Platón y Aristóteles Cristina Ambrosini  
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Nietzsche, un apátrida en la guerra

Cristina Ambrosini

 

Friedrich NietzscheFriedrich Nietzsche, el filósofo errante, el intempestivo, el inactual, el nihilista, el inventor del superhombre, de la voluntad de poder, del eterno retorno, el portavoz de la noticia “Dios ha muerto”, es uno de los pensadores que, de un modo decisivo, influyeron  en la conformación del mundo de ideas del siglo XX. Mientras que para algunos fue un belicista, un protonazi que aportó los lemas que luego usarían para arengar a las masas figuras como Mussolini y Hitler, para otros fue un apolítico, un ciudadano del mundo, un apátrida. Lo cierto es que sus ideas acerca de la paz y la guerra, bien o mal entendidas,  influyeron, de un modo decisivo, en los grandes líderes políticos europeos de la primera mitad del siglo XX, siendo una figura de culto tanto para los fascistas como para algunos liberales, progresistas o librepensadores. Como en muchos otros casos, sus ideas acerca de la guerra están  atravesadas por la propia experiencia de la guerra.

Nacido en una pequeña ciudad rural de Prusia, en 1844, desciende tanto por parte de padre como de madre de familia de clérigos protestantes. Tras la temprana muerte del padre, vivió en Naumburg, ciudad de funcionarios piadosos y monárquicos. Al terminar una brillante carrera de bachiller, decide estudiar filología clásica en la Universidad de Leipzig. Allí su desempeño es tan destacado que a la edad de 24 años, apenas acabado su servicio militar en un batallón de artillería, es convocado para ponerse al frente de una cátedra en Basilea (Suiza). Antes de tomar este importante cargo, debía terminar su doctorado en Leipzig pero la universidad lo liberó de esta carga cuando declaró que los trabajos publicados servirían a tal efecto. De tal modo, obtuvo su diploma de doctor sin examen ni discusión alguna.

Antes de tomar posesión de su cátedra debe resolver un problema de conciencia: siendo funcionario de la ciudad de Basilea, se siente obligado a renunciar a la ciudadanía prusiana. El principal motivo de la renuncia se lo comenta por carta a un amigo diciendo “creo que voy a tener que renuncia a toda nacionalidad prusiana porque aun contando con la posibilidad de oponerme con éxito a toda llamada a filas en tiempos de paz, no estamos inmunizados contra la posibilidad fatal de una guerra, y en tal caso sería inevitablemente llamado como artillero de caballería. En tales circunstancias creo que mi deber frente a la Universidad de Basilea me dicta no hacer depender mi actividad en la misma de la guerra y de la paz”. Solicitó su expatriación a las autoridades prusianas y el 17 de abril de 1869 recibe la notificación donde se acredita que “El Gobierno Real comunica la separación de la comunidad de súbditos prusianos al catedrático de Filología, doctor Friedrich Nietzsche”. A partir de ese día, pasa a ser un “hombre sin estado”, un apátrida, ya que no tomó la ciudadanía suiza ni intentó recuperar la prusiana cuando abandonó Basilea. A partir de allí, Nietzsche paso a considerarse un desterrado voluntario, en todo caso, se siente miembro de la cultura occidental. Cuando su hermana Elisabeth Förster Nietzsche emigra al Paraguay para seguir el delirante plan de su marido, un fanático antisemita que pretende fundar en medio de la selva paraguaya un reservorio antisemita de arios puros, intenta arrastrar a Nietzsche. Ante tan disparatado proyecto, el filósofo contesta: “Puedo ser un mal alemán pero soy un buen europeo, seguro que en Paraguay no hay bibliotecas.”

