Platón y Aristóteles Cristina Ambrosini  
Selección de Textos
Textos
Carrera Académica
Publicaciones
Novedades
Investigación
Cátedras
Contacto

El ministro verificacionista

Cristina Ambrosini

22/1/2008

 

Lino Barañao y Auguste ComteEl lunes 7 de enero de 2008, Página 12 publicó una entrevista a Lino Barañao, uno de los nuevos ministros nombrados por Cristina Kirchner,  quien estrena el cargo en el flamante Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva. El ministro es Doctor en Química, posgraduado en la Universidad de Pensilvania en los Estados Unidos y en el Instituto Max Planck de Alemania. Dice la nota:

“Lino Barañao tiene, a los 54 años, la tarea de armar una cartera cuya creación ostenta el raro privilegio de no haber cosechado críticas”

 

Hasta ahora, agregamos. Las periodistas preguntan:

 

–Usted habla de priorizar el desarrollo en software, biotecnología y nanotecnología, ¿qué pasa con las ciencias humanas?

–Es infundado pensar que son las cenicientas, porque tienen un financiamiento equivalente a cualquiera de las áreas de las ciencias básicas y durante mucho tiempo tuvieron un financiamiento superior en términos de los insumos que requerían. Insisto en que este cambio que queremos dar exige la participación activa de áreas humanísticas, desde la filosofía tradicional hasta la lingüística o la antropología. Pero a mí me gustaría ver un cierto cambio metodológico; estoy tan acostumbrado a la verificación empírica de lo que digo, que a veces los trabajos en ciencias sociales me parecen teología.

–Esto va a provocar un gran debate...

–Creo que no hay un motivo por el cual las áreas humanísticas deban prescindir de la metodología que usan otras áreas de las ciencias.

 

El concentrado de ideas presentes en las dos respuestas, merece ser analizado y, de hecho, las respuestas no se hicieron esperar. En otra nota de Página 12 del sábado 12 de enero, Atilio Boron, en una nota titulada “¡No somos teólogos!”, refuta en los siguientes términos los dichos del ministro:

“En la entrevista asegura que las humanidades y las ciencias sociales “no son las cenicientas” del sistema científico “porque tienen un financiamiento equivalente a cualquiera de las áreas de las ciencias básicas y durante mucho tiempo tuvieron un financiamiento superior en términos de los insumos que requerían”. Este juicio es insólito en un hombre tan “acostumbrado a la verificación empírica” como él mismo se define. Para refutar su afirmación bastaría con comparar, en el caso de la Universidad de Buenos Aires, la proporción de docentes con dedicación de tiempo completo a la enseñanza y la investigación en la Facultad de Ciencias Sociales y en la Facultad de Ciencias Exactas. Mientras que en el primer caso se trata de una cifra ínfima, en el segundo abarca, y en buena hora, a la casi totalidad de su planta profesoral. Otro elemento que debería añadirse a la comparación es la articulación existente entre el sector privado, e inclusive las agencias del Estado, y los investigadores: mientras que en el caso de Sociales esa vinculación es prácticamente inexistente, en Exactas constituye un importante vehículo de reforzamiento presupuestario. Hay otros elementos que, de agregarse, reforzarían aún esta conclusión. Por lo tanto, el análisis empírico demuestra que nuestra situación no es la que describe el ministro sino mucho peor, y que es preciso remediar cuanto antes”

 

¿De dónde viene la sospecha de que las ciencias sociales estén haciendo teología?

 

En 1817 Augusto Comte (1798-1857) es estudiante de medicina en París y toma contacto con Saint-Simón de quien recibirá una fuerte influencia en lo concerniente a las ideas renovadoras que permitirían eliminar las guerras y las miserias de Francia. En 1830 formula su propio pensamiento en el Curso de filosofía positiva cuya publicación en seis volúmenes tardó doce años.[1] En esta obra Comte formula la Ley de los tres estados según la cual la humanidad atraviesa por tres fases sucesivas:

 

1) El estado teológico: transcurre desde el fetichismo hasta el monoteísmo. En el campo del conocimiento corresponde al estadio precientífico de los milagros y el pensamiento mágico.

2) La fase metafísica que crea divinidades terrenales al hablar de “fuerzas”, “propiedades”, etc. lo que lleva a un monoteísmo profano.

3) El estado positivo desenmascara la esterilidad y el carácter puramente verbal de las afirmaciones metafísicas. El intelecto no busca explicar hechos aislados sino que trata de descubrir las Leyes que gobiernan los fenómenos valiéndose de la observación y la experimentación.

 

