Platón y Aristóteles Cristina Ambrosini  
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La más bella historia del amor
Cristina Ambrosini - Dra. en Filosofía (U.B.A.)

La más bella historia de amor La periodista francesa Dominique Simonnet quien, en este libro, convoca a una serie de historiadores y escritores en el empeño por reconstruir cómo se amaba desde el paleolítico ya que el amor tiene una historia y nosotros somos sus herederos 

 

Cuando se tira del hilo rosado, lo que viene detrás es toda nuestra civilización.

 Dominique Simonnet, La más bella historia del amor, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2004

Después de Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes y de la Historia de la sexualidad de Michel Foucault, todo francés que se precie de tal debe decir algo acerca de la historia del amor. Tal es el caso de la periodista francesa Dominique Simonnet quien, en este libro, convoca a una serie de historiadores y escritores en el empeño por reconstruir cómo se amaba desde el paleolítico ya que el amor tiene una historia y nosotros somos sus herederos. Las grandes crónicas ignoran esta historia, prefieren las hazañas guerreras. Hay que recurrir al arte y la literatura aunque, claro, no siempre cuentan la verdad, sus símbolos son engañosos. Para la autora, el tema convoca tres esferas no siempre armoniosas: placer, matrimonio, sexualidad.

Matrimonio sin amor ni placer. Matrimonio de amor sin placer. Placer de amor sin matrimonio.

Para contar esta historia recurre a una división en tres actos. En cada uno de ellos entrevista a un especialista en la época histórica que alude.

PRIMER ACTO: ANTE TODO, EL MATRIMONIO

Jean Courtin, historiador especializado en la Prehistoria, en La pasión de Cro-Magnon, supone que en la noche de los tiempos la gente se amaba tanto como ahora, tal vez con más libertad, si no con más felicidad. Pero, ¿desde cuándo? ¿La pequeña Lucy, la australopiteca de 3 millones de años, pudo estar enamorada? La respuesta del especialista tiende a la negación. ¿Cómo se pueden encontrar huellas de trato amoroso entre restos óseos, de sílex y trozos de alfarería? El investigador sostiene un argumento convincente: ni el Homo habilis ni el Homo erectus habrían experimentado consideración o cuidado especial hacia los muertos. Esta característica propiamente humana sólo fue desarrollada por el hombre de Cro-Magnon, hace 100.000 años en África y Cercano Oriente y hace unos 35.000 años en Europa. En Córcega, en el fondo de la cala de Bonifacio se encontró una tumba de hace 8.000 años donde se exhumó el cadáver de una mujer de unos 35 años que registraba una antigua parálisis del brazo izquierdo y una enfermedad de la mandíbula que seguramente limitaría su alimentación pero que sobrevivió varios años, gracias al cuidado de sus congéneres quienes la cuidaron durante todo ese tiempo. En sepulturas de 60.000 a 80.000 años se encuentran evidencias de personas que sobrevivieron a deformaciones o roturas gracias al cuidado de la comunidad lo que indica un apego profunda de unos con otros. Los hombres de Cro-Magnon tenían el mismo cerebro que nosotros. Hace 35.000 años decoraban sus grutas con magnífico arte, tallaban decorativamente sus herramientas, debían conocer los celos, la piedad. Acaso sea esta época la del nacimiento del amor. El paleolítico parece ser la edad de oro, para este historiador. Los animales herbívoros proliferaban, los hombres eran pocos y estaban dispersos, las costas eran ricas en crustáceos y los ríos de peces. Disponían de un lenguaje común, no universal, pero sí extendido en grandes regiones, intercambiaban materias primas, conocimientos y probablemente también intercambiarían sus mujeres dando lugar a la exogamia. Probablemente fueran monogámicos ya que los recursos no permitían la poligamia. Las superficies de las chozas indican familias poco numerosas aunque ocasionalmente se han encontrado tumbas dobles: un hombre enterrado con dos mujeres o una joven rodeada por dos hombres. Los pocos símbolos sexuales o eróticos encontrados están relacionados con la fertilidad. Las famosas Venus atribuidas al paleolítico superior, de exagerados atributos femeninos, no representarían a la mujer prehistórica que seguramente sería mucho más delgada. Hace unos 10.000 años comienza una verdadera revolución en el neolítico: se inventa la ganadería, la agricultura, la propiedad de la tierra, las jerarquías de poder y el matrimonio. Se acabó el paraíso. Los hombres del mesolítico abandonaron la caza y la pesca para horadar el suelo, someterse a los avatares de las cosechas, a la codicia del vecino y a los rigores del orden social. Para las mujeres las tareas se multiplican, puede ser esta época la del comienzo del rapto y la esclavitud.

