Robinson Crusoe antes y
después de Viernes. Decisiones paramétricas o
estratégicas
Cristina Ambrosini |
La figura del náufrago tiene múltiples
resonancias simbólicas en nuestra cultura. El náufrago es un
viajero que no llega a destino y debe recalar en un territorio
extraño, desconocido e inhóspito, donde los recursos de
supervivencia son puestos a pruebas cruciales y dar con
respuestas adecuadas a los problemas que se le presentan hace la
diferencia entre la vida y la muerte. Un ejemplo paradigmático
del náufrago es Robinson Crusoe, un inglés, que logra sobrevivir
veintiocho años en una remota isla tropical gracias al ingenio
con el que logra reproducir los elementos conocidos en su
cultura, apoyado espiritualmente por la lectura de La Biblia. En
1719 Daniel Defoe publica la novela Robinson Crusoe.
El título completo del libro es La vida e increíbles
aventuras de Robinson Crusoe, marinero de York; quien tras ser
el único superviviente de un barco mercante, naufragó veintiocho
años completamente solo en una isla deshabitada cerca a la
desembocadura del río Orinoco de América, y posteriormente
liberado insólitamente por piratas; escrito por él mismo.
El éxito mundial de la novela fue inmediato y el impacto sobre
las teorías de la época acerca del “estado de naturaleza” del
hombre y cómo salir de él, mayor aun. Rousseau en
Emilio considera que debería ser el primer libro
leído por un joven. Algunos siglos después Marx lo cita en
El Capital. Para muchos intérpretes,
el personaje representa los valores del colonialismo europeo
mientras que, para otros, el personaje recrea la situación de
Adán, en el paraíso, antes de la irrupción de Eva. Robinson
Crusoe logra sobrevivir porque delibera y sopesa cada una de las
situaciones a las que se ve enfrentado. No actúa por capricho o
mero impulso sino que “calcula” a largo plazo, la conveniencia
de un curso de acción u otro. En definitiva, son sus capacidades
racionales, las capacidades simbólicas adquiridas en su cultura,
las que le permiten la supervivencia
En la tradición filosófica occidental partimos
de la concepción del hombre como un ser racional capaz de
discernir y elegir entre lo bueno, lo malo, lo que le conviene o
no le conviene. La caracterización artistotélica del hombre como
“animal racional” (zoon logos)
impregna nuestras creencias acerca de la toma de decisiones y
nos inclina a considerar la conducta adaptativa como conducta
racional. El tema es ver si hay distintos modos de modelizar la
racionalidad, si lo que merece ser calificado como “conducta
racional” en unos casos es “irracional” en otras. Para ello,
vamos a caracterizar lo que se distingue como “razón
paramétrica” distinta a la “razón estratégica” considerando la
conducta de Robinson Crusoe antes y después de la aparición de
Viernes.
Los conceptos de “razón paramétrica” y razón
estratégica” pertenecen a la Teoría de los Juegos, identificada
inicialmente con John von Neuman y Oskar Morgenstern. Al calor
del Positivismo de la primera mitad del siglo XX y de la idea de
enunciar una física social para caracterizar los comportamientos
humanos, la Teoría de los juegos, aporta herramientas
conceptuales para dilucidar el complejo tema de la toma de
decisiones. Esta teoría tuvo sus inicios en la década del ´20,
cuando el matemático Emile Borel esbozó algunas ideas que ahora
forman parte de la misma. El 7 de diciembre de 1926 John von
Neumann dio una conferencia en la Sociedad Matemática de Gotinga
en la que demostró el Teorema principal de la teoría
de los juegos, pero recién en 1944 apareció
Theory of Games and Economic Behavior
que escribió junto con Oskar Morgenstern, donde se destaca el
amplio campo de aplicación de la teoría. En 1940, von Neumann se
conecta en Princeton con Morgenstern quien había llegado a
América con un enfoque lógico-empirista de las ciencias
sociales. Esta epistemología era resultado del contacto con los
miembros del Círculo de Viena. De allí el interés por encontrar
una teoría de base matemática
En las décadas que siguieron a la publicación
de Theory of Games, la teoría ha
mejorado los planteos matemáticos que le sirvieron de base y ha
ampliado considerablemente el campo de aplicación desde la
resolución de problemas económicos hasta la planificación de
estrategias de guerra o la selección de animales para el
mejoramiento de una raza.
