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Nietzsche en Cortázar
Cristina Ambrosini
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Vidas paralelas
Plutarco
(45-125) escribió
Vidas Paralelas donde
introdujo un procedimiento de análisis sumamente original al utilizar,
en duetos, las biografías de grandes personajes, uno griego y otro
latino, con el fin de comparar coincidencias en sus destinos. Alejandro
Magno y Julio César, Demóstenes y Cicerón sirven de excusa, junto a
otros binomios, para mostrar la continuidad de una tradición donde los
miembros de la Roma Imperial se sienten herederos del idealizado mundo
griego y necesitan mostrar ese rasgo, en este caso, utilizando las
contingencias biográficas de personalidades destacadas. Salvando las
distancias, en este artículo, se trata de mostrar la pertenencia de una
de las figuras señeras de la literatura del siglo XX, Julio Cortázar,
dentro de una venerable tradición filosófica donde Friedrich Nietzsche
es una de las figuras centrales. La concepción lúdica del lenguaje, el
antisocratismo y el anticartesianismo, la desconfianza frente a los
poderes del logos, son algunos de los rasgos de esta tradición donde
podríamos también incluir a Lewis Carroll, Jorge Luis Borges y
Ludwig Wittgenstein.
Julio Florencio Cortázar (1914-1984),
hijo de Julio Cortázar y María Herminia Descotte nace en Bruselas en
1914 y vive sus primeros años en Suiza. En 1918 Cortázar y su familia
regresan a Buenos Aires después de pasar 3 años en Ginebra, Zurich y
Barcelona mientras transcurre la Primera Guerra Mundial. Por esa época,
el padre abandona a su mujer y a sus dos hijos. Julio se cría con su
madre, una tía, su abuela y su hermana Ofelia, un año menor que él. Con
algunos matices de diferencia, puede ser este dato (la pérdida del padre
a los 5 años de edad) el punto de partida del señalamiento de un
paralelismo con la vida de Friedrich Nietzsche (1844-1900). En el caso
del padre de Nietzsche, el abandono fue involuntario, a causa de una
afección cerebral que resultó mortal, pero resulta común la presencia
dominante de madre, abuela, tía y hermana menor quienes marcan la
infancia de estos dos personajes.
Único hijo varón, tempranamente a cargo de una familia de
mujeres, este rasgo compartido parece teñir el destino de estos
personajes. La precocidad en el manejo del lenguaje es otra coincidencia
ya que ambos, desde la primera infancia, realizan ejercicios literarios.
La entrada al mundo laboral como docentes y
el abandono de estas tareas para dedicarse a su obra, escrita en
el exilio voluntario, es otra coincidencia.
Heráclito, un punto de partida para
Nietzsche y Cortázar
El pensamiento contemporáneo eleva la
noción de juego a dignidades insospechadas. El juego designa un
paradigma “intramundano” que descarta toda instancia a priori, exterior
o trascendente ya que es considerado una actividad, una práctica, que
vive en el proceso de realizarlo. Esta idea redunda en una ruptura
respecto al esquema tradicional del conocimiento y del lenguaje tal como
han sido pensados desde la tradición inaugurada por Sócrates y
continuada en la exaltación de un “yo pienso”, capaz de representar el
mundo. El juego simula una ontología que resulta crítica respecto a esta
tradición metafísica. Los temas capitales del pensamiento
nietzscheano –Voluntad de Poder, Eterno Retorno, Superhombre, Vida,
Nihilismo- están orientados
a la superación de la metafísica aunque, en contra de la interpretación
trivial de esta tarea, la invocación al juego invierte el principio
mismo de toda evaluación. Estos temas más que representar categorías
parecen cumplir con la función de desorientar o dispersar unidades de
significación. La ontología que corresponde a este régimen simulador no
es una ontología más que a título de simulacro. La victoria, en la
guerra entablada por Nietzsche contra el nihilismo, necesita de la
instauración de nuevos mitos, sin caer en el invento de una religión
más. En este sentido, la mitificación del juego, más que una idea
fundacional, parece representar una formación estratégica destinada a
cumplir el papel de un contra-mito y para esta tarea Nietzsche no duda
en tomar a Heráclito como el punto de partida.
