Platón y Aristóteles Cristina Ambrosini  
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Internet y la rehabilitación del amor cortés

Cristina Ambrosini

 

 Eros y Psyche         Psique (o Psyche, en griego Ψυχή), divinidad griega y protagonista de un mito latino, es la personificación del alma. Según la leyenda, inmortalizada por Apuleyo en su Metamorfosis (El Asno de Oro), Psique era la menor y más hermosa de tres hermanas, hijas de un rey de Anatolia. Afrodita, celosa de su belleza, envió a su hijo Eros (Cupido) para que le lanzara una flecha de oro oxidado, que la haría enamorarse del hombre más horrible y ruin que encontrase. Sin embargo, Eros se enamoró de ella, lanzó la flecha al mar y se la llevó volando hasta su palacio. Para evitar la ira de su madre, una vez que tiene a Psique en su palacio, Eros se presenta siempre de noche, en la oscuridad, y prohíbe a Psique que haga cualquier intento por conocerlo físicamente. Cada noche, en la oscuridad, se amaban. Una noche, Psique le contó a su amado que echaba de menos a sus hermanas y quería verlas. Eros aceptó, pero también le advirtió que sus hermanas querrían acabar con su dicha. A la mañana siguiente, Psique confesó a sus hermanas que realmente no sabía cuál era el aspecto físico de su marido. Las hermanas de Psique la convencieron para que en mitad de la noche encendiera una lámpara y observara a su amado, asegurándole que sólo un monstruo querría ocultar su verdadera apariencia. Psique les hace caso y enciende una lámpara para ver que su marido no es un monstruo sino un joven hermoso. Una gota de aceite hirviendo cae sobre la cara de Eros dormido, que despierta y al sentirse descubierto, la abandona[i]. La historia continúa pero aquí llegamos al lugar en el que se interceptan el mito de Eros y Psique con la interpretación que hace la psicoanalista argentina Diana Sahovaler de Litvinoff, sobre alguna de las consecuencias del uso de internet.

               En los últimos años, el ciberespacio se convirtió en lugares privilegiado de contacto con el mundo, donde pasamos buena parte de nuestro tiempo y donde se escriben nuestras historias personales y colectivas. Al respecto dice Baudrillard

 

Vivimos en el mundo imaginario de la pantalla. Nosotros también nos hemos convertido en pantallas, y nuestra interacción se ha convertido en la interacción entre pantallas (...) Vivimos ya en una alucinación “estética” de la realidad.[ii].

 

 En este mundo, compuesto de redes, donde deja de ser significativa la categoría de espacio para imponerse la del tiempo, hay una persona nueva, que se parece más a un nodo, atravesado por infinitas interacciones, que al ego cogito cartesiano, un yo unitario, soporte de sus representaciones.

           En el artículo Realidad virtual e inconsciente[iii] se revisan algunas de las transformaciones ocurridas en los usos de internet. En este muy bien documentado artículo, la autora afirma que el “estar conectado” puede adquirir un efecto de restauración para un yo que falla en hallar sostén en una realidad que le ofrece pocas seguridades. Con un impacto que quizás no imaginaron los inventores de internet, primeramente diseñada para usos militares, el navegar por la web, entrar y salir de determinados sitios, los diversos vínculos que se establecen por medio del e-mail, del chat (con o sin videos), han dado lugar a una actividad considerada “lúdica” ya que los caracteres del juego, cargados de provisoriedad, de “como sí”,  impregnan esta nueva realidad. Ahora ya no es necesario perfumarse para concurrir a un sitio donde poner a prueba el poder de seducción. Lo que antes quedaba reservado para la magia o la alucinación, ahora se patentiza a través de los estímulos de la pantalla. Aunque tenemos los recursos para discriminar ficción de realidad, el brillo de la pantalla, su organización, su completitud, nos atrapa, nos “metemos” en ella  para participar de una realidad virtual, construida con una extraña mezcla de bits y realidad psíquica, nos dice la autora.  La idea de virtualidad no es nueva, la vemos ingresar en el psiconálisis en la postulación de una realidad psíquica cuyas marcas provocan efectos de realidad. El “llamado a la realidad”, de los padres instando al hijo a abandonar la computadora, de los hijos esperando su turno para usar la máquina, del cónyuge irritado o del empleador que amenaza con la desconexión y el despido, genera una violencia equiparable a la ruptura de un retrato, a la interrupción de un vínculo que otorga identidad. La curiosidad que suscita el “abrir” el correo electrónico, como una caja de Pandora, trasunta la fantasía de que alguno de esos mensajes contendrá la clave que permita, por fin, restituir lo que falta, que nos reivindique de postergaciones y padecimientos, que  nos diga quién es el otro y qué somos para él. En la realidad virtual podemos ubicar, dice Diana Sahovaler, los tres registros propuestos por Lacan como representación del funcionamiento psíquico: lo imaginario, o sea, el terreno de la ilusión que vela la falta estructural del ser humano; lo simbólico a través de la creación sublimatoria y lo real, lo a-simbólico que amenaza desde el “fondo” del vacío y que propicia el movimiento de intentar la significación.