En la teoría de los juegos de estrategia de
von Neuman y Morgenstern, se admite que los agentes decisores no
están enfrentados a parámetros fijos sino a otros agentes tan
racionales como ellos mismos, con capacidad de conducta
estratégica. La racionalidad paramétrica, en cambio, es un caso
de conducta racional donde, al momento de tomar una decisión, se
supone un medio formado por (a) objetos naturales gobernados por
leyes causales y (b) por otros agentes menos sofisticados que él
o que representan constantes descartables dentro de su análisis
mientras que se considera a sí mismo como la única variable a
tener en cuenta. En estos casos, el agente se considera a sí
mismo una variable independiente en su proceso de decisión.
A diferencia del modelo paramétrico, supuesto
en toma de decisiones guiadas por principios, la racionalidad
estratégica se define mediante un axioma de simetría: el agente
actúa en un medio donde encuentra otros agentes, ninguno de los
cuales puede suponer menos sofisticado que él mismo. La teoría
de los juegos de estrategia de von Neuman y Morgenstern, amplía
el concepto de racionalidad de un modo decisivo, permiten
ampliar la teoría a aquellas situaciones en que los agentes no
actúan sobre parámetros inertes sino junto a otros actores tan
capacitados como él para planear estrategias no controlables por
otros. Según Gutierrez (GUTIERREZ, Gilberto, Ética y
decisión racional, Madrid, Síntesis, 2000, p.109)
Robinson Crusoe, recién llegado a la isla, es el arquetipo de la
conducta paramétrica pero no es el caso de alguien que debe
comenzar en solitario a estructurar un mundo, no es el caso de
Adán, ni el de la ficción de un hombre en estado de naturaleza
ya que él tiene un mundo de reglas y normas de conducta ya
adquiridas, tiene un lenguaje adquirido en un complejo proceso
de socialización.
A pesar de contar con un bagaje de conductas
aprendidas que le permitirían la interacción social, el entorno
en el que se encuentra Robinson es ajeno a estas normas. Lo
rodean, junto a las plantas, la arena, el mar y las condiciones
meteorológicas, algunos animales capaces de interactuar
estratégicamente pero de modo muy elemental. Robinson Crusoe
puede ser visto como “Un optimizador que toma las decisiones que
le permiten extraer la máxima utilidad de las oportunidades que
le brinda un entorno dado con el que ha de contar como variable
independiente”. En su juego contra la naturaleza trata de sacar
el mejor partido con las cartas que le han tocado en suerte,
dice Gutierrez. La conducta racional, en este caso, se
identifica con elegir el mejor curso de acción teniéndose a sí
mismo como única variable a tener en cuenta y con el cual
interactuar. Esta situación se altera radicalmente con la
aparición de Viernes, un nativo de la isla al que adopta como
propio y con el cual acepta convivir. Lo que antes era una
“conducta racional”, era “prudente” y “optimizador” ya no lo es.
La presencia de Viernes obliga a Robinson, por propio interés, a
considerar las preferencias del otro jugador con el cual
interactuar. Ahora su conducta es interdependiente. Aun cuando
el modo de interacción sea precario (en principio no comparten
el lenguaje ni las expectativas acerca del curso de los
acontecimientos), se impone la necesidad de coordinar acciones o
al menos de tomar en cuenta los posibles cursos de acción del
otro. Ahora Robinson debe considerar ciertas restricciones que
no se limtan, como antes, al cálculo de interés meramente
individual ya que la conducta de Viernes puede ser tanto
cooperativa como competitiva según que tan cooperativa o
competitiva sea la suya. En el caso de la novela, Robinson y
Viernes optan por un juego estratégico cooperativo que les
permite producir bienes materiales e inmateriales (la amistad,
por ejemplo) que mejoran las perspectivas de supervivencia y la
calidad de vida de ambos.
