





 |
|
Gramática de la multitud. Desde Baruch Spinoza a Paolo Virno
Cristina Ambrosini
|
“El pueblo, el proletariado, la clase media, el campesinado, los pueblos
colonizados, los disidentes y los ciudadanos disponen de diversas
crónicas de sus padecimientos y epopeyas. Pero las vicisitudes de la
multitud –quizás, también, el lumpenproletariado- han sido omitidas”
Christian Ferrer y Adriana Gómez en (Ambivalencia y Emancipación)
escrito a modo de Prólogo de VIRNO, PAOLO, Gramática de la multitud.
Para un análisis de las formas de vida contemporáneas, Buenos Aires,
Colihue 2003
El
libro de reciente aparición en Buenos Aires, Gramática de la
multitud, resulta una de las novedades en los medios
académicos, en estos días. El libro del filósofo italiano Paolo Virno
recoge los textos de las lecciones dictadas por el autor en el Doctorado
de Investigaciones en Ciencia, Tecnología y Sociedad de la Universidad
de Calabria durante el ciclo 2001. En estas lecciones Virno intenta
mostrar que la dupla “pueblo-multitud” estuvo en el centro de los
debates acerca de la constitución de los Estados modernos en el siglo
XVII. Estos dos conceptos, forjados en el fuego de las polémicas
políticas de la época, cumplieron un papel fundamental en la definición
de las categorías políticas vigentes y sus padres son Hobbes y Spinoza.
Advierte Virno que, en esta lucha, el concepto de “multitud”, propio de
Spinoza, resultó perdedor frente al de “pueblo”, término que desde
Hobbes se asocia al de Estado. Si hay Estado, hay pueblo. El pueblo
tiene que ver con lo uno, tiene que ver con una única voluntad mientras
que la detestada multitud es la amenaza de los muchos. Para Hobbes, la
multitud es lo propio del estado de naturaleza. La multitud es
refractaria a la obediencia, no accede nunca al status de “persona
jurídica” porque no se somete al soberano y sus pactos no son durables.
La desobediencia civil representa la forma básica de acción política de
la multitud. Para los apologistas del Estado del 1600 “la multitud” es
el detritus que cada tanto puede amenazar la estabilidad social, es la
regurgitación del estado de naturaleza en la sociedad civil, afirma
Virno. Sin embargo, para el autor, la multitud es el último grito de la
teoría social, política y filosófica.
Luego de siglos de pensar con la categoría de “pueblo” (Estado nación,
Estado centralizado) es posible ubicar una variada gama de juegos
lingüísticos, formas de vida, caracteres salientes de la producción
material, que no son entendibles si no se parte del modo de ser de los
muchos. Este reconocimiento necesita convocar la antropología, la
filosofía del lenguaje, la reflexión ética y la economía política para
circunnavegar el continente “multitud” desde diversos ángulos. Para
Virno, la noción de multitud es extraordinariamente fértil para entender
los modos de producción postfordista. El advenimiento de la multitud
podría señalar el fin de la clase obrera ya que falta la idea de un
cuerpo que dé sentido a nociones que convocan la idea de unidad. En sus
modos actuales, el trabajo tiene el carácter de la multitud antes
que el de pueblo aunque la relación es compleja. Si bien la multitud es
lo opuesto al pueblo no lo es a la clase obrera, de hecho, no impide la
producción de plusvalía. Es cierto que actualmente la clase obrera no
responde al modo de ser del pueblo pero tampoco es cuestión de caer en
simplificaciones. “Si lo que queremos es simplicidad a toda costa, mejor
nos sumergimos en una botella de vino”, afirma Virno (p.40).
El término “multitud” es un sujeto gramatical que necesita que, para ser
pensado adecuadamente, conjurar varios predicados. Para Virno, estos
predicados son
a)Principio de individuación. Los individuos son pensados, no como
átomos solipsistas sino como el resultado final de un proceso de
individuación. El “Individuo-social” es un oxímoron (un concepto que
afirma y niega lo mismo), una coquetería hegeliana inconsistente.
b)la noción foucaultiana de Biopolítica.
c)las tonalidades emotivas que tiñen las formas de vida de los muchos.
