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Estela Canto, el Aleph de Borges
Cristina Ambrosini
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El
pasado 24 de agosto se conmemoró un nuevo aniversario del nacimiento de
Borges, ocurrido en Buenos Aires, en 1899. Como todos los años, los
homenajes se repitieron. En esta ocasión podemos homenajear, antes que a
Borges, a una de sus musas inspiradoras: Estela Canto.
Borges dedica El Aleph a Estela Canto. Como la Beatríz de Virgilio o la
de Petrarca, Estela Canto, en este cuento, tiene la perfección que
otorga la muerte, la ausencia o la frustración de un amor imposible no
consumado.
El Aleph es el relato de una experiencia mística. Es también parte de la
más dolorosa y bella historia de amor que podemos encontrar en la
literatura. En el Aleph, el protagonista habla de una mujer muerta,
Beatríz Viterbo, una mujer con la que la realización del amor físico ya
es imposible. En vida Beatríz Viterbo, igual que Estela Canto, fue una
mujer del barrio Sur. El Aleph está escrito en primera persona y
se inicia cuando el relator pasea por Constitución y ve los avisos
renovados en las carteleras. Esa mañana ha muerto Beatríz Viterbo y
advierte, con dolor, que el tiempo inicia su serie infinita de
cambios que alejarán a Beatríz del vasto universo pero no de él. Ella
también ha sido amada por su primo, Carlos Argentino Daneri, quien
conmemora junto al protagonista los aniversarios de su muerte. Un día
Daneri le dice al relator que van a demoler la casa donde vivió Beatríz
en Constitución y que, al hacerlo, destruirán un objeto que hay en el
sótano –el aleph- en el cual pueden verse todos los objetos del mundo.
El aleph es la primera letra del alfabeto hebreo, esa primera letra es
el todo, nombrarla apenas es el comienzo del éxtasis, de la experiencia
de ver todas las cosas como debe verlas Dios. El grado máximo de éxtasis
intelectual lo encuentra el protagonista del cuento ubicado en una
incómoda posición en un inhóspito sótano de una casa de la calle Garay,
en un punto donde están todos los puntos del Universo. En el instante
orgásmico de fusión y desindividuación, en el estallido en el que se
deja de ser uno para ser el infinito, se da el encuentro con el cosmos.
En este momento sublime el autor está solo, Beatríz lo ha abandonado.
Beatríz, la que podría sacarlo del infierno, está muerta.
Unos años después escribe Borges
La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Borges conoce a Estela Canto en 1944 en la casa de Adolfo Bioy Casares y
su mujer Silvina Ocampo, un tríplex ubicado en la esquina de Santa Fe y
Ecuador cuando ella tenía 28 años y él, a los 45 años, ya era un
escritor destacado. En el libro Borges a contraluz, Estela Canto
recuerda que ambos se encontraron casualmente saliendo de la casa de los
Bioy. Borges preguntó a dónde iba. Le encantó enterarse de que vivía en
el Sur, en el barrio de Constitución, y hacia allí emprendieron la
marcha, hacia la parte de la ciudad que él sentía como algo vasto y
libre. En Avenida de Mayo entraron a un bar donde ella pidió un café y
él un vaso de leche luego de lo cual Borges le dijo en inglés
“La sonrisa de la Gioconda y los movimientos de un caballito de
ajedrez”.
Esa noche prolongaron la charla sentados en un banco del Parque Lezama
hasta la madrugada. Meses después Borges le pidió casamiento y
ella lo rechazó. Antes, Borges escribe El Aleph en un papel con membrete
de la Municipalidad de Buenos Aires y le pide a Estela que lo pase a
máquina dado que ya él tiene graves dificultades con la vista. Así lo
cuenta Estela Canto:
“Ël vino a casa con el manuscrito garabateado, lleno de borrones y
tachaduras, y me lo fue dictando a la máquina. El original quedó en casa
y las hojas dactilografiadas fueron llevadas a la revista Sur,
donde se publicó el cuento. En 1949 se editó, junto con otros relatos,
en un volumen que lleva ese título.
Borges me hablaba de los progresos que iba haciendo con El Aleph y,
mientras me dictaba, se reía a carcajadas de los versos que endilgaba a
Carlos Argentino”
Estela Canto conservó el manuscrito de El Aleph durante varios años. En
una oportunidad intentaron robarlo y en varias ocasiones recibió ofertas
importantes para venderlo. En el mismo libro citado comenta:
“Le conté todo esto a Georgie y le dije: “Pienso vender el manuscrito
cuando estés muerto, Georgie”. Él lanzó una carcajada y dijo: “Caramba,
¡si yo fuera un perfecto caballero iría ahora mismo al cuarto de
caballeros y, al cabo de unos segundos, se oiría un disparo!
El Aleph lo vendí de todos modos pero cuando él estaba en vida.”
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