Platón y Aristóteles Cristina Ambrosini  
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Provócame en la calle Florida
Cristina Ambrosini

 

En un frío día del invierno de Buenos Aires, sobre la calle Florida, la gente iba y venía ensimismada, padeciendo las amenazas de la epidemia de gripe A y los trastornos de tránsito originados por dos de las tantas manifestaciones que ocurren en el microcentro porteño. Como aterrizados de otro mundo y ajenos a  cualquier otra preocupación, al ritmo de la música de Provócame de Chayanne, unas chicas ensayan una coreografía frente a la mirada de los transeúntes. Algunos se detienen y miran divertidos los movimientos, a los pocos minutos ya son varios los que se contagian y al ritmo de la música mueven el cuerpo como queriendo imitar los movimientos de los bailarines. A los pocos segundos algunos no resisten la tentación y se alinean para sumarse a la coreografía. En otra escena vemos que ya se armó el baile, Chayanne invade el aire, los cuerpos coordinan sus movimientos, las caras denotan placer, alegría y exaltación de los sentidos. Está claro que una nueva realidad suspende toda preocupación anterior, un importante número de personas de distintas edades, algunos con el uniforme de trabajo, carteras, mochilas y abrigos se esfuerzan por seguir el paso. Otros participan como espectadores siguiendo la letra de la canción y los movimientos mientras muchos otros sacan fotos o filman con sus celulares en una comunión de diversión y alegría. Un uniformado de la Policía Federal se detiene y observa todo expectante. Parece que no tiene en claro cómo actuar, si mantenerse al margen, sumarse a la fiesta o dar parte a sus superiores. ¿Qué está pasando?, parece preguntarse. ¿Será un distractivo para saquear negocios, una forma novedosa de campaña política? Donde hasta hace un rato circulaban personas desconocidas e indiferentes ahora hay una fiesta donde todos se sienten partícipes de una comunidad, de una orgía que los arrastra como un imán irresistible. Todo transcurre en minutos, la música cesa, todos aplauden, festejan el final de la fiesta y al rato todo vuelve a ser lo que era.

Así pasó según un video subido a youtube

Así lo informó TELEFE

¿Qué fue lo que pasó? Una marca de cerveza, Brahma, montó este experimento social para usarlo en una de sus propagandas. Seguros del resultado, pusieron a dos o tres bailarines a ensayar la coreografía de la canción que identifica la marca y al rato se desencadenó la reacción esperada. Experimentos de este tipo pueden verse también en youtube que se hicieron en terminales de trenes o lugares muy concurridos y como movidos por un mismo resorte las personas reaccionaron igual. La pregunta es ¿de dónde surge este impulso de participación, de comunión, que suspende todo lo instituido hasta el momento para fusionar las voluntades en un destino común que suspende (por un rato) el orden imperante, para instalar otro orden que expresa un exceso de vitalidad, de alegría y placer?

Una respuesta podría ser la de Nietzsche cuando caracteriza al “impulso dionisíaco”. Dionysos, el dios cabrío, puede ser visto como una estructura antropológica, algo que perdura a través de los siglos y que, cada tanto, encuentra la manera de expresarse, que implanta una comunión que suspende las diferencias, los compromisos y las cobardías. Dionysos permite la salida de sí, deshace las trabas institucionales. Entre los medios que cada sociedad utiliza para reinstalar el placer en medio del tedio de la vida corriente,  para hacer legal el exceso, por un rato, para suspender momentáneamente el esfuerzo constante de las instituciones para crear costumbres,  está la fiesta. Allí se presenta Dionysos que es visto como recuerdo del estar-juntos y con ello vivifica, renueva y reasegura la estabilidad de la sociedad. Las consecuencias sociológicas de esta visión nietzscheana de la vida no se hacen esperar. Según el sociólogo francés Michel Maffesoli, hay un sobrante en la vida social, un exceso y el sociólogo tiene que ver con lo ilógico, con la pasión, con lo imaginario que también estructura la actividad humana. Lo que constituye la riqueza de la vida, lo que se desborda y no puede ser atrapado conceptualmente, representa un peligro para los reduccionismos cientificistas. Nunca se insistirá bastante en la parte lúdica de la socialidad, afirma Maffesoli, ya que no puede reducirse a una finalidad estrecha, no hay un “para qué”, por el contrario, se nutre de la pasión, la incoherencia y la efervescencia. Una vida sin objetivo, marcada por lo efímero, no es por ello menos plena de intensidad. El “vivir más” (mehr lebens) que se transforma en “más que vivir” (mehr als lebens) afirma en El instante eterno. El retorno de lo trágico en las sociedades posmodernas, Buenos Aires, Paidos, 2005. En este planteo se admite que Nietzsche y su decir “sí a la vida” es una fuente de inspiración para comprender nuestro tiempo. Los objetos fetiches (cualquiera que sean: vestimenta, teléfono celular, gustos musicales) son constitutivos de las personas, en el sentido etimológico de “máscara”, en los diversos roles de la teatralidad. Estos rituales, signos de reconocimiento, constituyen los cimientos del lazo social muchos más fuertes que la moral universalista de los derechos del hombre, de la política, del contrato social. Este “lugar que hace lazo” sería el receptáculo de un destino común. En este sentido, el territorio, festivo o banal, es la metáfora del cosmos, del mundus, el mitwelt

Dentro de esta visión de la fiesta, lo dionisíaco que irrumpe esporádicamente, reaparece cada tanto como una válvula de escape, por un rato, más que para destruir el orden imperante, para aflojar la tensión, para renovar las fuerzas de cohesión. Sin prohibiciones y sin normas represivas no hay comunidad posible pero tampoco este aspecto agota el fenómeno de la socialidad. Maffesoli destaca el carácter de la “socialidad”: un ser-juntos primordial, arquetípico, que pone en escena los caracteres reputados como “frívolos”, a fin de celebrar la vida, aunque sea teatralizando la muerte, como si la fiesta supusiera un gesto de burla a la muerte a la vez que renueva los cimientos del estar-juntos. La frivolidad y la apariencia señalan la finitud y la impermanencia de todas las cosas. Llegando al reconocimiento del otro, vivo, al lado mío, sobre un territorio común, llegamos también al reconocimiento y a la aceptación del otro en mí mismo.

 

 

 

 
















Cristina Ambrosini
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