Platón y Aristóteles Cristina Ambrosini  
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Presentación del libro de Diana Sahovaler de Litvinoff El sujeto escondido en la realidad virtual. De la represión del deseo a la pornografía del goce. Buenos Aires, Letra Viva, 2009, 238pp. 27 de mayo de 2009, APA – Buenos Aires.
Cristina Ambrosini

 

Desde la época en que el hombre primitivo inventó artefactos para navegar, el mar ha sido un puente, el lugar de conexión, de comunicación, de diálogo. La navegación expresa el deseo de libertad cuando convoca el esquema de la fuga, esquema que posee raíces arcaicas y surge en momentos específicos. La  metáfora del viaje expone la resistencia del hombre a confinarse en un solo domicilio, en un único nombre, en una única identidad. El mar está también identificado con el riesgo de enfrentarse a lo desconocido, de allí que el navegante se asimile al aventurero, al héroe capaz de vencer todos los obstáculos y sortear  todos los peligros. En este sentido, Ulises (Odiseo) es la figura paradigmática, dentro de nuestra literatura. Como afirma Nietzsche, los viajes son procesos de descubrimiento, básicamente de autodescubrimiento. El viaje es una experiencia de tránsito, de transición, es un pasaje del que nunca se vuelve tal como se partió. Todo viaje es una aventura, una incursión en lo desconocido, en lo distinto, en lo que desafía nuestros hábitos y nuestras creencias más estables.

La navegación por internet  expresa una nueva modalidad del viaje que, en los últimos años, es objeto de estudio.  Actualmente, asistimos a una resignificación de conceptos claves para repensar el tipo de vínculo social que propician las nuevas tecnologías cuando provocan alteraciones y cambios de hábitos todavía no terminados de evaluar. Así, el concepto de “hospitalidad” resulta cuestionado junto con conceptos claves como los de amor y amistad. Las relaciones sociales, los vínculos comunitarios, son interpelados al entrar en crisis y resultar desmentidas sus formas canónicas.  En las figuras del navegante, del otro, del extranjero, del exiliado, del migrante,  se destaca la falta de casa, de seguridad, de propiedad, de posesión, de fundamento. En el caso de Jacques Derrida, bajo la inspiración de Emmanuel Levinas, piensa la alteridad más allá de toda reducción apropiadora, destaca el carácter “fantasmático” del otro que invade sin permiso, aparece y desaparece en su tránsito sin poder ser nunca reducido ni fijado. Según Massimo Cacciari[i]  para los antiguos pueblos mediterráneos, la hospitalidad es un proceso dialéctico que no da lugar a la asimilación del hostis (el que necesita ser hospedado) o del xénos (extranjero) justamente porque es sagrado en su otra identidad e individualidad respecto a la del huésped. El huésped y el que hospeda no son dos personajes distintos sino dos estados dentro de la dinámica del viajar que los incluye a ambos y se los caracterizan como dos naves, siempre prontas a partir.  Tal modo de concebir al otro no podría subsistir si no es en peligro, ya que los amigos son naves, constantemente impulsadas lejos la una de la otra. Y justo entonces se amarían máximamente: en su distinguirse, en el ver y reconocer cada una la singular vía de la otra, afirma Cacciari.

