación o la amenaza no se volverá
en contra de quien la emite ya que el grado de racionalidad o de
capacidad del otro para comprender la amenaza, la capacidad del
amenazador de cumplir la amenaza y otras variables pueden incidir en el
fracaso. El concepto de intimidación tiene sentido cuando se presentan
casos donde se mezclan los intereses antagónicos con los comunes. En
cambio, en los casos de competencia pura o de cooperación perfecta, no
cumplen ningún efecto.
Advierten los autores que, en estos casos, mostrarse irracional puede
resultar ventajoso. Si uno supone que el otro es incapaz de entender sus
argumentos o intimidarse frente a sus amenazas, no tendría más remedio
que ceder en la negociación ya que toda acción estratégica es un gasto
inútil. En este sentido, es común apreciar que las mujeres consideradas
"poco inteligentes" consiguen más cosas de sus maridos que aquellas
estimadas como muy racionales y reflexivas. ¿Quién pierde tiempo
tratando de explicar a su perro por qué no puede sacarlo a pasear?
Claro que al llevar las cosas al extremo el contendiente se pone en la
situación límite de tentar a su contrincante a abandonar los esfuerzos
por mantenerse dentro de los límites de la negociación para pasarse a un
juego de suma cero. En cualquier caso, está a la vista que la guerra de
los sexos requiere de personas dispuestas al trabajo desgastante de la
negociación permanente, que durará mientras los jugadores resistan la
tentación de romper el estado de búsqueda de consensos para instalarse
en un juego de competencia pura o para cambiar de contrincante.
Rojo y negro
Por éstas y otras características, el amor convoca dos grandes peligros:
la transformación del amante y la necesidad de reciprocidad lo que puede
contribuir a presentar al amor como un proyecto irrealizable. En la
novela de Stendhal, Rojo y Negro, el joven maestro Julien Sorel ama
locamente a la madre de sus alumnos, la bella y también joven Mathilde
de la Mole pero, para conquistarla, necesita transformarla en lo que
ella no es aunque en el final de esta transformación encuentra un
producto despreciable, alguien que se denigra hasta ponerse a su altura
y por eso la detesta y finalmente la abandona a su suerte. Como en la
famosa paradoja de Groucho Marx, algunos amantes podrían decir "yo no me
rebajaría a amar a una persona que fuera capaz de enamorarse de mí". En
estos casos, el amante se esfuerza por poseer a una persona que se
muestra superior en la medida misma en que no se entrega.
Sartre también contribuye en la empresa de señalar al amor como un
proyecto irrealizable. En El ser y la nada detecta en el amor la
presencia del deseo vano de "poseer la libertad del otro" cuando afirma:
"Así, el amante no desea poseer al amado como se posee una cosa: reclama
un tipo muy especial de apropiación. Quiere poseer una libertad como
libertad. Pero, por otra parte, no podría satisfacerse con esta forma
eminente de la libertad: el compromiso libre y voluntario. ¿Quién se
contentaría con un amor que se entregara como pura fidelidad a la fe
jurada? ¿Quién aceptaría oír decir: "Te amo porque me he comprometido
libremente a amarte y no quiero retractarme, te amo por fidelidad a mí
mismo? Así, el amante exige el juramento y se irrita por el juramento.
Quiere ser amado por una libertad y reclama que esta libertad, como
libertad, ya no sea libre."
En el amor, el amante quiere ser "todo en el mundo" para el amado,
quiere ser el objeto en el cual la libertad del otro acepte perderse, el
objeto en el cual el otro encuentre su razón de ser, el objeto límite de
la trascendencia. Esto nos permite entender de un modo fundamental lo
que el amante exige: no quiere actuar sobre la libertad del otro, quiere
existir a priori como el límite objetivo de esta libertad, como el
límite que ella debe aceptar para ser libre. Si el amor tiene como ideal
la apropiación del otro en tanto que otro, es decir, en tanto que
subjetividad, este ideal no puede proyectarse más que a partir del
encuentro con otro sujeto, no con otro objeto. El amante no podría
confundir el deseo de apropiación de cualquier objeto del mundo con el
amor, a pesar de ello, exige una libertad cautiva, una libertad
alienada.