El problema del devenir, de profunda
naturaleza ética, lanzado al ruedo por Anaximandro, es retomado por
Heráclito quien sostiene que de la lucha entre los contrarios surge el
devenir y es esta lucha la manifestación de la justicia (diké). La lucha
ejercitada entre los estados, en el gimnasio, en la palestra, en las
competencias agonales, es elevada a principio y ley del cosmos.
Heráclito introduce el fuego como fuerza universal. El fuego es el niño
que juega (paiz
paizon), es el artista que crea y destruye formas. Así como el
niño y el artista juegan, el fuego, eternamente vivo, construye y
destruye inocentemente. La necesidad y el juego, la contradicción y la
armonía prescinden de
toda noción de orden moral. No se trata de demostrar que éste es el
mejor de los mundos posibles ya que alcanza con aceptar que es el juego
inocente y bello del
aión.
Cuando Nietzsche alude a la noción del juego rescata el elemento
mimético y azaroso que se continúa en la metamorfosis del comediante,
del juglar, del hechicero bajo el conjuro de la máscara y el disfraz. A
partir de su metafísica del artista valora el juego en un sentido
opuesto a Platón cuando coloca el drama, lo extático, la danza, el coro
ditirámbico por encima de lo apolíneo. Contra las pretensiones del
“mundo verdadero”, Nietzsche propone una justificación estética de la
existencia al rescatar la euforia de un arte arrogante, vacilante,
danzante, burlesco, definitivamente “infantil”. Desaparecidas las
esencias y fundamentos reaparece el elemento trágico: la excitación, la
incertidumbre, el vértigo, la ambigüedad recuperan la importancia
perdida.
Al cultivar la sabiduría trágica,
Nietzsche reconoce en Heráclito a su antecesor. Afirma que la doctrina
de Zathustra podría haber sido enseñada por Heráclito o al menos por los
estoicos que heredaron gran parte de su filosofía. Zarathustra es la
contrafigura del hombre objetivo, del “hombre espejo”, del “yo pienso”
cartesiano. Nuevamente, en contra de la teoría platónica, el tema del
juego coloca a Nietzsche en una posición radical frente al lenguaje.
Critica la “voluntad de verdad” tras la que se escudan los que encubren
el origen del lenguaje que, primariamente, es analógico, metafórico,
mitológico, ilusorio La
conclusión de esta genealogía parece destinada a desocultar el origen
olvidado del lenguaje, a quitar las máscaras tras las que se encubren
los caracteres lúdicos del mundo aunque en esta tarea necesite de la
ironía y el humor. Al respecto, afirma un comentador de Cortázar un
concepto que podría aplicarse a Nietzsche:
El humor y el juego constituyen técnicas de distanciamiento, actúan como
antídoto desacralizador, despatetizador. Devuelven la palabra a la
superficie, destituyen el discurso apolíneo y reflotan el báquico de la
profundidad visceral. El juego y el humor, insumisos, irreverentes,
producen un corte lúcido, un apartamiento liberador. El humor restablece
la indeterminación, la incertidumbre, el sentido nómada. Ver YURKIEVICH,
Saúl, Eros ludens (juego, amor, humor según Rayuela) en CORTAZAR, Julio,
Rayuela, edición crítica,
Colección Archivos, Madrid, 1992, p.768
Esta caracterización del lenguaje se
encuentra en un terreno fronterizo entre la filosofía y la literatura.
Esta corriente, signada por la experiencia de extinción y decadencia de
una cultura, emparentada con Wittgenstein y sus contemporáneos - Karl
Kraus, Franz Kafka y Fritz Mauthner- anuncia la pérdida de confianza en
el poder de la palabra y la creencia en la mendicidad del lenguaje, en
especial cuando da lugar al parloteo sin gusto e indecente sobre
moralidad o política.
