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Entre Salta y Jujuy: Stendhal, Arjona y la teoría de la
cristalización en el amor
Cristina Ambrosini
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“En
las minas de sal de Salzburgo echamos en las profundidades abandonadas
una rama de árbol deshojada y dos o tres meses después la hallaremos
recubierta de cristalizaciones brillantes. Las más pequeñas ramas,
aquellas que no son más gruesas que las patas de un pájaro, estarán
guarnecidas por una infinidad de diamantes deslumbradores y no podremos
reconocer la rama primitiva.
Lo que yo llamo cristalización, es la operación de nuestro espíritu que
encuentra en el objeto amado cada día nuevas perfecciones. (…) este
fenómeno que yo llamo cristalización tiene su origen en la naturaleza,
que nos ordena gozar y que nos envía sangre al cerebro para que los
placeres aumenten con la perfección del objeto amado.” (Sthendal,
Del Amor,
1822)
En un reciente viaje al noroeste argentino, en un paraje cercano a San
Antonio de los Cobres, en medio de la desolada puna jujeña, conocimos
las Salinas Grandes que son enormes llanuras de sal. Allí, al costado
del camino, antes de pisar las salinas, el viajero encuentra un artesano
que vende unas especies de arbolitos blancos de cristalitos brillantes
de sal. En una realización
de la teoría de Stendhal acerca del amor-pasión, el turista puede
adquirir por apenas dos pesos, una humilde ramita transmutada en objeto
vistoso y decorativo que, con sus mil facetas como espejos, deslumbra a
la luz del sol. Cómo evitar la inspiración de la resplandeciente ramita,
compañera ahora de
Los libros de Alicia en
versión de Eduardo Stilman con prólogo de Borges, en un estante de
biblioteca, para repasar la teoría de la cristalización de
Stendhal y evaluar algunas de las críticas que recibió.
El Siglo XVIII es conocido como El siglo de las Luces ya que luego de la
larga noche de dominación de la teología sobre la filosofía, La Razón
recupera su trono. La resignificación de los poderes de la razón
requiere también una reubicación del oscuro mundo de las pasiones.
Marie Henri Beyle,
más conocido como
Stendhal Grenoble,
Francia,
1783 -
París,
1842), heredero de su época, es uno de los más lúcidos
sucesores de Descartes, en este sentido. Siguiendo los pasos del método
cartesiano, con la precisión de un cirujano, separa y clasifica para
analizar cada una de las facetas de las pasiones humanas. Abiertamente
republicano, admirador incondicional de Napoleón, ejerció
diversos cargos oficiales y participó en las campañas imperiales. En
1814, a la caída del corso, se exilió en Italia, fijó su residencia en
Milán y efectuó varios viajes por la península italiana. Publicó sus
primeros libros de crítica de arte bajo el seudónimo de L. A. C. Bombet,
y en 1817 apareció
Roma,
Nápoles y
Florencia, un ensayo más original, donde mezcla la
crítica con recuerdos personales, en el que utilizó por primera vez el
seudónimo de Stendhal. Se instaló de nuevo en París cuando terminó la
persecución de los partidarios de Napoleón. Dandy afamado, frecuentaba
los salones de manera asidua, mientras sobrevivía con los ingresos que
le procuraban sus colaboraciones en algunas revistas literarias
inglesas. En 1830 apareció su primera obra maestra:
Rojo y negro, una crónica
analítica de la sociedad francesa en la
Restauración, en la que Stendhal representó las ambiciones e
hipocresías de su época.
Como moralista denunció en su literatura las contradicciones emergentes
del choque entre el Antiguo y el Nuevo Régimen.
La cristalización es un viaje de ida, no te subas
En 1822 Stendhal publicó
Sobre el amor,
ensayo basado en buena parte en sus propias experiencias y en el que
expresaba ideas avanzadas; destaca su teoría de la cristalización. En el
capítulo II analiza
El nacimiento del amor
donde distingue, con exactitud matemática, 7 estadíos:
1)
La admiración
2)
El pensamiento: “nos decimos “¡Qué placer besar y ser besado!”
