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Internet, el viaje inmóvil
Cristina Ambrosini
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“Cuando no es el hambre, es el aburrimiento o la desesperanza lo que nos
mata”
Michel Maffesoli, El nomadismo. Vagabundeos iniciáticos,
México, Fondo de Cultura Económica, 2004.
En
los últimos años nadie discute la influencia transformadora del
ciberespacio sobre nuestras vidas pero sí se discute si esos cambios nos
permiten establecer la existencia de una cibercultura, es decir, de una
cultura dominada por las transformaciones ocurridas a partir del
uso del ciberespacio.
Más allá de la identificación de una cibercultura, podemos reconocer que
Internet y la cultura que en ella se va creando, constituyen un espacio
nuevo con respecto a las culturas dominantes en la modernidad. El
ciberespacio aparece como un espacio-puente hacia lo desconocido. Como
lo desconocido debe ser asimilado, por analogía, a lo conocido, el
ciberespacio es nombrado a partir de una serie de metáforas.
Así, en los primeros años de expansión de Internet, se impuso la
metáfora del "navegar", subrayando claramente los rasgos de aventura y
de misterio que el ciberespacio podía deparar. El mar ha sido, desde
siempre, un puente, el lugar de conexión, de comunicación, de diálogo.
Son varios los nombres del mar. Para los griegos, el más común era
“thálassa”. Mare nostrum, Mediterráneo, son nombres
propios. “Pélagos”, en cambio, representa la vasta
extensión de alta mar. El mar por excelencia, según Massimo Cacciari, es
el archi-pélagos, el lugar de puente, de relación, de
diálogo entre las distintas islas que lo habitan.
Sólo sedentarizando, territorializando, es posible dominar.
La navegación también expresa un nuevo deseo de libertad.
La idea de navegar convoca el esquema de la
fuga, esquema que posee raíces arcaicas y surge en momentos específicos.
La metáfora del viaje expone esta resistencia del hombre
contemporáneo a confinarse en un único nombre, en una única identidad,
incluso sexual.. El nomadismo, hoy en
día, es el recuerdo nostálgico de alguna aventura fundadora. Instalados
en las postrimerías de la sociedad industrial, renacen algunos mitos que
alivian la pesadez de lo instituido: el del caballero andante, la
búsqueda del sol o del Santo Grial o de El Dorado. El recuerdo de una
juventud virginal, de un amor puro, de un ideal incontamido, le confiere
nuevo vigor a la cultura
El concepto de movimiento -navegación- está implícito en las
comunicaciones en Internet.
La
paradoja de las nuevas tecnologías consiste en que éstas
inmovilizan
al sujeto en lugar de
permitirle moverse.
En el ciberespacio se produce una estandardización del viaje, donde el
pasajero permanece inmóvil, esperando a ser trasladado. ¿Qué se desplaza
en este curioso viaje?
En Internet desaparece el cuerpo ya que la red no transporta átomos sino
bytes, entonces, ¿cuál es el cuerpo que se presenta en la navegación por
internet fuera del cuerpo de la escritura o de las imágenes que nos
muestra la pantalla?
Este
nuevo ciudadano, consumidor de nuevas tecnologías, el que podría
resultar potenciada por ese nuevo e inmenso flujo de información y por
tantas nuevas posibilidades de inspiración o escape, se ve,
paradójicamente, fijado a una silla. Movimiento universal desde una
silla inmóvil, que reconocen tanto los apologetas como los críticos.
Encerrado en la oscuridad de su pequeño gueto doméstico, un cibernauta
puede, durante horas, envolverse en la ilusión de que su núcleo de
amigos, sus preferencias, sus intereses, sus manías, sus amores y hasta
sus odios viven encapsulados en esa especie de nueva bola de cristal
a la que puede castigar mudándose de sitio ¿Puede? Numerosas encuestas
indican que no siempre es así, y que su actitud equivale a la del
heroinómano, exagera Juan Luis Cebrian en, La red. Como cambiarán
nuestras vidas los nuevos medios de comunicación, Madrid,
Taurus, 1998, p.82.