Tanto la conducta paramétrica como la
estratégica son “racionales” en el sentido en que persiguen la
“maximización”. La teoría de los juegos se sustenta sobre la
suposición de que los participantes logran una mayor utilidad si
toman decisiones racionales, es decir, decisiones meditadas y
reflexivas, calculadas, en lugar de dejarse llevar por un súbito
arrebato. La irracionalidad se identifica con un desordenado e
incoherente sistema de valores, con errores de cálculo o de
información. También la irracionalidad se relaciona con el
modelo de conducta racional que se adopte en cada caso. Robinson
Crusoe expresa, en su conducta, un modo superior de la
racionalidad ya que sabe adaptarse a los cambios del entorno y
ajustar sus escalas de preferencias según el modelo de toma de
decisión que sea la más adaptativa y ventajosa.
De todos modos no siempre es fácil dilucidar
si es más ventajosa la conducta paramétrica o estratégica. Son
múltiples los ejemplos de casos donde la racionalidad de la
acción individual conduce al fracaso de la acción colectiva
puesto que la toma de decisión unilateral, en casos de
conflictos de interacción, puede conducir rápidamente al fracaso
social.
Entre los modelos de toma de decisión racional
también tenemos la posición adoptada por Kant que se asimila
mejor al caso de la razón paramétrica. La ley moral kantiana,
supone elevar a máxima universal el principio de la acción y
postula que alguien haga X, si X beneficia a todos, pero, en
ocasiones, tal curso de acción puede ser autodestructivo. La
toma de decisión unilateral, en casos de conflictos de
interacción, puede servir de ejemplo: una política de desarme
beneficiaría a todos (si todos la practican) aunque el desarme
de uno solo de los contendientes puede conducirlo a la
inmolación inútil. Frente a las limitaciones de la racionalidad
estratégica, para justificar la adopción de conductas
altruistas, descubrimos los méritos de la racionalidad
paramétrica, que es la que utiliza un actor cuando decide actuar
tomándose a sí mismo como única variable, es decir, sin recurrir
a ningún tipo de cálculo acerca de la conducta de los demás o de
los resultados de la acción. Un altruista paramétricamente
racional (como es el caso de la vertiente kantiana) presentaría
el siguiente orden de preferencia:
1) yo soy altruista, independientemente de los
demás, 2) todos somos altruistas, 3) todos somos egoístas, 4) yo
soy egoísta y el resto es altruista.
En una comunidad de individuos que adoptasen
esta escala de preferencias (ser incondicionalmente altruistas,
independientemente de lo que hagan los demás y de las
consecuencias de la acción, donde lo que más se detesta es sacar
provecho de los demás), no se necesita autoridad, ni liderazgo
ni Estado. Al parecer, no es el caso de la sociedad civil donde
se impone la necesidad de legislación penal para obligar a la
acción cooperativa o al menos moderadamente egoísta. A pesar de
los bajos incentivos para la conducta que impone esta escala de
preferencias, hay gente que es incondicionalmente altruísta, que
cumple las promesas y actúa según principios. Aunque peligroso
es un tipo de respuesta racional porque resulta maximizadora
aunque no siempre en el sentido del cálculo de intereses.
La conducta paramétrica puede parecer
“irracional” y así es como se la considera en los modelos de
interacción estratégica. Actuar unilateralmente, a espaldas de
las consecuencias de la acción y sin recurrir a cálculos de
utilidades, implica asumir mayores riesgos y mirar de frente la
incertidumbre. A despecho de esta característica, si pensamos en
ejemplos concretos, vamos a encontrar que las grandes
decisiones, aquellas que modelan nuestras vidas, se parecen más
a un “salto al vacío” que a la fría evaluación de argumentos
calculatorios. Como Robinson Crusoe, frente a las grandes
decisiones, estamos solos.
Cristina Ambrosini
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