3)
La esperanza: la creencia de que la persona amada puede amarnos
4)
El amor ha nacido de esta conjunción de admiración, pensamiento y
esperanza
5)
La primera cristalización comienza. Allí comienzo el proceso de recargar
al objeto amado de nuevas perfecciones. A despecho de la realidad, la
ilusión hace su trabajo. Pero, el alma se cansa de todo lo que es
uniforme, aún cuando se trate de la dicha perfecta. Sobreviene entonces
el estadio siguiente
6)
La duda
7)
La segunda cristalización
“El amor es como la fiebre: nace y se acaba sin que intervenga la
voluntad” nos recuerda en el capítulo V. De modo más lapidario confirma
en el capítulo VII “Desde el momento que ama, el hombre más sabio no ve
ninguna cosa tal como es. Exagera por los menos sus propias ventajas y
más aún los menores favores del objeto amado”. La víctima se ve sometida
a un continuo de temores y esperanzas. Aparecen signos aterradores de
que se pierde la cabeza: se pierde el sentido de la probabilidad y un
objeto imaginado es un objeto existente. Las desgracias, la
incertidumbre, consolidan la cristalización. Para justificar su teoría
Stendhal recurre también a las matemáticas, en el ejemplo del capítulo
XVII: Suponiendo que la belleza perfecta da una cantidad de dicha
expresada por la cifra 4 (cuatro), un hombre contempla en el palco de un
teatro a una mujer bella que promete 3 (tres) pero la descarta a favor
de su amada, una adorable pecosa de viruela que, siendo más fea, promete
una cifra infinita de dicha ya que cada una de sus imperfecciones son
objetos de admiración y contemplación extasiada. Otro de los efectos
evidentes de la cristalización es la aparición de la cobardía. Es
notoria la falta de valor en los primeros intentos por dirigirse a la
persona amada: se dicen una porción de cosas sin sentido, o se dice lo
contrario de lo que se esperaba poder decir, o se cae en actitudes
ridículas. La cobardía es un subproducto de la ansiedad. Nada más
torturante que la espera: es una hazaña si el infortunado puede estar
diez minutos sin consultar el reloj cuando espera la presencia de su
amada. Se carece del aplomo y la libertad para decir cosas
extremadamente simples, el alma tierna debe resignarse a esperar su
triunfo de la caridad del otro, dice Stendhal.
Otro fenómeno concurrente son
los celos que consisten en la sobreestimación de las posibilidades de un
rival para quedarse con la persona amada.
¿Es reversible el proceso? ¿Hay remedio una vez ocurrida la
cristalización? La respuesta de Stendhal es desalentadora “el remedio
absoluto para el amor, no existe”. (cap.XXXIX) pero es conveniente
seguir algunos preceptos:
1)
El amigo que quiera procurar la curación de un enfermo, no debe
mostrarse enemigo de la persona amada. Esto equivale a atacar con
fuerzas desiguales al subestimar el efecto de la cristalización que
embellece y perfecciona ante cada adversidad.
2)
Hablar hasta el cansancio de la persona amada. No hablar de ingratitud
ni de infidelidades, eso no hace más que recrudecer la cristalización.
3)
Descartar el viaje solitario, solamente favorece la cristalización
4)
El amigo curandero debe propiciar el recuerdo de pequeños momentos,
aburrirlo con lugares comunes “aparecer tierno y sentimental en una
comida regada con buenos vinos.”
El amor no se cura más que en los primeros momentos de la
cristalización, luego “todo es signo de amor”, sentencia Stendhal.
Para José Ortega y Gassett en
Amor en Stendhal
(1927), la teoría de la cristalización es “una superlativa falsedad”
ya que deja a sus espaldas el reconocimiento de que el amor es “impulso
hacia lo perfecto” para preocuparse más por el fracaso del amor, la
desilusión de fallidos entusiasmos que están presentes en muchos otros
fenómenos. En verdad, reconoce Ortega y Gasset, que la teoría no es
falsa, es superficial, es una obviedad, se mantiene en el plano de la
Psicología. En todo caso, la teoría de Platón muerde en el nervio del
asunto al admitir que “el amor es un anhelo de engendrar en la belleza”.
Con todo, el planteo es más pesimista puesto que para Ortega y Gasset,
el enamoramiento, a diferencia de la cristalización que supone un
enriquecimiento y acumulación de la imaginación, es un estado de
miseria, de angostura
mental, de angina psíquica, de imbecilidad transitoria que cuando ocurre
“estamos perdidos”. En los primeros días aún se puede luchar, luego no
está en nuestras manos detener el proceso. Como afirma Montaigne “Todo
al nacer es débil y tierno. Por ello, hemos de tener los ojos abiertos
en los comienzos, pues así como entonces, por su pequeñez, no
descubrimos el peligro, cuando ha crecido ya no hallamos el remedio”.
Las diferencias no son tantas. Para Stendhal el amor es peor que ciego,
es visionario, suplanta la realidad por una construcción ficticia pero
placentera. De modo más desolador Ortega y Gasset compara el estado de
enamoramiento al trance místico, al éxtasis y al hipnotismo donde
siempre aparece el sufrimiento.
Por la misma época, en nuestro país, el médico, filósofo y político José
Ingenieros (Palermo, Italia, 1877- Buenos Aires,1925) amplía la teoría
de la cristalización de Stendhal.
En
Tratado del amor pasa
revista a las teorías de los grandes maestros en el tema. Desde Platón a
Schopenhauer y desde Ovidio a Stendhal revisa los aspectos nobles y
crueles de este fenómeno misterioso. “No se ama como se quiere sino que
se ama como se puede”, de allí que algunos aman para su felicidad y
otros para su desdicha. Con pulcritud científica, sin restar mérito a la
teoría de la cristalización, Ingenieros introduce algunas variables. El
proceso difiere según se trata de “el flechazo”, “la intoxicación” o “la
intimidad sentimental”. En el
flechazo no existe la duda ni la segunda cristalización.