Paul Veyne, historiador, especialista en Historia Antigua, continúa con el mundo romano. En los muros de Pompeya se encuentra el retrato de una pareja de esposos que parecen mirarnos con misteriosa serenidad. Efectivamente están casados ya que la mujer muestra una tablilla y un estilete lo que indica que sabe leer y escribir, que está correctamente educada y se preocupa por mostrarlo. Una concubina sería iletrada. Aquí tenemos una pareja modelo para la aristocracia antigua, están juntos para perfeccionar el ideal de la vida conyugal: perpetuar el orden social. ¿Se aman? Para el historiador estos esposos son dos símbolos sutiles, dos bellas mentiras. En este mundo, el matrimonio es una institución patriótica y la mujer es una herramienta del oficio del ciudadano, un elemento de la casa como lo son los hijos, los libertos, los clientes y los esclavos. Estar casado es un deber cívico, casi militar, es el medio para dar destino a una dote y ciudadanos a la República. Al hombre se lo educa para ser un jefe, para mandar. El concubinato está aceptado pero aporta ciudadanos de segunda, los hijos no heredan ni alcanzan el estado civil de ciudadano El mundo romano es el de la esclavitud pero la mujer es más libre que en el mundo griego, donde se la trataba de por vida como a una menor irresponsable. En Roma la esposa tiene algunas libertades, se divorcia cuando quiere y no es necesario que se lo comunique al marido. Mesalina, por ejemplo, se divorció y volvió a casar sin que se enterara su marido, el emperador Claudio y eso era legal. El derecho romano está hecho de gestos, de actos, de símbolos, pero no de escritos. Ningún poder público controla el matrimonio, no hay un equivalente al juez o cura, no se firma ningún contrato, salvo un compromiso de dote, si la hay. Ser viuda es la situación ideal, se dispone de una libertad absoluta incluso para decidir sobre la herencia. En Roma, la caza de viudas era un modo de acceder a la fortuna. Para los varones era importante no introducir el desorden de sus vidas sexuales en la familia. El mundo romano fue puritano. Las historias sobre las orgías romanas cuentan lo que no pasaba, afirma Veyne. El arte idealiza la figura desnuda de la mujer en las estatuas de las diosas (Juno, Artemisa, Venus) mientras las costumbres imponen todo tipo de prohibiciones y censuras. Los romanos fueron cristianos antes de tiempo, inventaron la pareja puritana, la moral conyugal, el culto a la virginidad. Poco antes del año 200 de nuestra era, en tiempos del emperador estoico Marco Aurelio, se endurecen las prohibiciones: se estigmatiza a las viudas libertinas, se castiga la homosexualidad, el adulterio del marido se considera tan grave como el de la mujer. Los esposos deben ser castos, la finalidad de su unión es procrear hijos. Los cristianos se ajustaron a la tarea de endurecer algo más la severa moral romana al incorporar el desprecio por el cuerpo. En el 394 un emperador cristiano ordena que sean quemados en público los prostitutos varones. Ese mismo año se quema la primera sinagoga y desembarca en Cartago un funcionario encargado de demoler los templos paganos. En adelante, la carne se volvió pecado.

