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Desde
la época en que el hombre primitivo inventó artefactos para
navegar, el mar ha sido un puente, el lugar de conexión, de
comunicación, de diálogo.
La navegación expresa el deseo de libertad
cuando convoca el esquema de la fuga,
esquema que posee raíces arcaicas y surge en momentos
específicos. La metáfora del viaje expone la
resistencia del hombre a confinarse en un solo domicilio, en un
único nombre, en una única identidad.
El mar está también identificado con el riesgo de enfrentarse a
lo desconocido, de allí que el navegante se asimile al
aventurero, al héroe capaz de vencer todos los obstáculos y
sortear todos los peligros. En este sentido, Ulises (Odiseo) es
la figura paradigmática, dentro de nuestra literatura.
Como afirma Nietzsche, los viajes son procesos de
descubrimiento, básicamente de autodescubrimiento. El viaje es
una experiencia de tránsito, de transición, es un pasaje del que
nunca se vuelve tal como se partió. Todo viaje es una aventura,
una incursión en lo desconocido, en lo distinto, en lo que
desafía nuestros hábitos y nuestras creencias más estables.
La navegación por internet expresa una
nueva modalidad del viaje que, en los últimos años, es objeto de
estudio. Actualmente, asistimos a una resignificación de
conceptos claves para repensar el tipo de vínculo social que
propician las nuevas tecnologías cuando provocan alteraciones y
cambios de hábitos todavía no terminados de evaluar. Así, el
concepto de “hospitalidad” resulta cuestionado junto con
conceptos claves como los de amor y amistad. Las relaciones
sociales, los vínculos comunitarios, son interpelados al entrar
en crisis y resultar desmentidas sus formas canónicas.
En las
figuras del navegante, del otro, del extranjero, del exiliado,
del migrante, se destaca la falta de casa, de seguridad, de
propiedad, de posesión, de fundamento. En el
caso de Jacques Derrida, bajo la inspiración de Emmanuel
Levinas,
piensa la
alteridad más allá de toda reducción apropiadora, destaca el
carácter “fantasmático” del otro que invade sin permiso, aparece
y desaparece en su tránsito sin poder ser nunca reducido ni
fijado. Según Massimo Cacciari[i]
para los antiguos pueblos mediterráneos, la hospitalidad es un
proceso dialéctico que no da lugar a la asimilación del
hostis (el que necesita ser hospedado) o del xénos
(extranjero) justamente porque es sagrado en su otra identidad e
individualidad respecto a la del huésped. El huésped y el que
hospeda no son dos personajes distintos sino dos estados dentro
de la dinámica del viajar que los incluye a ambos y se los
caracterizan como dos naves, siempre prontas a partir. Tal
modo de concebir al otro no podría subsistir si no es en
peligro, ya que los amigos son naves, constantemente
impulsadas lejos la una de la otra. Y justo entonces se amarían
máximamente: en su distinguirse, en el ver y reconocer cada una
la singular vía de la otra, afirma Cacciari.
El libro de Diana
Sahovaller El sujeto escondido en la realidad virtual. De
la represión del deseo a la pornografía del goce
representa, en este marco de debates y preocupaciones, un
decisivo aporte a la dilucidación de las mutaciones y
alteraciones en la constitución de la subjetividad que propicia
el uso de internet. Para Diana, el “estar conectado” puede
adquirir un efecto de restauración para un yo que falla en
hallar sostén en una realidad que le ofrece pocas seguridades.
Con un impacto que quizás no imaginaron los inventores de
internet, primeramente diseñada para usos militares, el navegar
por la web, entrar y salir de determinados sitios, los diversos
vínculos que se establecen por medio del e-mail, del chat (con o
sin videos), han dado lugar a una actividad considerada “lúdica”
ya que los caracteres del juego, cargados de provisoriedad, de
“como sí”, impregnan esta nueva realidad. El espacio virtual
parece una suerte de versión aggiornada del transicional
propuesto por Winnicott (p.65) Lo que antes quedaba reservado
para la magia o la alucinación, ahora se patentiza a través de
los estímulos de la pantalla. Aunque tenemos los recursos para
discriminar ficción de realidad, el brillo de la pantalla, su
organización, su completitud, nos atrapa, nos “metemos” en ella
para participar de una realidad virtual, construida con una
extraña mezcla de bits y realidad psíquica, nos dice la autora.