El libro de Diana Sahovaller El sujeto escondido en la realidad virtual. De la represión del deseo a la pornografía del goce representa, en este marco de debates y preocupaciones, un decisivo aporte a la dilucidación de las mutaciones y alteraciones en la constitución de la subjetividad que propicia el uso de internet. Para Diana, el “estar conectado” puede adquirir un efecto de restauración para un yo que falla en hallar sostén en una realidad que le ofrece pocas seguridades. Con un impacto que quizás no imaginaron los inventores de internet, primeramente diseñada para usos militares, el navegar por la web, entrar y salir de determinados sitios, los diversos vínculos que se establecen por medio del e-mail, del chat (con o sin videos), han dado lugar a una actividad considerada “lúdica” ya que los caracteres del juego, cargados de provisoriedad, de “como sí”,  impregnan esta nueva realidad. El espacio virtual parece una suerte de versión aggiornada del transicional propuesto por Winnicott (p.65) Lo que antes quedaba reservado para la magia o la alucinación, ahora se patentiza a través de los estímulos de la pantalla. Aunque tenemos los recursos para discriminar ficción de realidad, el brillo de la pantalla, su organización, su completitud, nos atrapa, nos “metemos” en ella para participar de una realidad virtual, construida con una extraña mezcla de bits y realidad psíquica, nos dice la autora.  La idea de virtualidad no es nueva, la vemos ingresar en el psicoanálisis en la postulación de una realidad psíquica cuyas marcas provocan efectos de realidad. El “llamado a la realidad”, de los padres instando al hijo a abandonar la computadora, de los hijos esperando su turno para usar la máquina, del cónyuge irritado o del empleador que amenaza con la desconexión y el despido, genera una violencia equiparable a la ruptura de un retrato, a la interrupción de un vínculo que otorga identidad. La curiosidad que suscita el “abrir” el correo electrónico, como una caja de Pandora, trasunta la fantasía de que alguno de esos mensajes contendrá la clave que permita, por fin, restituir lo que falta, que nos reivindique de postergaciones y padecimientos, que  nos diga quién es el otro y qué somos para él.