Jacques Le Goff continúa el relato de esta historia durante la Edad Media cuando el amor no era tan cortés como se espera. Cita el caso del historiador Jean-Charles Huchet quien ha escrito un libro sobre El amor descortés. Tras la caída del imperio romano invaden el mundo civilizado los bárbaros, francos, visigodos, ostrogodos que llegan a cristianizar sus costumbres luego de siglos. Los reyes francos fueron polígamos, hasta Luis VIII (1223). Entre la nobleza, el matrimonio era de "conveniencia" y lo arreglaba el rey. En el interior de las familias, la función casamentera estaba reservada a los ancianos. El poder de la iglesia para consagrar el matrimonio dentro de su modelo (indisolubilidad de los lazos y monogamia) no se impondrá antes del siglo XV. La carne ahora es pecado y se aprovecha este precepto para esclavizar a los campesinos, esos feos, sucios, iletrados. Esos animales, esclavos de la carne, merecen ser esclavos de los señores. El matrimonio cristiano, a diferencia del romano, es indisoluble y de este pesado arnés se liberan, en parte, mediante el adulterio. El amor cortés es el adulterio: Abelardo y Heloísa, Tristán e Isolda, Guenièvre y Lancelot. Paradójicamente, al mismo tiempo, se exalta el prestigio de la virginidad y de la castidad. La Virgen María se ubica por encima de todos los santos y Jesús es representado como un soltero célibe. Algunos extremistas de la pureza llegan a propugnar la castración. Promovida por San Pablo y luego por los Padres de la Iglesia, la sexualidad se convierte en lujuria, concupiscencia. El sexto mandamiento lo proclama claramente "No fornicarás". La Iglesia, inspirada en el modelo monacal, se convierte en una sociedad de solteros célibes e impone sus pautas de ascetismo sobre los laicos, incluso en el seno del matrimonio. En el siglo XIII, Tomás de Aquino aceptará que entre esposos y dentro de ciertos límites, el placer sexual es lícito. ¿Cómo se defiende la sociedad de esta coraza moral? Bocaccio aparece como un antídoto, la risa, la burla, aflojan las tensiones. El famoso Cantar de los Cantares elogia el amor y la pasión aunque algunos teólogos interpretan este elogio en el sentido del amor cristiano, de la caritas, del amor concedido al prójimo, al enfermo.

SEGUNDO ACTO: TAMBIÉN EL SENTIMIENTO

Jacques Solé, especialista en la modernidad, nos habla sobre el período comprendido entre el Renacimiento y la Revolución francesa, esa época estereotipada por una mitología liberal, de la que propone desconfiar. El Antiguo Régimen es todavía medieval, para este historiador, ya que continúa el reinado del matrimonio cristiano. Entre los ricos, se busca una mujer joven que se cotiza como una cabeza de ganado en el mercado conyugal donde el amor está excluido de la transacción. En las clases populares, las cosas comienzan a ser distintas. Antes de casarse, la mujer va a la ciudad, se ofrece como sirvienta, junta centavo sobre centavo y accede al matrimonio aportando un pequeño capital propio. Los pobres inauguran el matrimonio por amor, entre ellos va a pesar más el atractivo físico y el entendimiento. En este aspecto, la gente del pueblo fue precursora. Ahora el papel de la mujer es valorizado, los cónyuges son más maduros y la afectividad ocupa un lugar central en este vínculo. Desde las esferas oficiales se sigue promoviendo que el único fin del matrimonio es la procreación. El teatro de Molière expresa nuevas contradicciones y tensiones entre el individuo y la sociedad, entre padres e hijos. En contra de lo que podría esperarse, los controles morales se endurecen en esta época ya que es el propio Estado el que asume la penalización del placer. El ascetismo se convierte en el valor supremo. Es el reino inédito del camisón!!! Está prohibido dormir desnudo, la homosexualidad, la prostitución, besar a una mujer casada. Este último delito llega a merecer la decapitación, en la ciudad italiana de Fermo en 1589. Se expande por toda Europa una cruzada para imponer la disciplina sexual. Se seculariza el control social, en manos del Estado, es más severo. En el siglo XVII, en Francia, cerca de 10.000 mujeres son encerradas en prisiones y hospitales como paso previo a la deportación a América, acusadas de conducta irregular. En materia de sexualidad, el Renacimiento fue mucho menos iluminado y más inhumano que la Edad Media, afirma Solé. El matrimonio es de por vida pero la vida no dura tanto. La muerte cuenta como un divorcio. Es común el caso de viudos vueltos a casar hasta cuatro veces. ¿Qué pasa entre los nobles? Si la Iglesia y el Estado quieren controlar a las clases populares, allá ellos pero la aristocracia, entre otros privilegios, conserva su autonomía. Los bailes, las fiestas, las seducciones cortesanas son conductas alentadas por el rey. La vida sexual libertina es considerada una nota de jerarquía social. Todo este libertinaje será derogado por la Revolución.

