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Ética cordial. Pensamientos de Blaise Pascal y de Adela Cortina
Cristina Ambrosini

La cabeza y el corazón en conflicto
La cabeza y el corazón parecen ser la sede física de facultades
no sólo distintas sino conflictivas. Frecuentemente admitimos
que la cabeza piensa (calcula, ordena,
analiza, tiene principios) y el corazón siente
(ama, odia, siente miedo). Mientras que en la cabeza
residiría la mente identificada con el
pensamiento y el desarrollo de las facultades cognitivas, la
organización del lenguaje y del pensamiento abstracto, el
corazón sería la sede de los sentimientos, de las pasiones,
especialmente de los afectos y de todo aquello no atravesado por
el filtro del orden racional. Así, ya desde el pensamiento
griego, logos (razón) y
pathos (pasión) son vistos como fuerzas o poderes
enfrentados al identificar al primero como un principio de orden
y control y al segundo como un principio de descontrol y caos.
En este reparto entre la razón y los sentimientos, entre la
cabeza y el corazón, la ética, preponderantemente, ha tomado
partido por ubicar a la razón como un principio rector de la
conducta humana. Así, la ética normativa, propone sistemas
donde fundamentar racionalmente la adopción de principios o
normas capaces de controlar las pasiones, para disciplinarlas,
cuando no extinguirlas.
La propuesta de una ética cordial
no deja de causarnos sorpresa. Estamos preparados para las
éticas racionales pero no tanto para las cordiales, menos cuando
quien propone la idea es de pura cepa kantiana y la misma que
enuncia esta frase:
A diferencia de los saberes preferentemente teóricos,
contemplativos, a los que no importa en principio orientar la
acción, la ética es esencialmente un saber para
actuar de manera racional.[1]
A pesar de ello, o mejor, justamente por eso, la filósofa
española Adela Cortina[2]
propone tomar en cuenta a la ethica cordis
o ética cordial, o ética del
corazón.
Para clarificar el uso de los nombres, debemos decir que del
latín cor- cordis
(corazón, en francés coeur, en
catalán cor, en italiano
cuore, en griego kardia )
se formó el adjetivo cordial (en alemán
herzlich, en inglés hearty).
Cordial tiene también el sentido de algo
afectuoso, sincero, y de lo que tiene virtud para confortar,
animar y fortalecer el corazón, para consolarlo o alegrarlo
Del mismo vocablo cor
derivan, directa o indirectamente, numerosas palabras del
lenguaje corriente que a primera vista parecen tener poco que
ver con el corazón: acuerdo y
desacuerdo,
concordia y
discordia, coraje,
coral[3],
cuerdo
y recuerdo entre otros vocablos.
La relación entre la memoria y el corazón no es evidente en el
castellano actual, pero sí en otros idiomas: aprender
de memoria se dice en francés apprendre
par coeur y en inglés, to learn by heart.
Como vemos, el adjetivo cordial
tiene el significado de “algo que pertenece al corazón”. Para
completar el significado de este adjetivo, debemos recordar que
para los latinos el corazón era considerado el centro de la
memoria de modo que “recordar” sería como “volver a pasar por el
corazón” algo. Los griegos y romanos no situaban “la mente” en
la cabeza sino en el centro del pecho, de allí que tengan
parecido significado las expresiones “tener algo in
mente, in pectore
o in corde”. En los antiguos también se
asociaba con el mismo nombre al corazón y al estómago, de allí
que se llamen bebidas cordiales
a ciertas bebidas alcohólicas que servirían para mejorar el
funcionamiento del estómago.
Tomando en cuenta estas complejas derivaciones semánticas, Adela
Cortina alude a la figura del corazón para introducir novedades
en su propuesta de una ética cívica, es decir, de una ética para
ciudadanos que se reconocen parte de una
comunidad de individuos libres e iguales. La propuesta de la
ética cordial es también de una
ética cívica pero no meramente
procedimental La autora admite que la propuesta de una
ética cordial intenta superar las
limitaciones racionalistas de hace veinte años. Una frase de
Pascal se encuentra a la base de esta reflexión: “conocemos la
verdad no sólo por la razón, sino también por el corazón”[4].