En la visión de Sartre, el amor aparece como una relación condenada, por
principio, al fracaso. El amante no se contenta con la sujeción servil
del otro, por el contrario, la pretensión funesta y contradictoria del
que ama exige la cautividad del otro en el marco de la libertad .
Amor correspondido, amor extinguido
En los análisis de Jon Elster , dedicados a las contradicciones de la
mente, la irracionalidad y el amor, se señala a partir de la pregunta de
Hermione en Andromaque: "Je t´aimais inconstant, qu´aurais-je fait
fidèle" , que la respuesta es que si el objeto de su amor hubiese sido
constante, el amor de ella habría sido aun mayor. En cambio, la
respuesta moderna, especula Elster, sería la contraria: la inconstancia
en el objeto de amor es condición del amor.
"El amor no se reduce a la simple posesión del otro, posesión de su
cuerpo o apropiación de sus deseos, de sus pensamientos. Cuando el amor
se transforma en mecanismo, cuando estoy seguro de que el amado me amará
necesariamente siempre, el amor no existe más, ya no es posible. Él se
alimenta de la duda, por esencia, es un sistema de retornos infinitos
donde toda seguridad lo extingue."
El amor no se conforma con el sujetamiento servil del objeto amado, la
inseguridad, el fracaso, es el riesgo inherente al proyecto amoroso,
riesgo que ninguna seguridad puede conjurar.
John Donne (1572-1631) que, sin ser cronológicamente un autor moderno,
es el escritor que con oído más fino captó las contradicciones
implícitas en el amor, afirma que es imposible usar el verbo "amar" en
tiempo pasado. Hoy diríamos que hay una contradicción pragmática al
afirmar "yo amé" pues el amor transforma a una persona de tal modo que
la hace distinta a quien era cuando amó. No puedo decir "ayer te amé",
del mismo modo en que no puedo afirmar, sin contradicción, "ayer estuve
muerto", de allí el señalamiento de la siguiente paradoja:
"No puedo decir yo que amé, pues ¿quién puede decir
que ayer fue asesinado?"
En las paradojas que produce el discurso amoroso, encontramos
contradicciones pragmáticas junto a contradicciones semánticas o
lógicas. El célebre ejemplo de estos casos es el poema del mismo John
Donne The prohibition, donde, a la vez, se emite la orden "ámame y
ódiame". Con la cita de este famoso poema, contemporáneo al de Quevedo,
quien destaca el mismo carácter contradictorio del amor, cerramos este
breve recorrido por las paradojas del discurso amoroso.
LA PROHIBICIÓN
Cuídate de amarme,
Recuerda, al menos, que te lo he prohibido;
No es que vaya a resarcirme de mi derroche de sangre y aliento
Con tus lágrimas y suspiros,
Siendo contigo como tú fuiste para mí;
Pero tan grande alegría consume nuestra vida
Que, a menos que tu amor se frustre con mi muerte,
Si me amas, cuídate de amarme.
Cuídate de odiarme,
O de triunfar con exceso en la victoria.
No es que quiera yo ser mi propia autoridad,
Y devolver odio por odio;
Mas tú perderás tu título de conquistador
Si yo, tu conquista, perezco por tu odio.
Entonces, para que mi nulidad no te disminuya,
Si me odias, cuídate de odiarme.
No obstante, ámame y también ódiame
Para que estos extremos se neutralicen;
Ámame, para que pueda morir de la manera más dulce;
Ódiame, pues tu amor es demasiado para mí.
O deja que ambas cosas se marchiten, y no yo;
Así, yo, vivo, seré tu escenario, no tu triunfo;
No sea que destroces tu amor, tu odio, y a mí mismo,
Para dejarme vivir, oh, ámame y también ódiame.
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Cristina Ambrosini |