La intoxicación corresponde
a lo que serían las consecuencias de la duda y la segunda cristalización
y es propia en las personas prudentes, apáticas, calculadoras, de edad
ya avanzada o que han sufrido desilusiones dolorosas donde en ellas la
esperanza tiene que superar la duda. Este es el modo de amar del que se
resiste hasta que la cristalización se apodera, intoxica de modo lento y
seguro como lo hace la morfina. Uno se atrinchera sólo cuando el enemigo
aparece todopoderoso, tantas defensas, tantos prejuicios son prueba de
amor. La intimidad sentimental
debe distinguirse de la amistad pero le es muy cercana. Para ilustrar la
diferencia, Ingenieros cita a dos baluartes en el tema. Séneca afirma
“el amor es la locura de la amistad” y Lord Byron refuerza la idea al
afirmar “la amistad es un amor sin alas”. La vista y el tacto son los
grandes enemigos de la amistad, los tonos de voz pueden despertar a Eros
dormido, poetiza Ingenieros y transmutar un sentimiento en otro. La
intimidad sentimental es siempre un puente hacia el amor, es una
pendiente, siempre puede burlar las intenciones más castas, la ilusión
quimérica de mantener indefinidamente el platonismo de la primera hora,
concluye Ingenieros.
En los estudios sobre racionalidad e irracionalidad de estos últimos
años, el filósofo noruego Jon Elster recurre a Stendhal para ilustrar
sus conceptos. En
Alquimias de la mente
(2002), dedica un capítulo al novelista francés para revisar la
teoría de la cristalización y traducirla a la jerga filosófica en boga.
Desde su punto de vista, gran parte de la obra de Stendhal es producto
del desdichado y fracasado amor por Matilde Dembowsky a quien persiguió
durante años en un cortejo que puede haber resultado contraproducente.
Este desgraciado suceso parece ser el centro oculto de sus novelas
donde, por representación literaria, obtiene lo que no obtuvo en la
realidad, adornando su infortunio con las historias de sus personajes.
Los finales trágicos de sus novelas explicarían por qué nunca pudo
consumar su propia historia lo que otorgaría una satisfacción vicaria.
Según Elster, Stendhal nos ofrece “una teoría cognitiva del amor” que
confirma una idea parcialmente reconocida “en el desarrollo del amor
existe un punto de no retorno, cuando es necesario un reconocimiento del
mismo para cortarlo de raiz”. No es raro que un fenómeno tan opaco
propicie múltiples casos de autoengaño cuando se evade esta premisa con
resultados contraproducentes que consolidan aquello que quieren
eliminar. La cristalización constituye una variación en la formación de
creencias irracionales que induce a una creencia exagerada de perfección
y belleza en otra persona. La cristalización es una enfermedad difícil
de curar.
La
relación oscilante entre orgullo y vergüenza, atracción y rechazo de
Julián y Matilde en
Rojo y Negro responde
paso a paso, con la precisión de un reloj newtoneano a la teoría de la
cristalización: uno ama más
cuando el otro ama menos. Reconoce Elster que el amor, ese que nos
mantiene despiertos en las noches, se nutre en presencia de la
incertidumbre de tal modo que se extingue con la desaparición del miedo
y de las dudas. Allí advertimos su carácter paradójico “el amor no puede
sobrevivir a la certidumbre de que la otra persona sí nos ama.” Elster
confirma una intuición reconocida:
el amor es un fenómeno devorador que crece en la incertidumbre, la duda
y la esperanza. En su forma más elevada es inexpresable y de
cumplimiento imposible.
Con cierto valor poético, Ricardo Arjona saca jugo de esta idea según la
cual la incertidumbre, la inseguridad es el combustible del amor y ya
con esta letra damos por concluido este recorrido incompleto por la
teoría de la cristalización de Stendhal.
Dime Que No
Ricardo Arjona
Si me dices que sí, piénsalo dos veces, puede que te convenga decirme
que no.
Si me dices que no puede que te equivoques, yo me daré a la tarea de que
me digas que sí.
Si me dices que sí dejaré de soñar y me volveré un idiota,
mejor dime que no y dame ese sí, como un cuenta gotas.
Dime que no pensando en un sí y déjame lo otro a mí,
que si se me pone fácil el amor se hace frágil y uno para de soñar.
Dime que no y deja la puerta abierta.
Dime que no y me tendrás pensando todo el día en ti, planeando la
estrategia para un sí.
Dime que no y lánzame un sí camuflajeado, clávame una duda y me quedaré
a tu lado.
Si me dices que sí se fugará lo incierto y esa cosquilla en la panza
cuando estás por venir.
Si me dices que no seguiré conquistando, descubriéndote cosas que ni tú
te conoces.
Dime que no y me tendrás pensando todo el día en ti, planeando la
estrategia para un sí.
Dime que no y lánzame un sí camuflajeado, clávame una duda y me quedaré
a tu lado.
Siempre lo fácil me duró tan poco y no lo niego, me divertí.
Pero la soledad me ha vuelto loco, porque el amor nunca ha pasado por
aquí.
Dime que no y me tendrás pensando todo el día en ti, planeando la
estrategia para un sí.
Dime que no y lánzame un sí camuflajeado, clávame una duda y me quedaré
a tu lado...
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Cristina Ambrosini |