Los juegos de Julio Cortázar
Entre las distintas influencias que es
posible rastrear en la obra de Cortázar podemos indicar la incidencia
del existencialismo, especialmente en las figuras de Kierkegaard y
Sartre, de Kafka y de Wittgenstein junto a Nietzsche. La comprensión del
lenguaje como un juego aparece en sus primeros escritos publicados. En
Cabalgata, revista
mensual (Buenos Aires, n.16, febrero de 1948) expone su definición de la
poesía como un juego. En
Ultimo round (1969)
volverá sobre esta definición “jugar poesía es jugar a pleno, echar
hasta el último centavo sobre el tapete
para arruinarse o hacer saltar la banca”.
Rayuela, la obra que pone
a Cortázar en el centro de la literatura contemporánea, es una novela,
es una reflexión sobre la novela y una crítica radical al lenguaje. El
lenguaje literario tradicional, hecho de fórmulas remanidas, será
expurgado en vista a una empresa de saneamiento donde se recurre, al
igual que en Nietzsche, al humor y la ironía.
Rayuela es una obra que
se caracteriza por la ruptura de unidades: se rompe con la unidad del
autor, de la obra, la unidad espacial, cronológica, estilística. Aparece
una organización barroca, laberíntica de la novela ya que puede
recorrerse como un mandala, en distintos sentidos. La alusión a símbolos
nietzscheanos como Diónisos, Heráclito y el laberinto se reiteran. El
autor parece el constructor de un collage o un mecano cuyos elementos
requieren la presencia de un lector que construya su propia novela, que
se comporte como un coautor de la obra.
La rayuela forma parte de los ritos
infantiles y sus ingredientes son
extremadamente simples (una acera, una piedrita, un zapato
pequeño y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores), dice
Cortázar en alusión a sus propios juegos infantiles.
Para jugar a la rayuela los chicos dibujan, en la calle,
distintos casilleros que se suceden desde el punto de partida (la
tierra), hasta la meta (el cielo). Otros juegos aparecen en la novela:
el ajedrez, el solitario, el poker, el truco. En Rayuela encontramos una
variedad de juegos verbales inventados por los personajes y por el
propio Cortázar. En algunos escribe H en las palabras que empiezan con
vocal, como Heráclito, o
intercala textos de otros autores en los renglones impares, el glíglico,
los juegos en el cementerio, los juegos de palanganas y muchos otros. En
Rayuela acontecen, junto a los
juegos reglados,
todo tipo de actividades inútiles como armar figuras con hilos para
luego quemarlos con un fósforo, enderezar clavos, o tirar piedritas
o puchos encendidos, desde lo alto de una ventana, a la rayuela
de la calle. El capítulo 56 es una delirante instrumentación de
estrategias de defensa, usadas por Oliveira para protegerse dentro de su
pieza, buscando explotar el factor sorpresa instrumentado en Cancha
Rayada: Un piolín negro atado al picaporte, una línea de palanganas,
escupideras y latas con agua destinadas a impedir la entrada de
Traveler. La construcción
de un puente entre dos ventanas, construido por Traveler y Oliveira para
que Talita pase un paquete de yerba, con peligro de morir en el intento,
es otro de los juegos perversos inventados por los participantes de este
triángulo amoroso donde se
presentan personajes simétricos que se duplican como frente a un espejo.
En este sentido, hay en la obra una tensión entre diversión y sacrificio
que se convierte en la oposición entre amor y muerte y que se presenta
cuando el juego se transforma en guerra. La relación fraternal, de amor
y celos que se establece entre Oliveira, Traveler y Talita deriva en un
juego mortal.
No somos adultos Lucía. Es un mérito pero se paga caro. Los chicos se
tiran siempre de los pelos después de haber jugado. Debe ser algo así.
Habría que pensarlo. (Rayuela,
20)
Rayuela se inicia en las riberas del
Sena y termina en un manicomio de Buenos Aires. Oliveira abandona en
París a la Maga y regresa a Buenos Aires para encontrarse con Talita (la
doble de la Maga) y Traveler (su propio doble). La peregrinación de
Oliveira lo conduce al doble de sí mismo frente al cual aparecen, como
posibilidades, el asesinato o el suicidio.