El ciberespacio se ha convertido en un lugar privilegiado para encuentros amistosos y amorosos. La urgencia por conectarse y la fascinación que provoca tienen su razón: generan erotismo. Estas relaciones parecen advertir sobre la necesidad de mantener al otro en las sombras. Como impuso Eros a Psiqué, se trata de no iluminarlo, de no descorrer el velo si se quiere conservar el vínculo (p.24).  La distancia tranquiliza  y habilita a crecer en las sombras. Nada más limpio que el sexo virtual, afirma la autora, no confronta con la “castración” de la realidad. “La conexión a distancia puede significar el vencimiento de un obstáculo, un juego enriquecedor o una versión de la respuesta fóbica que anuda el deseo a su prevención. De todos modos, la entrega amorosa se produce efectivamente, genera efectos y tiene el valor de experiencia en sí misma” (p.27)  A pesar de la imposibilidad de capturar a un ser evanescente, que se desliza, que aparece y desaparece, se espera que el otro transforme la dimensión silenciosa del inconsciente y lo haga hablar. Los medios cambian pero persiste la ilusión erótica  que, en un medio inesperado, facilita el romanticismo y hace factible la oportunidad de “jugarse” a una aventura amorosa, afirma la autora, donde aparece el dilema frente a la realización o no de la “prueba en la realidad” que podría develar el misterio y romper el encanto del juego dándolo por terminado. Como se afirma comúnmente, es la situación imposible de tener que decidir entre comerse la torta o conservarla. . El resultado es que los amores virtuales suelen ser más corteses que carnales. La autora cita a Bauman en Amor líquido, donde se afirma que la ubicuidad de la proximidad virtual, disponible gracias a la red electrónica, vuelca la balanza a favor de la lejanía, la distancia y la imaginación. La realidad virtual rehabilita el intercambio epistolar, romántico y platónico, que reinstala los ideales del amor cortés, alimentado por la separación, el sufrimiento y la pasión. El amor cortés, propio de la premodernidad, correspondió a la época en que el amor estaba desterrado de los vínculos institucionales. La desconfianza y las precauciones hacia las malas consecuencias de eros  parecen propias de todos los tiempos y, de hecho, en la Europa premoderna, la mayor parte de los matrimonios se realizaban por contrato, no sobre la base del amor ni de la atracción sexual, por considerar a éstos un fundamento demasiado endeble sobre el que construir una institución fundamental para el sostenimiento del orden social. Excluido del vínculo matrimonial, el amor quedó asociado al disfrute de los placeres mundanos. Luego de Platón, para quien eros es un don de los dioses, los filósofos han denunciado los peligros de un vínculo que representa uno de los casos de la locura[ii]. Para ellos, el amor puede ser  un mal socio de la comunidad ya que rehuye tanto la guía de un principio como el mandamiento de un deber, pervierte el orden, desencadena la guerra, lleva el odio consigo, exagera Kant, por ejemplo.  La literatura nos muestra la cara trágica de eros, demasiado amor separa, interrumpe. Si bien eros aparece como una fuerza de cohesión, fusionante, el exceso de atracción, la falta de límites, provoca la ruptura. Por el contrario, la amistad hace fuerte a las ciudades, dice Aristóteles. Lo que parecen decirnos estos autores es que mientras la amistad es un vínculo exigente e improbable, dada la mediación de la distancia y el respeto; el amor es imposible. Ahondando en los contrastes, luego de Kant, Schopenhauer, más que cualquier otro, destaca la influencia perturbadora del amor aunque reconoce que es el más poderoso y activo de todos los resortes. Como vemos, ya desde los griegos, los poderes de eros han sido denunciados, desmistificados, perseguidos y conjurados para ser disfrutados fuera de las instituciones civiles.  Recordemos que los juegos del amor cortesano se divulgaron de modo creciente durante el siglo XII, los caballeros comenzaron a erotizarse al salir más a menudo de sus armaduras de guerreros para civilizarse y refinar sus modales y, en este proceso, las mujeres avanzaron poco a poco a un primer plano. La caballería, en su mayor parte, presuponía el celibato. Si la corte fue el lugar del deseo, la domina representa el premio mayor, si no de poseerla, al menos de destacarse y brillar ante ella. El amor cortés es el adulterio: Abelardo y Heloísa, Tristán e Isolda, Guenièvre y Lancelot. Leyendo los relatos medievales, aparecen los relatos del amor cortés, el que puede ser visto como un juego de hombres, un juego formativo, una competencia, donde un hombre, generalmente joven,  asedia a una mujer casada, en consecuencia inaccesible, prohibida por las más estrictas reglas sociales: las que protegen los patrimonios y los linajes. Al igual que en los torneos, el joven arriesga su vida para perfeccionar las virtudes viriles, para aumentar su valor, para probar su capacidad, para desarmar, derribar y finalmente vencer al adversario, donde la mujer es sólo un señuelo. El senior, el jefe de la casa, acepta poner a su esposa en el centro de la competencia, en una situación lúdica de primacía del poder y de jerarquía social puesto que sólo los caballeros podrán participar de este juego cortesano del que están excluidos tanto los sacerdotes como los plebeyos o los burgueses. En última instancia, según la interpretación de los historiadores, los juegos del fine amour, excitado por las historias y relatos que circulaban en las cortes principescas, fomentaban la amistat, como decían los trovadores, la tan exaltada amicitia, promovida desde la tradición estoica y epicúrea, elogiada en los escritos de Cicerón y rescatada por la vuelta al humanismo clásico en el Renacimiento. Acaso, en este triángulo, la mujer no fuera más que un intermediario, la mediadora entre el señor y el caballero para reforzar los lazos de la moral cortesana al disciplinar el deseo masculino dentro de un orden político.