Dicho en términos heideggerianos, su estar en el mundo.
d)las habladurías y la avidez de novedades, dos fenómenos ya analizados
por Heidegger.
Más
allá de los méritos o las críticas que pueden señalarse en este libro de
Virno, el tema nos sirve para recordar el concepto de “multitud” tal
como aparece en Tratado político de Baruch Spinoza
(1632-1677), para rendir homenaje al “más querible de los filósofos”,
según Borges.
Hereje a pesar suyo, Spinoza fue echado de la sinagoga por escandalizar
con ideas revolucionarias. Protagonista de un siglo signado
filosóficamente por el individualismo y políticamente por el
absolutismo, en contra de Hobbes, Spinoza torsiona el argumento
hobbesiano según el cual la finalidad del Estado es la seguridad y no la
libertad que es una quimera peligrosa y disolvente. Spinoza dirá: la
libertad es la seguridad, no se sustituyen por exclusión sino por
inclusión mutua. Por ende, el verdadero fin del Estado es la libertad.
Pero, como para Spinoza el derecho se mide por la potencia, de su
múltiple composición resulta la emergencia de un nuevo ser múltiple y
complejo, un nuevo sujeto de potencias y de derechos que como tal
se guía como por una sola mente “la multitud”. Esta capacidad de
composición, enraizada en la lógica de la potencia, es la que permite el
pasaje de la multiplicidad de las potencias a una potencia de la
multitud. Como sólo la multitud, en su totalidad, puede ejercer un poder
sin condicionamientos exteriores, ya que carece de “exterior” al haber
concentrado toda potencia particular en su interior, para Spinoza
estará claro –en contra de Hobbes- que el único Imperium
que garantiza la identidad entre gobernantes y gobernados es la
democracia.
Marginado en el olimpo de los filósofos inventado por los manuales,
Spinoza fue ubicado como un oscuro punto intermedio entre
Descartes y Leibniz, tratado como “el perro muerto” de la filosofía, “el
miserable filósofo” como lo llamó Malebranche . Antes fue maldecido en
la sinagoga con términos fulminantes:
“Excomulgamos, maldecimos y separamos a Baruch Spinoza, con el
consentimiento de Dios bendito y con el de toda esta comunidad; delante
de estos libros de la Ley, que contienen trescientos trece preceptos; la
excomunión que Josué lanzó sobre Jericó, la maldición que Elías profirió
contra los niños y todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley,
que sea maldito de día y maldito de noche, maldito cuando se acueste y
cuando se levante, maldito cuando salga y cuando entre, que Dios no lo
perdone, que su cólera y su furor se inflamen contra este hombre y
traigan sobre él todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley,
que Dios borre su nombre del cielo y lo separe de todas las tribus de
Israel”
Por suerte era judío, de haber sido católico Spinoza habría sufrido algo
más que la excomunión. Para nuestra felicidad, sobrevivió algunos años a
las maldiciones, los necesarios para escribir, hasta que lo sorprendió
la muerte a los cuarenta y cinco años, un Tratado político
inconcluso donde afirma la multitud frente al individuo, el deseo frente
a la razón y la democracia frente a la monarquía. La identidad entre
libertad, seguridad, poder absoluto, potencia de la multitud, afirmada
en términos radicales, conduce a la afirmación de una Totalidad
absoluta. En sus términos, “el hombre no es un imperio dentro de otro
imperio”, no es libre para cumplir o no su naturaleza. La esencia del
hombre, su naturaleza íntima responde al deseo, antes que a la razón.
Con Spinoza, la multiplicidad de potencias deseantes es pensada bajo una
figura que hace de ella un sujeto político: la multitud. Esta multitud
está surcada por antagonismos, no puede ser nunca una unidad. Los muchos
subsisten como muchos sin aspirar a la unidad estatal.
El libro de Paolo Virno rehabilita el descuidado concepto de “multitud”
y prueba, una vez más, que luego de la marginación y a pesar de todas
las maldiciones, hoy estamos en mejores condiciones para valorar la obra
del hereje Spinoza al momento de pensar la posibilidad de la irrupción
de una democracia no-representativa, de una ampliación del espacio
público más allá de la incidencia del Estado.
|

Cristina Ambrosini |