Pasamos a revisar la figura de Pascal, recopilados en su obra
Pensamientos (Pensee)
antes de concentrarnos en los pensamientos
de Adela Cortina
Las razones de la razón y las razones del corazón
Para la filosofía francesa, el siglo XVII es el siglo de
Descartes (1596-1650) y Pascal (1623-1662)[5]
ya que se los considera a ambos, los filósofos que permiten la
entrada en La Modernidad. Se suele oponer el pensamiento de
Pascal al de Descartes aunque la convergencia de intereses en
ambos pensadores parece ser tan relevantes como sus
divergencias. Podemos decir, en principio, que representan dos
formas diferentes de experimentar la idea de Dios y el
compromiso con la ética aunque ambos han expresado un viraje en
el mundo de intereses por las matemáticas y el modo de concebir
la racionalidad. Para ambos, la ruptura con el pensamiento
medieval y el ascenso del racionalismo, en sus distintas
versiones, provoca una nueva comprensión de las pasiones al
redefinir lo racional y lo irracional, la relación entre la
razón y la fe y el puesto del hombre con relación a Dios.
Blaise Pascal, nace 27 años después que Descartes y, al igual
que él, pierde tempranamente a su madre y queda al cuidado y
educación de su padre. Se interesa desde niño por las
matemáticas y logra destacarse en este terreno al punto que
sorprende con sus primeros escritos a los matemáticos famosos
conocidos por su padre[6].
No se interesa por la religión hasta que en 1646 toma contacto
con un libro de Jansenius[7],
titulada Reforma del hombre interior
donde se le revelan las verdades religiosas y a partir de
entonces asiste regularmente a Port Royal
donde se encontraban recluidos los adeptos al janseísmo,
enfrentados con los jesuitas. Pascal está empeñado en la
búsqueda de un conocimiento cierto y seguro y recorre distintos
caminos hasta llegar a las certezas. Pero, a diferencia de
Descartes, no cree que la razón, aún siendo una facultad
poderosa, sea la vía privilegiada para llegar a interiorizarse
en el conocimiento y con ello disipar las dudas acerca de la
condición del hombre. No es en el logro de una visión geométrica
de la realidad como se alcanza la felicidad aunque tampoco puede
alcanzarse en el aislamiento de la interioridad. Pascal admite
la posibilidad de trascender hacia el acceso a la comprensión de
Dios aunque éste se encuentre mucho más allá de nuestras
limitadas capacidades racionales. Es exigible la búsqueda de
Dios para superar el estado de miseria y decadencia en que
encuentra el hombre y para ello se necesita la fe.[8]
Según Pascal, conocemos la existencia y la naturaleza de
lo finito y lo extenso porque somos finitos y extensos. De
manera parecida, conocemos lo infinito pero ignoramos su
naturaleza porque no tiene extensión ni límite. Frente a
esta limitación de la razón, nos queda la fe aunque de tal forma
de conocimiento no se pueda aportar ningún tipo de prueba.[9]
Pascal pone por ejemplo el caso de los escépticos que solamente
dan argumentos racionales y con eso no consiguen nada más que
mostrar la impotencia de la razón y sus limitaciones cuando
cuestionan las certidumbres del corazón. Así, es inútil pedirle
“pruebas” al corazón.
Y es tan inútil y tan ridículo que la razón pida al corazón las
pruebas de sus primeros principios, para querer consentir con
ellos, como sería ridículo que el corazón pidiese a la razón un
sentimiento de todas las proposiciones que ella demuestra, para
querer aceptarlas[10].