La idea de virtualidad no es nueva, la vemos ingresar en el
psicoanálisis en la postulación de una realidad psíquica cuyas
marcas provocan efectos de realidad. El “llamado a la realidad”,
de los padres instando al hijo a abandonar la computadora, de
los hijos esperando su turno para usar la máquina, del cónyuge
irritado o del empleador que amenaza con la desconexión y el
despido, genera una violencia equiparable a la ruptura de un
retrato, a la interrupción de un vínculo que otorga identidad.
La curiosidad que suscita el “abrir” el correo electrónico, como
una caja de Pandora, trasunta la fantasía de que alguno de esos
mensajes contendrá la clave que permita, por fin, restituir lo
que falta, que nos reivindique de postergaciones y
padecimientos, que nos diga quién es el otro y qué somos
para él.
El ciberespacio se ha
convertido en un lugar privilegiado para encuentros amistosos y
amorosos. La urgencia por conectarse y la fascinación que
provoca tienen su razón: generan erotismo. Estas relaciones
parecen advertir sobre la necesidad de mantener al otro en las
sombras. Como impuso Eros a Psiqué, se trata de no iluminarlo,
de no descorrer el velo si se quiere conservar el vínculo
(p.24). La distancia tranquiliza y habilita a crecer en
las sombras. Nada más limpio que el sexo virtual, afirma la
autora, no confronta con la “castración” de la realidad. “La
conexión a distancia puede significar el vencimiento de un
obstáculo, un juego enriquecedor o una versión de la respuesta
fóbica que anuda el deseo a su prevención. De todos modos, la
entrega amorosa se produce efectivamente, genera efectos y tiene
el valor de experiencia en sí misma” (p.27) A pesar de la
imposibilidad de capturar a un ser evanescente, que se desliza,
que aparece y desaparece, se espera que el otro transforme la
dimensión silenciosa del inconsciente y lo haga hablar. Los
medios cambian pero persiste la ilusión erótica que, en un
medio inesperado, facilita el romanticismo y hace factible la
oportunidad de “jugarse” a una aventura amorosa, afirma la
autora, donde aparece el dilema frente a la realización o no de
la “prueba en la realidad” que podría develar el misterio y
romper el encanto del juego dándolo por terminado. Como se
afirma comúnmente, es la situación imposible de tener que
decidir entre comerse la torta o conservarla. . El resultado es
que los amores virtuales suelen ser más corteses que carnales.
La autora cita a Bauman en Amor líquido, donde se
afirma que la ubicuidad de la proximidad virtual, disponible
gracias a la red electrónica, vuelca la balanza a favor de la
lejanía, la distancia y la imaginación. La realidad virtual
rehabilita el intercambio epistolar, romántico y platónico, que
reinstala los ideales del amor cortés, alimentado por la
separación, el sufrimiento y la pasión. El amor cortés, propio
de la premodernidad, correspondió a la época en que el amor
estaba desterrado de los vínculos institucionales. La
desconfianza y las precauciones hacia las malas consecuencias de
eros parecen propias de todos los tiempos y, de hecho,
en la Europa premoderna, la mayor parte de los matrimonios se
realizaban por contrato, no sobre la base del amor ni de la
atracción sexual, por considerar a éstos un fundamento demasiado
endeble sobre el que construir una institución fundamental para
el sostenimiento del orden social. Excluido del vínculo
matrimonial, el amor quedó asociado al disfrute de los placeres
mundanos. Luego de Platón, para quien eros es un
don de los dioses, los filósofos han denunciado los peligros de
un vínculo que representa uno de los casos de la locura[ii].