Mona Ozouf, historiadora, especialista en mujeres y en épocas revolucionarias, contesta las preguntas referentes a la época de la Revolución francesa, época que denomina "el terror de la virtud". Toda revolución es un encogimiento de la vida privada, una invasión de la vida pública en el orden preestablecido. En la Francia posterior a 1789 el sentimiento amoroso fue combatido por los revolucionarios, hacía acordar demasiado al comercio galante, al gusto por la conversación y a todo aquello que había hecho el encanto del Antiguo Régimen. En las clases populares, el matrimonio por amor se abre paso a todo lo largo del siglo XVIII. Donde el interés cuenta menos, el sentimiento comienza a tomar su lugar. Gracias a Rousseau y a los filósofos ilustrados se abre esta puerta. Si se oponen al despotismo del rey, ¿por qué no oponerse al de los padres y maridos? La familia reclama los mismos principios que la República: libertad e igualdad. Se crea el matrimonio laico, por "contrato civil" fundamentado en el libre consentimiento de las partes. La pareja ahora está "unida ante la ley" y no "ante Dios". En este sentido la Revolución fue sensible al reclamo de las mujeres: el libre consentimiento supone la posibilidad del divorcio. Como lo dice Saint Just "la felicidad es una idea nueva en Europa". Ahora la felicidad es un desafío personal, ya no se puede culpar al rey o al marido de la propia desdicha, ahora las personas son responsables de sus elecciones. Entre 1789 y 1792 la Revolución alimentó los sueños de igualdad amorosa y cívica. Luego, el jacobinismo virtuoso implantó un nuevo orden espartano. Mientras que en el comienzo de la Revolución las mujeres formaban clubes donde donaban sus joyas para las finanzas de la patria y hacían vendas para los heridos mientras recitaban la Declaración de Derechos, en el gobierno jacobino son invitadas a desfilar del brazo de sus maridos, en lo posible encinta. Se vuelve a la simplicidad de la maternidad. La moralidad conyugal se convierte en un test de moralidad patriótica. La Revolución sembró la idea de un mundo distinto pero se necesitará más de un siglo para que ese nuevo mundo aparezca.

Alain Corbin, historiador, especialista en sentimientos, se ocupa del siglo XIX, siglo donde es omnipresente el tema del amor romántico. En el imaginario de esta época, la muchacha es un ángel de pureza y virginidad, sentada frente al piano o escribiendo su diario íntimo. Con el cuerpo encorsetado por nudos, ganchos, botones, el cuero de los botines, está mal visto que se muestre en público con el pelo suelto. Los hombres están condenados a la ropa negra o gris. El amor es una experiencia mística, los corazones sangran. El sexo está de duelo, dice Corbin. Mientras el mundo femenino se sumerge en el pudor, el de los hombres es el de las prácticas venales y la doble moral. Juiciosamente, siempre vuelven a la casa. Mientras el joven idolatra desde lejos a su amada, seguramente heredera de una fortuna, tiene experiencias sexuales con prostitutas, modistas, obreras. Entre los burgueses, el cuarto conyugal es un altar, a menudo coronado por un crucifijo, donde se celebra el acto sagrado de la reproducción. Hay que exorcizar el peligro de que la alcoba matrimonial se convierta en un lupanar. El cuerpo siempre está cubierto de ropa, aun dentro de la cama, la desnudez evoca al burdel. Hay una casa de tolerancia en cada barrio, estrictamente reglamentada por el Estado, para despabilar a los jóvenes, entretener a los solteros y apaciguar a los casados. ¿Y en el campo? El campo es otro mundo más simple y libre con el que sueña el burgués. Se generaliza el confesionario y la consulta al médico. La ciencia ahora se mete con la sexualidad para imponer criterios higiénicos más duros todavía que los clericales. Recrudece el "instinto genésico", se combaten las conductas "antinaturales". La sodomía, la masturbación, el onanismo ya no solamente son pecados, son también "enfermedades" que deben ser erradicadas, incluso quirúrgicamente. El siglo XIX es el mismo mundo de represiones. La novedad será que los médicos son tan intolerantes como los confesores.