A tono con los grandes cambios sociales –políticos, económicos, tecnológicos- el amor y la amistad aparecen bajo distintas configuraciones en la cultura occidental y permiten vislumbrar las características de cada época. Repasar esta historia puede ayudar a reconocer algunos rasgos de nuestra condición actual y, si no reparar, al menos entender algunos rasgos angustiantes de nuestra época.  Para la autora, internet parece constituir un “recuperado territorio de la aventura”, permite “barajar y dar de nuevo”, aunque no siempre preserva la capacidad de desconexión (p.41) y genera formas nuevas de adicciones. El parágrafo “Adicciones: conexión y desconexión”explora esta posibilidad donde el “hambre de estímulos” no termina de satisfacerse aunque todo el tiempo estemos pendientes de lo que nos dicen las pantallas y la sobre estimulación es un modo de tapar los conflictos. El hecho de permanecer varias horas en internet no necesariamente indica una conducta adicta, nos informa la autora. La nota característica de la adicción sería cuando la falta de conexión virtual genera un desborde de angustia, un sentimiento de falta de sentido, un vacío de significación imposible de sustituir. “El que se conecta compulsivamente cree que “se está dando un gusto”, sin darse cuenta de que no puede dejar de hacerlo, que está sometido a un mandato de modo sintomático” (p.43)

Según nos dice la autora, actualmente asistimos a la emergencia de un ciberromanticismo en el que se prefiere al ser imposible y lejano pero que reinstala un modo de vínculo perdido, pasado de moda, olvidado por las nuevas generaciones. Con una acertada metáfora, Diana ilustra esta idea que asociamos a la idea del eterno retorno nietzscheano, en la versión de una calesita, donde se destaca el aspecto cíclico y trágico aunque “alegre” (no pesimista) de la vida cuando se admite que la felicidad es una sortija que conseguimos pero debemos devolver para que no se detenga el juego  “Ante una calesita que gira cual retorno de los mismos contenidos, cualquiera intenta obtener la diferencia y sacar la sortija, pero debe devolverla para que se vuelva a poner en juego el tapar y descubrir la falta; pero el intento de la perversión busca hurtar la sortija, y en el afán de adueñarse de la felicidad detiene el juego y la aventura se transforma en delito; el amor se va y en su lugar surge la pasión desenfrenada y el sufrimiento. Tal vez de lo que se trate es de jugar el juego, la felicidad dura una vuelta en calesita y trataremos de obtener la sortija; luego hay que devolverla para que se renueve la apuesta de ilusiones y desilusiones. El proceso que lleva a la satisfacción requiere que la elección y el azar confluyan en alguien deseado para alguien deseante; el “final feliz”, no por transitorio deja de valer la pena”.pp.119-120

Otro de los rasgos de la comunicación en internet, señalado por la autora, es la sustracción del cuerpo. La paradoja de las nuevas tecnologías consiste en que éstas inmovilizan al sujeto en lugar de permitirle moverse. Curioso y novedoso modo de viajar, en el ciberespacio se produce una estandardización del viaje, donde el pasajero permanece inmóvil, esperando ser trasladado. ¿Qué se desplaza en este curioso viaje? En Internet desaparece el cuerpo ya que la red no transporta átomos sino bytes, entonces, ¿cuál es el cuerpo que se presenta en la  navegación  por  internet fuera del  cuerpo de la  escritura o de las  imágenes que nos  muestra  la pantalla? Este consumidor de nuevas tecnologías, el que podría resultar potenciada por ese nuevo e inmenso flujo de información y por tantas nuevas posibilidades de inspiración o escape, se ve, paradójicamente, fijado a una silla. Movimiento universal desde una silla inmóvil, que reconocen tanto los apologetas como los críticos.  El cibernauta, considerado a sí mismo como ciudadano del mundo e instaurador de un diálogo universal, se reduce en la práctica a un ensimismamiento casi autista. Encerrado en  la oscuridad  de su pequeño gueto doméstico, un cibernauta puede, durante horas, envolverse en la ilusión de que su núcleo de amigos, sus preferencias, sus intereses, sus  manías, sus amores y hasta sus odios viven encapsulados en esa  especie  de nueva bola de cristal Esto produce, en muchos casos, un verdadero efecto hipnótico cuando siente que es la pantalla quien le hace compañía, cuando se aísla de las personas con las que convive para conectarse con sus millones de amigos virtuales a los que siente tanto más íntimos que a los reales. Las personas con la que cohabita se vuelven cada vez más indeseadas por cometer el terrible pecado, como afirma Paul Virilio, de ser reales. Uno de los capítulos de este libro está dedicado a revisar la historia presente en Matriz: “Matriz, el sujeto y el hechizo de las máquina” (p.135 y sgts), historia que rehabilita la vieja preocupación de tomar a algo por real cuando es ilusorio junto al peligro, presente también en la figura de Frankestein, de que la creación termine controlando al creador. En Matriz, como en general con las tecnologías de la era cibernética, se plantean los interrogantes ya presentes en La alegoría de la caverna de Platón