Frente a la demostración cartesiana que concluye en la
certidumbre acerca de la existencia de un “yo pienso”, Pascal
opone la incerteza y la imposibilidad de cualquier prueba
racional a la que opone las “certezas del corazón” que
siente sus verdades y no las deduce de
principios. Es en el corazón y no en la
razón donde se juega la partida por
encontrar la trascendencia hacia lo infinito y con ello la
felicidad.
Como creyente, luego de Descartes pero antes que Kant, Pascal
renuncia a las demostraciones racionales acerca de la existencia
de Dios y al uso de todo procedimiento metódico en este terreno
a la vez que denuncia los límites de la razón. El verdadero
orden proviene del corazón al que considera una forma de
conocimiento más profundo que la razón
De la ética mínima a la ética cordial
Con anterioridad a la Constitución de 1978, España era un
Estado confesional y la moral era parte de la religión para un
gran número de personas. La obligación moral y el cumplimiento
del deber, en este marco, tenían como única fundamentación la
figura de Dios, nos dice Adela Cortina. Para la época, era
necesario superar el monismo moral
y la admisión del pluralismo moral se
fundamentó en unos mínimos morales compartidos
lo que significa que lo que comparten los ciudadanos no son
los proyectos de felicidad ni los ideales de vida (rasgo de una
ética de máximos). El pluralismo no significa que no haya nada
en común, lo que daría paso a la admisión de un “todo vale” y al
vacío de normas, sino que comparten un conjunto de valores.
Estos valores, identificados con los ideales emancipatorios de
la Ilustración, enarbolados durante la Revolución francesa, son
la libertad, la igualdad y la solidaridad (sucedáneo de la
fraternidad). En el marco de los postulados de Adela Cortina,
estos valores están encarnados en las distintas generaciones de
los Derechos Humanos.
La idea de Libertad
está representada por los Derechos de primera generación, los
derechos civiles y políticos necesarios para ejercer la
ciudadanía en los Estados constitucionales
La idea de igualdad
está representada por los Derechos de segunda generación, en las
distintas conquistas de derechos económicos, sociales y
culturales durante el siglo XX y que todavía tiene tanto terreno
para conquistar
La idea de solidaridad
todavía no está instituida totalmente en las Declaraciones
internacionales y requieren el espíritu cosmopolita y solidario
que reclamaba Kant ya en el siglo XVIII acerca de la adopción de
normas internacionales que preserven la paz, el derecho a vivir
en un ambiente en paz y el derecho a vivir en un ambiente no
contaminado.
Otras dos condiciones son necesarias para la convivencia social
tal como son pensados en está ética de mínimos, propia para la
convivencia entre ciudadanos y no súbditos ni fieles: la
tolerancia activa y un ethos
dialógico, es decir, no sólo la
tolerancia pasiva de no inmiscuirse en los asuntos ajenos sino
la predisposición a tolerar los valores e ideales de vida que no
compartimos pero que anticipamos que pueden tener algún valor y
la predisposición a resolver los conflictos que se presentan en
la vida social mediante el diálogo, rechazando la violencia o la
imposición de las razones del más fuerte.
En el artículo “Una versión cordial de la ética del discurso”,
publicado en el Libro de Homenaje al filósofo argentino Ricardo
Maliandi[11],
Adela Cortina revisa sus últimos veinte años de producción
filosófica, a partir de la publicación de su obra
Ética mínima. En la búsqueda de una ética cívica,
la ética del discurso, especialmente en la versión de Karl Otto
Apel apareció como la mejor para ella y un grupo de filósofos
entre los que se contaban los argentinos Julio de Zan, Ricardo
Maliandi y Dorando Michelini. Estos debates y elaboraciones
conjuntas que tuvieron lugar en Frankfurt y en Buenos Aires
dieron como resultado la publicación de un volumen colectivo[12]
donde se revisa en profundidad el aporte de la ética del
discurso a las democracias en Alemania (Apel, Habermas, Honneth
y Wellmer),España (Aranguren, Camps, Cortina, Muguerza) y
Argentina (Maliandi, De Zan y Michelini). Aún reconociendo los
méritos de la ética del discurso, al igual que Maliandi y otros,
Cortina ya admitía que era necesario ir “más allá” de l os
aspectos puramente formales de la fundamentación de normas.