Para ellos, el amor puede ser un mal socio de la comunidad
ya que rehuye tanto la guía de un principio como el mandamiento
de un deber, pervierte el orden, desencadena la guerra, lleva el
odio consigo, exagera Kant, por ejemplo. La literatura nos
muestra la cara trágica de eros, demasiado amor
separa, interrumpe. Si bien eros aparece como una fuerza
de cohesión, fusionante, el exceso de atracción, la falta de
límites, provoca la ruptura. Por el contrario, la amistad hace
fuerte a las ciudades, dice Aristóteles. Lo que parecen decirnos
estos autores es que mientras la amistad es un vínculo exigente
e improbable, dada la mediación de la distancia y el respeto; el
amor es imposible. Ahondando en los contrastes, luego de Kant,
Schopenhauer, más que cualquier otro, destaca la influencia
perturbadora del amor aunque reconoce que es el más poderoso y
activo de todos los resortes. Como vemos, ya desde los griegos,
los poderes de eros han sido denunciados,
desmistificados, perseguidos y conjurados para ser disfrutados
fuera de las instituciones civiles.
Recordemos que los juegos del amor cortesano se
divulgaron de modo creciente durante el siglo XII, los
caballeros comenzaron a erotizarse al salir más a menudo de sus
armaduras de guerreros para civilizarse y refinar sus modales y,
en este proceso, las mujeres avanzaron poco a poco a un primer
plano. La caballería, en su mayor parte, presuponía el celibato.
Si la corte fue el lugar del deseo, la domina
representa el premio mayor, si no de poseerla, al menos de
destacarse y brillar ante ella. El amor cortés
es el adulterio: Abelardo y Heloísa, Tristán e Isolda, Guenièvre
y Lancelot. Leyendo los relatos medievales, aparecen los
relatos del amor cortés, el que puede ser
visto como un juego de hombres, un juego formativo, una
competencia, donde un hombre, generalmente joven, asedia a
una mujer casada, en consecuencia inaccesible, prohibida por las
más estrictas reglas sociales: las que protegen los patrimonios
y los linajes. Al igual que en los torneos, el joven arriesga su
vida para perfeccionar las virtudes viriles, para aumentar su
valor, para probar su capacidad, para desarmar, derribar y
finalmente vencer al adversario, donde la mujer es sólo un
señuelo. El senior, el jefe de la casa, acepta
poner a su esposa en el centro de la competencia, en una
situación lúdica de primacía del poder y de jerarquía social
puesto que sólo los caballeros podrán participar de este juego
cortesano del que están excluidos tanto los sacerdotes como los
plebeyos o los burgueses. En última instancia, según la
interpretación de los historiadores, los juegos del fine
amour, excitado por las historias y relatos que
circulaban en las cortes principescas, fomentaban la
amistat, como decían los trovadores, la tan exaltada
amicitia, promovida desde la tradición estoica y
epicúrea, elogiada en los escritos de Cicerón y rescatada por la
vuelta al humanismo clásico en el Renacimiento. Acaso, en este
triángulo, la mujer no fuera más que un intermediario, la
mediadora entre el señor y el caballero para reforzar los lazos
de la moral cortesana al disciplinar el deseo masculino dentro
de un orden político.