            El ciberespacio se ha convertido en un lugar privilegiado para encuentros amistosos y amorosos. Estas relaciones parecen advertir sobre la necesidad de mantener al otro en las sombras. Como impuso Eros a Psiqué, se trata de no iluminarlo, de no descorrer el velo si se quiere conservar la felicidad.  La distancia tranquiliza  y habilita a crecer en las sombras. No sólo prosperan los vínculos amorosos porque puede liberarse aquello que en la presencia física del otro permanecería inhibido o censurado sino que también proliferan las amistades cuando no nos sentimos amenazados por la rivalidad. El “amor a distancia” no es nuevo, nos advierten en este artículo, ya en el Kama Sutra se hacía mención a una unión de naturaleza superior que concierne a los que encuentran placer en la imaginación y se contentan en mirarse desde lejos. Citando a Bauman en Amor líquido, se afirma que la ubicuidad de la proximidad virtual, disponible gracias a la red electrónica, vuelca la balanza a favor de la lejanía, la distancia y la imaginación. La realidad virtual rehabilita el intercambio epistolar, romántico y platónico, que reinstala los ideales del amor cortés del siglo XII, alimentado por la separación, el sufrimiento y la pasión[iv]. Recordemos que los juegos del amor cortesano se divulgaron de modo creciente durante el siglo XII, los caballeros comenzaron a erotizarse al salir más a menudo de sus armaduras de guerreros para civilizarse y refinar sus modales y, en este proceso, las mujeres avanzaron poco a poco a un primer plano. La caballería, en su mayor parte, presuponía el celibato. Si la corte fue el lugar del deseo, la domina representa el premio mayor, si no de poseerla, al menos de destacarse y brillar ante ella. El amor cortés es el adulterio: Abelardo y Heloísa,  Tristán e Isolda, Guenièvre y Lancelot. Leyendo los relatos medievales, aparecen los relatos del amor cortés, el que puede ser visto como un juego de hombres, un juego formativo, una competencia, donde un hombre, generalmente joven,  asedia a una mujer casada, en consecuencia inaccesible, prohibida por las más estrictas reglas sociales: las que protegen los patrimonios y los linajes. Al igual que en los torneos, el joven arriesga su vida para perfeccionar las virtudes viriles, para aumentar su valor, para probar su capacidad, para desarmar, derribar y finalmente vencer al adversario, donde la mujer es sólo un señuelo. El senior, el jefe de la casa, acepta poner a su esposa en el centro de la competencia, en una situación lúdica de primacía del poder y de jerarquía social puesto que sólo los caballeros podrán participar de este juego cortesano del que están excluidos tanto los sacerdotes como los plebeyos o los burgueses. En última instancia, según la interpretación de los historiadores, los juegos del fine amour, excitado por las historias y relatos que circulaban en las cortes principescas, fomentaban la amistat, como decían los trovadores, la tan exaltada amicitia, promovida desde la tradición estoica y epicúrea, elogiada en los escritos de Cicerón[v] y rescatada por la vuelta al humanismo clásico en el Renacimiento. Acaso, en este triángulo, la mujer no fuera más que un intermediario, la mediadora entre el señor y el caballero para reforzar los lazos de la moral cortesana al disciplinar el deseo masculino dentro de un orden político.[vi]

                 Según la psicoanalista, el encuentro obstaculizado en la realidad, mantenido en el nivel ideal, permite la certeza de haber hallado el objeto complementario. Así lo dice la autora de este artículo:

         Los actuales “caballeros errantes”, sin padre que los avale, acostumbrados a relaciones casuales y poco profundas, las “damas solitarias” agobiadas de responsabilidades, decepcionadas por hombres que recusan el lugar galante que ellas desearían que ocupen, encuentran a través de internet  no sólo la posibilidad de dar rienda suelta y de la manera más verbalmente explícita a sus más recónditas fantasías sexuales, sino también la posibilidad de un amor platónico a la manera de un epistolario amoroso de las épocas de sobres y papeles perfumados.

    Actualmente asistimos a la emergencia de un ciberromanticismo en el que se prefiere al ser imposible y lejano pero que reinstala un modo de vínculo perdido, pasado de moda, olvidado por las nuevas generaciones.

 

 

 

 



[i] http://es.wikipedia.org/wiki/Psique_(mitolog%C3%ADa)

[ii] BAUDRILLARD, Jean, Xerox and Infinity, Paris, Touchepas, 1988, p.7

[iii] Sahovaler de Litvinoff, Diana, “Realidad virtual e inconsciente” en Revista de Psicanálisis, LXIV, 4, 2007, pp. 739-762

[iv] DUBY, Georges, El amor en la Edad Media y otros ensayos, Madrid, Alianza, 1990

[v] Al igual que los estoicos y Epicuro, la época de Cicerón se caracteriza por la presencia de un imperio, de eclecticismo y de decadencia filosófica. Para Cicerón los amigos siempre son pocos, uno o dos, ya que se requiere un perfecto acuerdo de todo lo humano y lo divino, unido a un amor entrañable lleno de estima. Desdibujados, si no muertos, los ideales de la vida virtuosa, en el centro de la corrupción de la vida imperial romana, Cicerón encuentra en la amistad el mayor bien posible para asegurar la felicidad en la intimidad del contacto con unos pocos elegidos. Ver CICERON, De la amistad (De amicitia), México, Porrúa, 1978

[vi] “Es lícito preguntarse si, en esta figura triangular,  -el joven, la señora, el señor- el vector mayor, el que se dirige abiertamente del amigo hacia la dama no rebota en este personaje para dirigirse hacia el tercero, su verdadero objetivo, e incluso, si no se proyectaba hacia éste sin rodeos. Las observaciones de Christiane Marchello-Nizia en un buen artículo obligan a plantearse la  siguiente pregunta: en esta sociedad militar, ¿no fue en realidad el amor cortés un amor de hombres?” DUBY, Georges, op.cit., p.72-73
















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