En el libro VII de República, Platón muestra unos prisioneros encerrados, atados y condenados a mirar constantemente las imágenes que desfilan en la pared de la caverna, tomando como realidad las sombras que se proyectan. Para algunos, las imágenes de la pantalla, con sus luces y sombras, vuelven ahora interactivo al prisionero que ya puede liberar su mente del cuerpo para incursionar en otras realidades cuando la máquina intermedia en la creación de una realidad que no es mera sombra. El cibernauta, con sus prótesis electrónicas, adquiere formas inusitadas de movilidad de la mente, despreocupado, liberado de la movilidad del cuerpo. Así, deslocalizándose, desterritorializándose, sus prótesis apabullan lo ya socializado.

Tanto mágico como siniestro, el mundo virtual del ciberespacio propicia la aparición de un nuevo tipo humano caracterizado como alguien más interesado en tener experiencias excitantes y entretenidas que en acumular bienes, capaz de cambiar rápidamente de personalidad para adecuarse a cualquier nueva realidad –real o simulada-, que ya no reacciona como sus padres y abuelos, los burgueses de la era industrial[iii]. La conciencia racional se torna sospechosa, mientras que los deseos eróticos, ilusiones y sueños del inconsciente salen a la luz y se convierten en realidad o, mejor dicho, en hiperrealidad. Frente a tantas posibilidades de transgresión, de subversión y de exploración de nuevas experiencias, Diana nos recuerda que “nadie debería prohibirnos el máximo de placer posible, y paradójicamente, solemos hallarlo no solo cuando nos animamos a romper con inhibiciones o moralinas, sino cuando aceptamos restricciones que tienen que ver con una protección y una aceptación de lo que para cada cual sería un exceso. Los goces imaginados como plenos muchas veces tienen más de compulsión que de placer.” (p.179). Tomando distancia de tesis tecnofóbicas o tecnofílicas, la autora coloca al tema en su justa medida cuando reconoce que los medios tecnológicos son instrumentos de comunicación, aprendizaje o entretenimiento. El problema aparece cuando se convierten en la manera de tapar los conflictos, la computadora no es manejada por nosotros sino que ella nos maneja, cuando se convierte en una caja que “chupa” la vitalidad del adicto al punto de robarle su identidad, que lo aísla de su entorno social y diluye, hasta hacer desaparecer, la frontera entre lo virtual y lo real. Mientras nos señala estos peligros, Diana también nos recuerda que las conexiones virtuales pueden ser la oportunidad de recuperar el erotismo y vivificar el lazo social. En este sentido, internet también puede ser vista como una gran fiesta. Entre los medios que cada sociedad utiliza para reinstalar la movilidad, para suspender momentáneamente el esfuerzo constante de las instituciones para fijar nuestros modos de vida, para crear costumbres, está la fiesta. Lo festivo que irrumpe esporádicamente, reaparece cada tanto como una válvula de escape, por un rato, más que para destruir el orden imperante, para aflojar la tensión, para renovar las fuerzas de cohesión, para hacer legal el exceso, por un rato.