ACTO TERCERO: POR FIN EL PLACER

Anne-Marie Sohn, profesora de Historia contemporánea en la Universidad de Ruan y especialista en recabar información sobre el amor en los expedientes judiciales, contesta sobre el siglo XX. Para ella, a partir de 1920 se da una nueva revolución. En las clases populares, donde los intereses patrimoniales no son tan importantes, comienza a solidificar la idea de vivir con quien uno eligió y con quien se entiende. El amor ya no es un lujo, se convierte en el cemento de la pareja y el matrimonio por conveniencia comienza a ser visto como algo vergonzante. Ahora ¡hay que amar!, el amor es la regla, si no se conoce el amor, la vida está arruinada. Poco a poco se pasa de la idea de que hay que amar al cónyuge, lo que ya es una revolución, a la idea, antaño escandalosa, de que hay que vivir el amor cuando llega. Se multiplican los lugares de encuentro y filtreo: los bailes públicos, las reuniones sociales de todo tipo, la fábrica, la oficina, la plaza, los cafés, el cine, los cabarets, etc. Gracias a los medios de transporte público la gente se desplaza fácilmente. Los jóvenes adquieren una nueva libertad, pasa a ser un hábito salir los sábados a la noche, los domingos. Cambia el lenguaje. En los años de entreguerras se hablaba de la sexualidad de modo eufemístico, en el lenguaje romántico del siglo XVIII, en un vocabulario que remitía a la suciedad o al pecado. Luego, el lenguaje se torna neutro y distante, aparecen términos científicos en el lenguaje común para nombrar las partes del cuerpo. ¿Qué educación sexual recibían los jóvenes? Una educación negativa, sostiene la historiadora: no hagas esto, evita lo otro. Comienza un mundo de caricias y besos entre los miembros de la familia, entre los novios. Se desbloquea el sentimiento amoroso. Esta nueva intimidad exige limpieza, habrá que bañarse más seguido. Entre los años '30 y '50 aparece la cara oscura de esta historia: los matrimonios por amor duran menos que los otros. A partir de 1945 el hedonismo se introduce en las parejas, uno de sus efectos será el baby boom. Los años '60 van a disociar el matrimonio, la sexualidad y el amor. Como en todas las épocas, en el siglo XX hay vanguardias y resistencias. Los moralistas intentan volver al pasado con discursos inoperantes. La fuerza de imitación en los jóvenes es muy poderosa. El control de la natalidad y la legalización del aborto culminan con la liberación. En adelante, todo encuentro cuerpo a cuerpo es posible. Eliminadas las enfermedades venéreas, habrá que esperar hasta el SIDA para volver a tenerle miedo al sexo.

Pascal Bruckner, escritor, uno de los primeros críticos de los efectos del Mayo francés, continúa respondiendo en este reportaje. En los años '70 cayeron los tabúes porque ya estaban muertos, roídos desde el interior por una mentalidad igualitaria. Ya no hay que recibir órdenes de los padres, de la Iglesia, ni del Estado, ni del Partido. Aparece el imperio del deseo. En el siglo XVIII se decía "te amo" para decir "te deseo" ahora es a la inversa. Aparece el uso de términos freudianos en el lenguaje coloquial, todo el mundo habla de "la libido", se teoriza todo el tiempo sobre la sexualidad y, con frecuencia, no se dice gran cosa. La revolución proletaria estaba alicaída pero la revolución sexual se presentaba llena de promesas. En la corriente hippy había ingenuidad pero también una gran dosis de generosidad evangélica. El sexo era el Jardín del Edén, el sexo era el mensajero de la promesa de libertad. Será obligatorio estar liberado.