El cibernauta no es sólo un navegante sino que, en sentido literal, es
un navegante solitario. La realidad sobre la que opera es virtual y, en
gran parte, un producto de su propia imaginación. Esto produce, en
muchos casos, un verdadero efecto hipnótico cuando siente que es la
pantalla quien le hace compañía, cuando se aísla de las personas con las
que convive para conectarse con sus millones de amigos virtuales a los
que siente tanto más íntimos que a los reales
Superada la necesidad de la presencia física, el chat pasa a ser
un curioso lugar para encuentros eróticos: no exige exponer el cuerpo
mientras que la correspondencia on-line pasa a ser un
nuevo género literario que, normalmente, crea la ilusión de una relación
profunda cuando las piezas faltantes de esta comunicación “sin cuerpo”
se completan con imaginación y fantasía. Por un lado, lo virtual se
refiere a aquello que tiene una existencia aparente pero, por otro lado,
instaura una realidad que logra surtir efectos sobre el mundo para
transformarlo. El ciberespacio aparece como una zona intermedia entre la
realidad y la imaginación, un espacio de juego, de fronteras movedizas,
un espacio de ilusión que lleva implícito, a la vez, la posibilidad de
desilusión.En más de un
sentido, el ciberespacio puede ser visto como una tercera zona,
mediadora entre lo objetivo y lo subjetivo, un Spielraum,
un espacio de juego.En este
nuevo ámbito, el sujeto se torna una continuación de la máquina y su
virtualidad hasta el punto de propiciar la ausencia o el
cambio del nombre o el uso de apodos ya que se puede “jugar” a asumir
otra personalidad, otra edad, otro sexo. Tanto mágico como siniestro, el
mundo virtual del ciberespacio propicia la aparición de un nuevo tipo
humano caracterizado como alguien más interesado en tener experiencias
excitantes y entretenidas que en acumular bienes, capaz de cambiar
rápidamente de personalidad para adecuarse a cualquier nueva
realidad –real o simulada-, que ya no reacciona como sus padres y
abuelos, los burgueses de la era industrial, afirma Jeremy Rifkin en
La era del acceso. La revolución de la nueva economía,
Barcelona, Paidós, 2000, p.247 Para este autor, en esta
nueva era, la gente adquiere su identidad en forma de pequeños segmentos
comerciales. Lejos queda la dureza de una era dedicada a la explotación
y transformación de los recursos físicos. Esta nueva cultura es más
suave, más ligera, la conciencia racional se torna sospechosa mientras
que los deseos eróticos, ilusiones y sueños del inconsciente salen a la
luz y se convierten en realidad o, mejor dicho, en hiperrealidad. Se
muestra y ensalza la cara oculta de la fantasía. Es un mundo vuelto del
revés.
En la generación de la red, millones de adolescentes, a punto de entrar
al mundo productivo, permanecen largas horas on-line al
sentirse miembros de una tribu universal mientras sucumben al
aislamiento para entregarse a una realidad distinta e imaginativa que, a
diferencia del mundo cotidiano, no les exige responsabilidades mientras
desarrollan fuertes mecanismos de identificación con la máquina en el
uso del ciberespacio. La revolución tecnológica está, en gran parte,
protagonizada por los adolescentes, ellos son los que programan la
máquina, la interrogan, a la vez que descubren los secretos de un mundo
onírico con el que se identifican.En buena medida, gran parte de la socialización ocurre en esta
navegación inmóvil, sin la mediación del cuerpo. No sabemos si todos
estos cambios permiten hablar de una nueva cultura aunque ya hay algunos
que, como el ciberfilósofo uruguayo, Leo Masliah, han logrado detectar
alguno de los peligros a los que se exponen los internautas al navegar
en tan procelosas aguas.
LA CIBERNOVIA
Leo Masliah
No estoy seguro, pero una sospecha
a mi me acecha cada vez peor.
Hace ya tiempo que algo diferente
se ve y se siente en el monitor.
No tengo pruebas orales ni escritas,
pero palpita en mi corazón;
más que una duda casi la certeza,
que en mi cabeza hay una hinchazón.
Mi cibernovia me mete los cuernos,
no se me ocurre otra explicación.
Yo me di cuenta, porque cuando hablamos
ya no me presta la misma atención.
Ya no me escribe frases tan vistosas
y se equivoca en la puntuación;
y si la apuro dice que hay problemas,
y que se va a cortar la conexión.
Mi cibernovia, mi cibernovia
es más que obvia su sórdida traición.
Mi cibernovia, mi cibernovia
está destruyendo mi cibercorazón.
Mi cibernovia me mete los cuernos
y tengo idea de con quien será.
Es ese tipo que siempre se pone
distintos nombres cuando entra en el chat.
¿Como demora para contestarme,
siendo que antes era tan veloz?
Seguramente tiene otra ventana,
y está de parla con ese chabón.
Yo que tenía tantas esperanzas,
tanta confianza en este amor virtual,
libre de todas las complicaciones
que se presentan en la realidad.
Ahora me encuentro con que en este ambiente
también se cuece la infidelidad;
y ni siquiera puedo ir con un caño
a sorprenderlos en su intimidad.
Mi cibernovia, yo que tenía
el disco duro ardiente de frenesí
Sofisticada tecnología,
ahora mis cuernos son de 32 bits.
Mi cibernovia, mi cibernovia
que desazón, que atropello a la virtud.
Mi cibernovia, mi cibernovia
en cualquier momento la bajo del menù.
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Cristina Ambrosini |