Vos para hablar te buscás unos momentos que son para no creerlo –dijo
Traveler rabioso-. Cuando no estamos a caballo de dos tablones con
cuarenta y cinco a la sombra, me agarrás con un pie en el agua y esos
piolines asquerosos. Pero
siempre en posiciones simétricas –dijo Oliveira-. Como dos mellizos que
juegan en un sube y baja, o simplemente como cualquiera delante del
espejo (Rayuela 56)
El protagonista de la historia, que se
desarrolla entre París y Buenos Aires, es el argentino Horacio Oliveira,
un crítico implacable de las convenciones y lugares comunes de su
cultura que, permanentemente, ironiza y denuncia los límites de la razón
cuando pone en tela de juicio los instrumentos del lenguaje y la
literatura.
Lo inútil, identificado como
sin-sentido, como juego ocioso, es revalorizado por Cortázar para
indicar una vía de escape del falso orden “que disimula el caos”. El
propio Cortázar admite que en la novela hay una crítica del lenguaje
y de la novela, como vehículo de las ideas, ya que no es posible
protestar de nada si no se cuenta con un instrumento idóneo. Un lenguaje
falseado y viciado por dos mil años de civilización traiciona
cualquier intento de crítica sobre la naturaleza humana. Es necesario,
como medida higiénica, expurgar el lenguaje, castigarlo, llevarlo hasta
sus límites. El humor, la ironía, el juego, son puentes que permiten
“mostrar” aquello que no se puede “decir” en un lenguaje
lógico-argumentativo. El nombre de Wittgenstein y las alusiones a
Nietzsche aparecen en uno de los momentos de mayor dramatismo de la
novela. El niño Rocamadur,
hijo de la Maga, agoniza en un cuarto a oscuras, con música de
Schoenberg y Brahms. Oliveira, su madre y otros miembros del Club de la
Serpiente, debaten temas filosóficos, mientras los bastonazos del vecino
de arriba estallan en el techo. Etienne alude al homo sapiens cuando
afirma:
el hombre solamente parece seguro en aquellos terrenos que no lo tocan a
fondo; cuando juega, cuando conquista, cuando arma sus distintos
caparazones históricos a base de ethos, cuando delega el misterio
central a cura de cualquier revelación. Y por encima y por debajo, la
curiosa noción de que la herramienta principal, el logos que nos arranca
vertiginosamente a la escala zoológica, es una estafa perfecta. (Rayuela
28)
Oliveira contesta “esta realidad no es
ninguna garantía para vos o
para nadie, salvo que la transformes en concepto, y de ahí en
convención, en esquema útil.” La crítica del lenguaje deriva en
posicionamiento ético cuando afirma Oliveira “Tus nociones sobre la
verdad y la bondad son puramente históricas, se fundan en una ética
heredada. Pero la historia y la ética me parecen a mí altamente
dudosas”. La imagen del niño dormido, luego agonizante y finalmente
muerto, sirve de trágico trasfondo en una especie de seminario
filosófico donde se evidencia la fuerte influencia wittgensteiniana. Las
afirmaciones de Oliveira recuerdan el Tractatus 6.43 “Si la voluntad,
buena o mala, cambia el mundo, sólo puede cambiar los límites del mundo,
no los hechos. No aquello que puede expresarse con el lenguaje”. Si bien
de las verdades éticas no se puede hablar, la tendencia a decir algo en
este terreno es irrefrenable aunque desbordan las posibilidades del
lenguaje significativo. Este desesperado chocar contra los límites de la
jaula del lenguaje caracteriza el esfuerzo por decir algo más allá del
mundo. La descarnada conciencia del límite conduce al rechazo y
desenmascaramiento de todo intento de fundamentación de cualquier
sistema de valores absolutos.
Aquí, la imagen del juego consolida la idea del convencionalismo
a la vez que rechaza la búsqueda de la esencia.
La crisis del significado reaparece en
el ambiente lúdico de Rayuela, una obra reacia a todo orden cerrado y
abierta a todas las posibilidades de la creación humana.