Si bien sus obras no le proporcionaron una posición social, le permitieron propagar sus ideas entre un grupo de sabios selectos que al final de los años ‘40 fundaron la Sociedad Positivista a la vez que convertían las ideas comtianas en objeto de un nuevo culto laico. Comte sienta las bases de una nueva ciencia a la que llamará “física-social” que será luego la Sociología. A partir de la unidad metodológica que postula, esta física-social deberá alcanzar el punto de completa cientificidad y positividad del conocimiento humano ya que intenta abarcar el logro de las ciencias naturales aplicadas a la interpretación de la política y la economía, proyecto que encontrará amplia recepción en el siglo XX. Comte encuentra un orden de jerarquía entre las distintas ciencias al encontrar dos principios ordenadores: La generalización y la complejidad donde a mayor generalización, menor complejidad y viceversa. De este modo las ciencias matemáticas son las más generales y menos complejas, le sigue la astronomía que tiene una extensión más limitada pero que supone el estudio de una propiedad: la fuerza. A ellas le sigue la física con el estudio de la luz y el calor; la química y la biología agregan más complejidades en menos objetos. Finalmente la sociología es el estudio más complejo y menos universal del conocimiento humano. Este orden no es sólo lógico sino también histórico y pedagógico ya que las matemáticas adquieren su rango positivo entre los antiguos griegos mientras que la astronomía lo consigue con Copérnico, Kepler y Galileo; la física en el siglo XVII con Huygens, Pascal, Papin y Newton; la química en el siglo XVIII con la obra de Lavoisier y la biología  en el siglo XIX con Bichat y Blainville. Con respecto a la sociología era de esperar que el propio Comte desarrollara su programa puesto que él se considera a sí mismo el Galileo de las ciencias sociales. Para Comte esta jerarquía imponía la necesidad de estudiar las ciencias en el mismo orden en que abandonaron la fase metafísica para alcanzar el estadio positivo. Desde este punto de vista la unidad de las ciencias no descansa en una reducción de lo superior a lo inferior sino a través de su dependencia recíproca y bilateral en la cual todas se presentan como fragmentos de la misma totalidad social puesto que la especie humana en su totalidad es el campo de estudio de la ciencia.

 

         El fisicalismo es citado, a menudo, como el más claro ejemplo de reduccionismo cientificista, el que consiste en la asimilación del pensamiento racional con el pensamiento científico y la posterior asimilación entre el pensamiento científico con las teorías fisico-naturales lo que conduce a una forma de dogmatismo autoinmune a la crítica. A pesar de la fuerte adhesión que gozó esta posición entre los positivistas lógicos, en la práctica científica condujo a grandes dificultades ya que la historia de las ciencias registró el fracaso, o al menos el estancamiento, del programa fisicalista o de cualquier otra forma de lenguaje unificado. El propio Rudolf Carnap, uno de los defensores del lenguaje fisicalista, efectuó una extensa autocrítica en un reportaje de 1953, publicado en Revista de Occidente, Madrid, Año VI, Nº 64, julio 1968. Allí se le pregunta si ha modificado el concepto de “fisicalismo”, seguramente en vista al auge de posiciones rivales, demoledoramente críticas (el refutacionismo de Popper y el ascenso de posiciones fuertemente críticas al positivismo),  contesta:

 

-Sí, esa temprana concepción se ha modificado en puntos esenciales. Hoy ya no diríamos ya que todas las proposiciones han de poder traducirse en el lenguaje de la física (…) Hoy lo expresaríamos en un lenguaje más amplio y flexible. (…) También se cree frecuentemente que exigimos la cuantificación de la ciencia antes de que se la reconozca como tal. Esto no es cierto. Es solamente la meta. Señalamos como ideal que una ciencia es más efectiva si puede utilizar métodos cuantitativos. Pero en cada rama científica debe investigarse hasta qué punto esto es posible y fructífero.

 

         Con respecto al principio de verificabilidad, también se derrumbó la ilusión dogmática de encontrar un criterio para distinguir entre ciencia y no ciencia. Las críticas pusieron en evidencia que este criterio excluye todas las oraciones de forma universal y, por lo tanto, todos los enunciados que expresan leyes generales, las que no pueden ser verificadas concluyentemente por un conjunto finito de datos observacionales. En el otro extremo,  el concepto es demasiado tolerante cuando permite que sea verificable la oración “S o N” en el caso en que S sea una oración verificable y N no verificable[2]. Se hicieron varios intentos para evitar estas acusaciones interpretando el criterio de verificabilidad como confirmabilidad parcial  e indirecta de las hipótesis empíricas por medio de pruebas observacionales. 

     

 

         Atendiendo a la crítica de que las ciencias sociales no utilizan métodos “verificacionistas”, podemos repasar lo que sabe cualquier alumno del CBC que haya cursado con provecho el curso de IPC: el verificacionismo es un programa estancado, por no decir fracasado y superado por la epistemología de los últimos 60 años. Para decirlo en términos más contundentes, el verificacionismo es, para algunos, una “ruina intelectual”, ha sido tachado de concepción ingenua, excesivamente optimista, acrítica, dogmática, cientificista y otra cantidad de sinónimos con los que, en la jerga, se descalifica a las teorías. El ministro espera “incentivar la divulgación científica para conjurar creencias fundamentalistas que atentan contra la convivencia civilizada”. Revisar los propios prejuicios es un modo de conseguirlo.

 

El debate en

www.pagina12 .com.ar/diario/ elpais/1- 97152-2008- 01-07.html

www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-97378-2008-01-12.html

 



[1] Comte publicó en 1842 Tratado elemental de geometría analítica ,en 1844 el  Tratado filosófico sobre la astronomía popular y su  Ensayo sobre el espíritu positivo, de 1851 a 1854 su Sistema de política positiva, en 1854 el  Catecismo positivista, en 1856 la   Síntesis subjetiva o el sistema universal de las ideas relativas al estado normal de la humanidad

[2] Ver  Carl Hempel, “Problemas y cambios en el criterio empirista de significado”, Revue Internationale de Philosophie, vol.4, 1950 
















Cristina Ambrosini
Cristina Ambrosini