A tono con los grandes cambios sociales
–políticos, económicos, tecnológicos- el amor y la amistad
aparecen bajo distintas configuraciones en la cultura occidental
y permiten vislumbrar las características de cada época. Repasar
esta historia puede ayudar a reconocer algunos rasgos de nuestra
condición actual y, si no reparar, al menos entender algunos
rasgos angustiantes de nuestra época. Para la autora,
internet parece constituir un “recuperado territorio de la
aventura”, permite “barajar y dar de nuevo”, aunque no siempre
preserva la capacidad de desconexión (p.41) y genera formas
nuevas de adicciones. El parágrafo “Adicciones: conexión y
desconexión”explora esta posibilidad donde el “hambre de
estímulos” no termina de satisfacerse aunque todo el tiempo
estemos pendientes de lo que nos dicen las pantallas y la sobre
estimulación es un modo de tapar los conflictos. El hecho de
permanecer varias horas en internet no necesariamente indica una
conducta adicta, nos informa la autora. La nota característica
de la adicción sería cuando la falta de conexión virtual genera
un desborde de angustia, un sentimiento de falta de sentido, un
vacío de significación imposible de sustituir. “El que se
conecta compulsivamente cree que “se está dando un gusto”, sin
darse cuenta de que no puede dejar de hacerlo, que está sometido
a un mandato de modo sintomático” (p.43)
Según nos dice la autora, actualmente
asistimos a la emergencia de un ciberromanticismo en el que se
prefiere al ser imposible y lejano pero que reinstala un modo de
vínculo perdido, pasado de moda, olvidado por las nuevas
generaciones. Con una acertada metáfora, Diana ilustra esta idea
que asociamos a la idea del eterno retorno nietzscheano, en la
versión de una calesita, donde se destaca el aspecto cíclico y
trágico aunque “alegre” (no pesimista) de la vida cuando se
admite que la felicidad es una sortija que conseguimos pero
debemos devolver para que no se detenga el juego
“Ante una calesita que gira cual retorno de los
mismos contenidos, cualquiera intenta obtener la diferencia y
sacar la sortija, pero debe devolverla para que se vuelva a
poner en juego el tapar y descubrir la falta; pero el intento de
la perversión busca hurtar la sortija, y en el afán de adueñarse
de la felicidad detiene el juego y la aventura se transforma en
delito; el amor se va y en su lugar surge la pasión desenfrenada
y el sufrimiento. Tal vez de lo que se trate es de jugar el
juego, la felicidad dura una vuelta en calesita y trataremos de
obtener la sortija; luego hay que devolverla para que se renueve
la apuesta de ilusiones y desilusiones. El proceso que lleva a
la satisfacción requiere que la elección y el azar confluyan en
alguien deseado para alguien deseante; el “final feliz”, no por
transitorio deja de valer la pena”.pp.119-120
Otro de los rasgos de la
comunicación en internet, señalado por la autora, es la
sustracción del cuerpo.
La
paradoja de las nuevas tecnologías consiste en que éstas
inmovilizan
al sujeto en lugar de
permitirle moverse.
Curioso y novedoso modo de viajar,
en el ciberespacio se produce una estandardización del viaje,
donde el pasajero permanece inmóvil, esperando ser trasladado.
¿Qué se desplaza en este curioso viaje? En
Internet desaparece el cuerpo ya que la red no transporta átomos
sino bytes, entonces, ¿cuál es el cuerpo que se presenta en la
navegación por internet fuera del cuerpo de la
escritura o de las imágenes que nos muestra la
pantalla?
Este consumidor de nuevas tecnologías, el que podría resultar
potenciada por ese nuevo e inmenso flujo de información y por
tantas nuevas posibilidades de inspiración o escape, se ve,
paradójicamente, fijado a una silla. Movimiento universal desde
una silla inmóvil, que reconocen tanto los apologetas como los
críticos. El cibernauta, considerado a sí
mismo como ciudadano del mundo e instaurador de un diálogo
universal, se reduce en la práctica a un ensimismamiento casi
autista. Encerrado en la oscuridad de su pequeño
gueto doméstico, un cibernauta puede, durante horas, envolverse
en la ilusión de que su núcleo de amigos, sus preferencias, sus
intereses, sus manías, sus amores y hasta sus odios viven
encapsulados en esa especie de nueva bola de cristal
Esto produce, en muchos casos, un verdadero efecto hipnótico
cuando siente que es la pantalla quien le hace compañía, cuando
se aísla de las personas con las que convive para conectarse con
sus millones de amigos virtuales a los que siente tanto más
íntimos que a los reales. Las personas con la que cohabita se
vuelven cada vez más indeseadas por cometer el terrible pecado,
como afirma Paul Virilio, de ser reales. Uno de los capítulos de
este libro está dedicado a revisar la historia presente en
Matriz: “Matriz, el sujeto y el hechizo de las máquina” (p.135 y
sgts), historia que rehabilita la vieja preocupación de tomar a
algo por real cuando es ilusorio junto al peligro, presente
también en la figura de Frankestein, de que la creación termine
controlando al creador. En Matriz, como en general con las
tecnologías de la era cibernética, se plantean los interrogantes
ya presentes en La alegoría de la caverna de Platón
En el libro VII de
República,
Platón muestra unos prisioneros encerrados, atados y condenados
a mirar constantemente las imágenes que desfilan en la pared de
la caverna, tomando como realidad las sombras que se proyectan.