La propuesta de una ética cordial, en
el marco de una ética cívica no puramente procedimental
(formal), incorpora otras dimensiones (no contempladas en la
versión ortodoxa) del vínculo comunicativo al involucrar la idea
de la razón cordial junto a la
razón procedimental que reduce la
comunicación al vínculo lógico-discursivo.
En este trabajo se refiere a estas dimensiones que, si se tienen
en cuenta, componen una ethica cordis,
una ética de la razón cordial
Deseábamos en este artículo –dijimos al comienzo- desarrollar
la dimensión cordial de una ética mínima que, aun haciendo pie
en la ética del discurso, despliegue las potencialidades
del vínculo comunicativo, y vaya más allá de ella, superándola,
dándole carne y hueso. Su nombre será entonces ética
de la razón cordial, ethica cordis,
empeñada en la tarea de mostrar cómo el vínculo comunicativo no
sólo cuenta con una dimensión argumentativa, no sólo revela una
capacidad de argumentar sobre lo verdadero y sobre lo justo,
sino que cuenta también con una dimensión cordial y
compasiva, sin la que no hay comunicación. O mejor dicho, una
ética empeñada en mostrar que para argumentar con
éxito sobre lo justo ha de hundir sus raíces en su vertiente
cordial y compasiva. La razón íntegra es entonces
razón cordial, porque conocemos la verdad y la justicia no sólo
por la argumentación, sino también por el corazón[13].
En resumen, para Adela Cortina, es necesario un análisis
completo del vínculo comunicativo, un análisis que tome en
cuenta no solamente las capacidades lógicas para argumentar sino
también las capacidades para sentir, apreciar, valorar el
sentimiento de la justicia,
la capacidad de com-padecer a un otro con el cual uno se
reconoce autónomo pero vulnerable, es decir, desde el
reconocimiento de los que son carne de la propia
carne y hueso del propio hueso. Sin esta capacidad
de sentir y experimentar al otro como parte de uno mismo,
difícilmente puedan las personas dialogar en serio, como
pide la Pragmática trascendental y resulta difícil o imposible
que se interesen por normas universalizables que beneficien a
los peor situados
Porque los bien situados se benefician del privilegio, los
desfavorecidos se benefician de lo universalizable[14].
Este reconocimiento cordial o
compasivo, más originario que el
cumplimiento del deber, no se identifica con la magnanimidad del
más fuerte sino con la capacidad de sufrir o gozar con un otro
al que se reconoce como carne de la propia
carne, según Adela Cortina.
A partir de esta brevísima y apretada presentación de la
propuesta de una ética cordial, nos
preguntamos ¿qué diría Kant? Haciendo un ejercicio de la
imaginación, suponemos que la aprobaría ya que, a la altura de
los tiempos y luego del giro pragmático trascendental de la
ética del discurso, mantiene la exigencia de cultivar los
sentimientos cosmopolitas y el impulso emancipatorio por superar
el conflicto entre el mundo nouménico (el de la razón) y el
fenoménico (el del corazón) en vista a la formación de un
éthos cívico para, desde allí, seguir
repudiando la guerra, la exclusión social, la intolerancia.
[1]
CORTINA, Adela, Ética de la empresa, Madrid,
2000, p.14
[2]
Adela Cortina es Catedrática de Ética y filosofía
Política en la Universitat de València, escritora y
articulista, dirige la Fundación ÉTNOR (para la ética de
los negocios y las organizaciones). Es autora, entre
otros libros, de Ética mínima (1986), Ética
sin moral (1990), Ética aplicada y democracia
radical (1993), Ética de la empresa: claves para
una nueva cultura empresarial (1994), Ciudadanos
del mundo (1997), Por una ética del consumo
(2002).