Entre el sometimiento al puro azar o a la rigidez inexorable de
las reglas, encontramos esta actividad multifacética, creadora o
destructora de órdenes, de armonía y belleza, que es capaz de crear
torbellino de pasiones o de ordenar las ideas, que inventa mundos
posibles más allá del bien y del mal, de la verdad y la mentira, de lo
eficaz o lo inútil. Los juegos, incluidos los del lenguaje, concitan una
atmósfera de misterio y seducción propia de lo inefable.
En Rayuela Cortázar inventa un contralenguaje para criticar tanto
la naturaleza humana como el lenguaje de la literatura.
En el manicomio y en el hospital, puerto final de Oliveira y de
Nietzsche, Cortázar ubica
el centro de la rayuela. Lo que Oliveira pone en crisis en Rayuela, al
igual que Nietzsche en su Zarathustra, es la razón entendida según la
herencia judeo-cristiana-aristotélico-tomista en Occidente. Esta
tentativa de dinamitar la metafísica incluye al propio instrumento de
que se vale la razón: el lenguaje. En este caso la acción del escritor
se identifica con la del destructor de ídolos, con la del
revolucionario, con la del iconoclasta que destruye pero con ánimo
optimista, con la esperanza de inventar nuevos órdenes.
Respecto al carácter pesimista de la
novela, afirma el propio Cortázar
sobre Rayuela: “Oliveira es muy negativo, pero es negativo porque
en el fondo él está buscando el kibbutz.
No es negativo el libro. De ninguna manera puede saltar Oliveira a la
rayuela. El no salta. No, no,
yo estoy seguro de que él no se mató. Oliveira no se suicida
(...) él acaba de descubrir hasta qué punto Traveler y Talita lo aman.
El estaba esperando a Traveler porque pensaba que venía a matarlo. Y ese
diálogo que ellos tienen le prueba a él que no. Y además Talita está
allí abajo. Los enemigos son los otros, los estúpidos, el director del
hospital.(PICON GARFIELD, Evelyn,
Cortázar por Cortázar)
Respecto a la literatura afirma Cortázar
en otra conversación: “Creo que la literatura sirve como una de las
muchas posibilidades del hombre para realizarse como homo ludens, en
último término como hombre feliz. La literatura es una de las
posibilidades de la felicidad humana: hacerla y leerla. (...) el
lenguaje que cuenta para mí
es el que abre ventanas en la realidad; una permanente apertura de
huecos en la pared del hombre, que nos separa de nosotros mismos y de
los demás.(...) la verdadera libertad nos libera de la tiranía del
lenguaje codificado y fosilizado que pretende ser el amo. (...) se
terminó: no más retóricas de la novela. En ese sentido es un instrumento
precioso en manos del
creador porque le da infinitas posibilidades” GONZALEZ BERMEJO, Ernesto,
Conversaciones con Cortázar,
Barcelona, EDHASA, 1978,pp.61-86.
La obra de Cortázar, al igual que la de
Nietzsche, requiere de un “lector cómplice”. Este coautor debe ser
capaz de leer entre líneas, de interpretar las citas escondidas,
de seguir, con ánimo de rabdomante, la arquitectura laberíntica que
resulta defensiva y ofensiva a la vez. La utilización irónica del
vocabulario metafísico sólo puede realizarse en el marco de un juego que
se desenvuelve en el límite entre el sentido y el sin-sentido. Este
juego artístico y galante necesita del guerrero y del danzarín, de la
fuerza del león y de la inocencia del niño.
Fragmento: De otra máquina célibe:
Plano para leer Rayuela (sentado o acostado) elaborado en el Colegio de
Patafísica. La
interpretación general no es difícil: se indican claramente los puntos
capitales comenzando por el de partida (73), el capítulo emparedado (55)
y Los dos capítulos del ciclo final (58 y 131). De la lectura surge una
proyección gráfica bastante parecida a un garabato, aunque quizá los
técnicos puedan explicarme algún día por qué los pesos se amontonan
tanto hacia los capítulos 54 y 64. Extraído de "La vuelta al día en
ochenta mundos" de Julio Cortázar, publicado en 1967 por Siglo XXI
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Cristina Ambrosini |