Para algunos, las imágenes de la pantalla, con sus luces y
sombras, vuelven ahora interactivo al prisionero que ya puede
liberar su mente del cuerpo para incursionar en otras realidades
cuando la máquina intermedia en la creación de una realidad que
no es mera sombra. El cibernauta, con sus prótesis
electrónicas, adquiere formas inusitadas de movilidad de la
mente, despreocupado, liberado de la movilidad del cuerpo. Así,
deslocalizándose, desterritorializándose, sus prótesis apabullan
lo ya socializado.
Tanto mágico como siniestro, el mundo
virtual del ciberespacio propicia la aparición de un nuevo tipo
humano caracterizado como alguien más interesado en tener
experiencias excitantes y entretenidas que en acumular bienes,
capaz de cambiar rápidamente de personalidad para adecuarse a
cualquier nueva realidad –real o simulada-, que ya no reacciona
como sus padres y abuelos, los burgueses de la era industrial[iii].
La conciencia racional se torna sospechosa, mientras que los
deseos eróticos, ilusiones y sueños del inconsciente salen a la
luz y se convierten en realidad o, mejor dicho, en
hiperrealidad. Frente a tantas posibilidades de transgresión, de
subversión y de exploración de nuevas experiencias, Diana nos
recuerda que “nadie debería prohibirnos el máximo de placer
posible, y paradójicamente, solemos hallarlo no solo cuando nos
animamos a romper con inhibiciones o moralinas, sino cuando
aceptamos restricciones que tienen que ver con una protección y
una aceptación de lo que para cada cual sería un exceso. Los
goces imaginados como plenos muchas veces tienen más de
compulsión que de placer.” (p.179). Tomando distancia de tesis
tecnofóbicas o tecnofílicas, la autora coloca al tema en su
justa medida cuando reconoce que los medios tecnológicos son
instrumentos de comunicación, aprendizaje o entretenimiento. El
problema aparece cuando se convierten en la manera de tapar los
conflictos, la computadora no es manejada por nosotros sino que
ella nos maneja, cuando se convierte en una caja que “chupa” la
vitalidad del adicto al punto de robarle su identidad, que lo
aísla de su entorno social y diluye, hasta hacer desaparecer, la
frontera entre lo virtual y lo real. Mientras nos señala estos
peligros, Diana también nos recuerda que las conexiones
virtuales pueden ser la oportunidad de recuperar el erotismo y
vivificar el lazo social. En este sentido, internet también
puede ser vista como una gran fiesta. Entre los medios que cada
sociedad utiliza para reinstalar la movilidad, para suspender
momentáneamente el esfuerzo constante de las instituciones para
fijar nuestros modos de vida, para crear costumbres, está la
fiesta. Lo festivo que irrumpe
esporádicamente, reaparece cada tanto como una válvula de
escape, por un rato, más que para destruir el orden imperante,
para aflojar la tensión, para renovar las fuerzas de cohesión,
para hacer legal el exceso, por un rato.
Internet también es visto como un
Spielraum, como un espacio de juego. En este libro
se destaca de manera acertada y desde distintos ángulos esta
nota característica. La actividad de jugar, experiencia siempre
creadora, debe su precariedad a que se desarrolla en el
límite entre lo interno y lo externo, entre la fantasía y la
realidad. En el territorio común con los animales, los niños y
los poetas, jugando, la cultura despliega sus mejores
posibilidades humanas y, como destaca Diana, internet es una
oportunidad más para jugar, es decir, para viajar, para
dialogar, para construir nuestra morada, nuestro ethos.