La revolución sexual es la ilusión comunista menos el partido, sostiene Bruckner. Se pasa de un dogma al otro sin percatarse. El placer antes estaba prohibido, ahora es obligatorio. Es el terrorismo del sexo, es la dictadura del orgasmo obligatorio. Si una chica no quiere, se la acusa de no estar liberada. El matrimonio pasa a ser una institución patética. En medio del fanatismo pansexual, los celos aparecen como una vergüenza, sufrir por amor es signo de debilidad y de culpable dependencia, los niños deben ser educados en el elogio del deseo y en la autonomía.

En esos años Roland Barthes se atrevió a proclamar "¡No, el amor no es vergonzoso!" Barthes muestra que en el amor no hay progreso, cita a Werther, a Rousseau y a todos esos clásicos que habían caído en el infierno. El sentimiento llegó por la puerta chica para producir una segunda liberación. Para este protagonista y crítico de la época, pese a todos los desbordes, el saldo de la revolución sexual fue positivo, sobre todo para las mujeres. Entre otros logros, no menores, se consiguió la patria potestad compartida entre el padre y la madre. El cambio tuvo su contracara, se efecto no deseado: la soledad y el autocuestionamiento permanente. Soltadas las amarras de la tradición, el individuo moderno está obligado permanentemente a evaluarse e inventarse. La pareja fundada en el amor parece condenada a la fragilidad y la crisis.

El error de la generación del mayo francés fue creer que las nuevas generaciones se beneficiarían con una sexualidad llave en mano a espaldas de los misterios y terrores del amor. El sexo se ha convertido en una nueva teología, se habla mal de él, con vulgaridad y complacencia. Ahora aceptamos que el amor no es democrático, no responde a la justicia ni al mérito, acarrea la dependencia, la servidumbre tanto como el sacrificio y la transfiguración. Lo que debemos redescubrir es esta complejidad del amor, concluye Bruckner.

Alice Ferney, novelista, cierra esta lista de entrevistados hablando del presente. Para empezar, hace suya una frase de Hermann Hesse en El lobo estepario "Pertenecer a una época es ser incapaz de comprender su sentido". Frente al presente estamos tan desprovistos para hablar del amor como los historiadores frente al pasado ya que los discursos de médicos, ginecólogos, sexólogos o psicólogos pueden ser tan engañosos como antes los testimonios del arte y la literatura. Tanta libertad nos deja a la intemperie, ahora somos los dueños de la duración del amor, ya no es necesario perpetuar una relación de por vida, no hay nadie que lo imponga. La total libertad de amar, que no conocieron nuestros antepasados, nos impone nuevas angustias. No hay nadie que decida en nuestro lugar. Nos abruman los consejeros mediáticos con consejos que dejan a los sentimientos en una penumbra misteriosa.

"Nunca se jugó con el amor", sentencia Ferney. Nos están engañando cuando nos hacen creer que no es algo importante, grave, aunque es necesario aceptar que gran parte de la felicidad no proviene del amor. En tono optimista cierra este libro Alice Ferney diciendo:

Creo que el que ama es un equilibrista sobre un cable, la empresa parece imposible, sin embargo, un día el equilibrio llega. Toda la vida hay que aprender a vivir, y a morir. Aprendamos también a amar.

 Otros libros de Dominique Simonnet:

  • La más bella historia del mundo: los secretos de nuestros orígenes, Barcelona, andres Bello, 1997
  • La historia más bella del hombre: cómo la tierra se hizo humana, Barcelona, Anagrama, 1999
  • El amor explicado a nuestros hijos, Barcelona, Plaza & Janes, 2001

 
















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