Internet también es visto como un Spielraum, como un espacio de juego.  En este libro se destaca de manera acertada y desde distintos ángulos esta nota característica. La actividad de jugar, experiencia siempre creadora, debe su precariedad a que se desarrolla  en el límite entre lo interno y lo externo, entre la fantasía y la realidad. En el territorio común con los animales, los niños y los poetas, jugando, la cultura despliega sus mejores posibilidades humanas y, como destaca Diana, internet es una oportunidad más para jugar, es decir, para viajar, para dialogar, para construir nuestra morada, nuestro ethos. El siguiente pasaje de Rayuela no podría ser más atinente para expresar esta idea:

 

Y así ocurre que el hombre solamente parece seguro en aquellos terrenos que no lo tocan a fondo: cuando juega, cuando conquista, cuando arma sus diversos caparazones históricos a base de ethos, cuando delega el misterio central a cura de cualquier revelación. Y por encima y por debajo, la curiosa noción de que la herramienta principal, el logos que nos arranca vertiginosamente a la escala zoológica, es una estafa perfecta.[iv]

 

 

Índice del libro

Introducción
La “era pornográfica”

I Espacio virtual
LA SUBJETIVIDAD EN EL CIBERESPACIO
Amores a distancia
Lo virtual entre la tecnología y el retorno del amor cortés
El sujeto tras el objeto
Adicciones: conexión y desconexión
La virtud
REALIDAD VIRTUAL E ONCONSCIENTE
Internet e inconsciente
Larealidad
“Enfermedad artificial”, enfermedad virtual
El espacio y el tiempo
El miedo a la intensidad

II Espacio onírico
ESPACIO ONÍRICO
Nuevas formas de soñar
Pantalla, alucinación y espejo
Transmisión a distancia


III El espacio del relato
DE LOS CUENTOS DE HADAS AL CIBERESPACIO
“EL VERDADERO ROSTRO DEL AMOR”: UNA MIRADA SOBRE “PSIQUÉ Y EROS”
Psiqué y Eros
Del “hallazgo del objeto” al “no hay relación sexual”
Psiqué a la búsqueda de experiencia
El verdadero rostro del amor
Oscuridades
“FRANKENSTEIN”: LOS DESEOS NO DEBEN CUMPLIRSE
Tecnología: salvación o nuevo monstruo
La otra cara del cuento de hadas
“MATRIX” EL SUJETO Y EL HECHIZO DE LAS MÁQUINAS
Paradigma de la era cibernética
El secreto de lo que soy
El deseo marca el camino
Metamorfosis: “de hombre a bestia”, “de bestia a máquina”
Matriz y el hechizo
“Las enseñanzas de don Juan” y la realidad virtual
Freud y la realidad virtual


IV Espacio lúdico
JUGAR A “SER”: NI DIOSES NI MONOS
VIEJOS JUEGOS
El primer juego
Azar y juego
NUEVOS JUEGOS
Juegos “hipnóticos”
Lógica de los nuevos juegos


V Espacio del síntoma
¿CRISIS DEL PSICOANÁLISIS?
ATAQUE DE PÁNICO
Enfermedad “de la época”
Malestar actual y crisis de la ética
IMPULSIONES: LA ENFERMEDAD INFANTIL “DE LA ÉPOCA”
LA DROGA O LA NECESIDAD RECUPERADA
EPÍLOGO
Síntomas actuales y oferta de goce


[i] CACCIARI, MASSIMO, El Archipiélago, Buenos Aires, Eudeba, 1999

[ii] Sócrates diferencia dos tipos de locura: una debido a las enfermedades humanas y otra de origen divino. En la divina distingue cuatro partes correspondientes a cuatro divinidades: asigna a Apolo la inspiración profética, a Dioniso la mística, a las Musas la poética, y la cuarta, la locura erótica, la más excelsa a Afrodita y a Eros (265b). El verbo enthousiázo significa “estar poseído por algo divino” PLATÓN, Fedro, 250b

[iii] RIFKIN, Jeremy, La era del acceso. La revolución de la nueva economía, Barcelona, Paidós, 2000, p.247 

[iv] CORTÁZAR, JULIO, Rayuela, Edición crítica, Buenos Aires, Colección Archivos, 1992, p.137
















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