Un año después de la renuncia, el 19 de julio de 1870, se declara la guerra franco-alemana. Bajo la dirección de Bismarck, Prusia se había convertido en una potencia militar que ya había probado su fuerza contra Austria. La hegemonía francesa, en manos de la deteriorada dinastía napoleónica, veía amenazada su posición y una victoria sobre Prusia habría conseguido obtener la cuota de gloria necesaria para perpetuarse en el poder. La guerra era inevitable. Cuando finalmente irrumpe la guerra, Nietzsche cambia de idea acerca de sus deberes. O porque siente renacer su patriotismo o por impulso suicida, decide ofrecerse como voluntario al ejército alemán. El 8 de agosto escribe a una autoridad de Basilea “En la situación actual de Alemania, no puede resultarle inesperada mi decisión de cumplir yo también mis deberes para con la patria”. Al mismo tiempo comunicó su decisión a Cósima Wagner, la esposa del músico, con quien mantuvo un amor platónico toda su vida, a pesar de las relaciones primero amistosas y luego declaradamente hostiles con Richard Wagner. Cósima le contesta inmediatamente: “No puedo aprobar en absoluto su decisión, cuyos motivos, sin embargo, comprendo y respeto; y no por el supuesto peligro que usted corre, sino por la inutilidad de su acción  en las presentes circunstancias. No estamos en 1813; en suelo francés hay una armada muy bien organizada y hasta ahora vencedora; de modo que todo diletante va a ser considerado más bien como una carga que como una ayuda. En este momento se deseará más bien donativos que personas y con cientos de cigarros haría usted un bien mayor que con toda su persona, su patriotismo y su sacrificio”.  A pesar del pedido de Cósima, Nietzsche se enrola como asistente de enfermería y parte al frente de batalla. Su corta experiencia de guerra se encuentra atestiguada en varias cartas, la mayoría enviadas a su admirada Cósima y otras a su madre. Vendando heridas, algunas cangrenosas, durmiendo sobre la paja entre heridos moribundos y fétidos olores a cadáver, en infectos vagones de tren, contrae disentería y difteria, razón por la cual es enviado de vuelta a casa a las pocas semanas. La división a la que pertenecía sufrió la baja de 5.500 hombres entre los que había muchos oficiales que eran sus conocidos o amigos. A pesar de lo corto de su experiencia, la intensidad fue duradera y el resultado final, una profunda decepción. Lo que vio no fue la experiencia heroica de la victoria sino suciedad, miseria y una exposición irresponsable de la vida en manos de las ambiciones políticas.

Varios años después de la experiencia de guerra, Nietzsche profetiza la irrupción de una época signada por la desgracia de la guerra. Acerca de los hombres civilizados y de las llamadas “razas nobles”, en La genealogía de la moral, escribe sobre el animal de rapiña que anida en estos hombres, que se mantiene domesticado mientras se está dentro de la propia comunidad pero que se vuelve una fiera asesina cuando se lo deja suelto en tierra extraña, en cuanto irrumpe la guerra:

 

“ Allí disfrutan la libertad de toda constricción social, en la selva se desquitan de una prolongada reclusión y encierro en la paz de la comunidad, allí retornan a la inocencia propia de la conciencia de los animales rapaces, cual monstruos que retozan, los cuales dejan acaso tras sí una serie abominable de asesinatos, incendios, violaciones y torturas con igual petulancia y con igual tranquilidad de espíritu que si lo hecho por ellos fuera una travesura estudiantil (...) resulta imposible no reconocer a la base de todas estas razas nobles a la bestia rubia que vagabundea codiciosa de botín y de victoria; de cuando en cuando esa base oculta necesita desahogarse, el animal tiene que salir de nuevo fuera, tiene que retornar a la selva”

 

Con un argumento que encontramos después en Freud, para Nietzsche la guerra es ineliminable, representa esa vía de escape donde, bajo la excusa de combatir la barbarie, la irracionalidad y el mal encarnado en el extraño, se da piedra libre al ancestro asesino que habita en nuestros impulsos primarios.

En Consideraciones intempestivas, Nietzsche profetiza acerca de las malas consecuencias que acarrearía la victoria alemana en la guerra franco-prusiana. Entre las malas consecuencias de esa victoria ubica la idea, ampliamente difundida por los intelectuales, de que Alemania merecía los laureles porque su cultura es superior cuando los factores que propiciaron la victoria no tuvieron nada que ver con la cultura. Por el contrario, habría que lamentar que la cultura haya interferido tan poco en el desarrollo de la guerra. Nietzsche advierte sobre la decadencia de una cultura que se vuelve triunfalista porque logra imponer la superioridad de la fuerza del aparato bélico. En tono completamente pesimista y enfático declara “Por amor de Dios, mirad a vuestro alrededor y sed precavidos. Otra victoria como esta y el Reich alemán subsistirá, ¡pero lo alemán como tal quedará aniquilado!”

La predicción se cumplió. Las ambiciones hegemónicas del tercer Reich y la presunción de la superioridad cultural y racial terminaron por desencadenar el peor genocidio ocurrido en el siglo XX.
















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