[3]
Se llamaba “gota coral” a una enfermedad del tipo de la
epilepsia porque se creía que su causa estaba en el
corazón
[4]
PASCAL, Blaise, Penseés (título de la primera
edición Pensées de M.Pascal sur la
religion et sur quelques autres sujets
qui ont esté trouvées aprés sa mort
parmy ses papiers).Paris, Garnier, 1964, 274. En la
edición Pascal, Bossuet, Escritos escogidos,
Barcelona, Océano, (no consta año de edición) .p243
[5]
También es el siglo de Bacon, de Spinoza y Hobbes, de
Galileo, Kepler y Leibniz.
[6]
Desde su más tierna infancia, Pascal se muestra como un
niño de inteligencia prodigiosa pero frágil de salud. .
Su padre, Ettienne Pascal, habría fijado para su único
hijo varón (tenía dos hermanas) un estricto plan de
estudios donde reservaba a las matemáticas para cuando
tuviera 15 años pero Blaise lo sorprendió un día
tratando de demostrar la proposición XXXII de Euclides.
A partir de allí su padre le permitió participar en las
reuniones que se desarrollaban en su casa con los
principales matemáticos de Paris (Roberval, Fermat y el
padre Mersenne, a través del cual llegarían los escritos
del joven Pascal al conocimiento de Descartes). A los 16
años escribe un Tratado de las secciones cónicas
y poco después construye una máquina de calcular para
ahorrarle trabajo a su padre que era comisionado del rey
en Ruán Ver CALLOIS, Roger, (Estudio preliminar) en
Pascal, Bossuet, Escritos escogidos,
Barcelona, Océano, (no consta año de edición)
[7]
Cornelius Otto Jansen Teólogo holandés (Acquoy,
Gueldres, Países Bajos, 1585 - Yprès, 1638). Estudió en
Utrecht, Lovaina y París Los jesuitas consiguieron que
su doctrina, conocida desde entonces como jansenismo,
fuera condenada por el papa Urbano VIII (1642). Por su
parte Richelieu, que no perdonaba a Jansenio un panfleto
de 1635 criticando su política exterior, lanzó la
persecución en Francia de los “jansenistas”.
[8]
“Dios existe o no existe. La razón no lo puede
determinar: hay un caos infinito que nos separa. Se
juega un juego en el extremo de esta distancia infinita
donde se arriesgará a cara o cruz (...) es necesario
apostar. Esto no es voluntario: estáis embarcado. Ya que
es necesario elegir, tienes dos cosas para perder: la
verdad y el bien y dos cosas a empeñar: vuestra razón y
vuestra voluntad, vuestro conocimiento y vuestra
beatitud (...) si ganas, ganas todo y si pierdes, no
pierdes nada”. PASCAL, B, Penseés, op. cit,
233, p.135
[9]
“Nosotros conocemos la existencia y la naturaleza de lo
finito porque somos finitos y entendemos como él.
Nosotros conocemos la existencia de lo infinito e
ignoramos su naturaleza, porque él tiene entendimiento
como nosotros pero no tiene límites como nosotros. Pero
por la fe conocemos su existencia, por la gloria
conocemos su naturaleza”. PASCAL, B., Penseés,ed.
cit., III, 233, p.135
[10]
Pascal, Blaise Penseés , 282, p.244
[11]
CORTINA, Adela, “Una versión cordial de la ética
del discurso” en Ética. Convergencias y
divergencias. Homenaje a Ricardo Maliandi, Cristina
Ambrosini compiladora, Remedios de Escalada, Universidad
Nacional de Lanús, 2009, pp.101-114
[12]
Karl-Otto Apel, Adela Cortina, Julio De Zan, Ricardo
Maliandi, Dorando Michelini Ética comunicativa y
democracia, Barcelona, Crítica, 1991
[13]
CORTINA Adela, , “Una versión cordial de la ética
del discurso”, op. cit., p.112
[14]
Cortina, Adela op. cit., “Una versión cordial de
la ética del discurso”, op. cit., p.111
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