El siguiente pasaje de Rayuela no podría ser más
atinente para expresar esta idea:
Y así ocurre que el hombre solamente parece
seguro en aquellos terrenos que no lo tocan a fondo: cuando
juega, cuando conquista, cuando arma sus diversos caparazones
históricos a base de ethos, cuando delega el
misterio central a cura de cualquier
revelación. Y por encima y por debajo, la curiosa noción de que
la herramienta principal, el logos que nos arranca
vertiginosamente a la escala zoológica, es una estafa perfecta.[iv]
Índice del libro
Introducción
La “era pornográfica”
I Espacio virtual
LA SUBJETIVIDAD EN EL CIBERESPACIO
Amores a distancia
Lo virtual entre la tecnología y el retorno del amor cortés
El sujeto tras el objeto
Adicciones: conexión y desconexión
La virtud
REALIDAD VIRTUAL E ONCONSCIENTE
Internet e inconsciente
Larealidad
“Enfermedad artificial”, enfermedad virtual
El espacio y el tiempo
El miedo a la intensidad
II Espacio onírico
ESPACIO ONÍRICO
Nuevas formas de soñar
Pantalla, alucinación y espejo
Transmisión a distancia
III El espacio del relato
DE LOS CUENTOS DE HADAS AL CIBERESPACIO
“EL VERDADERO ROSTRO DEL AMOR”: UNA MIRADA SOBRE “PSIQUÉ Y
EROS”
Psiqué y Eros
Del “hallazgo del objeto” al “no hay relación sexual”
Psiqué a la búsqueda de experiencia
El verdadero rostro del amor
Oscuridades
“FRANKENSTEIN”: LOS DESEOS NO DEBEN CUMPLIRSE
Tecnología: salvación o nuevo monstruo
La otra cara del cuento de hadas
“MATRIX” EL SUJETO Y EL HECHIZO DE LAS MÁQUINAS
Paradigma de la era cibernética
El secreto de lo que soy
El deseo marca el camino
Metamorfosis: “de hombre a bestia”, “de bestia a máquina”
Matriz y el hechizo
“Las enseñanzas de don Juan” y la realidad virtual
Freud y la realidad virtual
IV Espacio lúdico
JUGAR A “SER”: NI DIOSES NI MONOS
VIEJOS JUEGOS
El primer juego
Azar y juego
NUEVOS JUEGOS
Juegos “hipnóticos”
Lógica de los nuevos juegos
V Espacio del síntoma
¿CRISIS DEL PSICOANÁLISIS?
ATAQUE DE PÁNICO
Enfermedad “de la época”
Malestar actual y crisis de la ética
IMPULSIONES: LA ENFERMEDAD INFANTIL “DE LA ÉPOCA”
LA DROGA O LA NECESIDAD RECUPERADA
EPÍLOGO
Síntomas actuales y oferta de goce
[i] CACCIARI, MASSIMO, El
Archipiélago, Buenos Aires, Eudeba, 1999
[ii] Sócrates diferencia dos tipos de
locura: una debido a las enfermedades humanas y otra de
origen divino. En la divina distingue cuatro partes
correspondientes a cuatro divinidades: asigna a Apolo la
inspiración profética, a Dioniso la mística, a las Musas
la poética, y la cuarta, la locura erótica, la más
excelsa a Afrodita y a Eros (265b). El verbo
enthousiázo significa “estar poseído por algo
divino” PLATÓN, Fedro, 250b
[iii] RIFKIN, Jeremy, La era del
acceso. La revolución de la nueva economía, Barcelona,
Paidós, 2000, p.247
[iv] CORTÁZAR, JULIO, Rayuela,
Edición crítica, Buenos Aires, Colección Archivos,
1992, p.137
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